“Vamos al Pueblo” Mi madre lo decía con ese tono chispeante que todavía habita en mi memoria. Y yo, entonces una niña, sentía la emoción inmediata de quien escucha una promesa. Ir al Pueblo era una fiesta.
Era el olor a elote cocido y a churros recién salidos del aceite. Era la música que escapaba de los puestos y se mezclaba con el murmullo de la gente. Era la posibilidad de estrenar zapatos o volver a casa con algún tesoro, como una diadema dorada.
En aquellos años, el centro de Mexicali concentraba la vida de la ciudad. Había remolinos de personas frente a las tiendas departamentales, maniquíes pálidos vestidos con faldas fluorescentes de la moda ochentera y filas interminables de comercios donde parecía posible encontrar cualquier cosa. Y si no, las vendedoras paradas en la puerta te convencían.
Fue ahí donde compré mi primer casete de Mecano. Lo escuchaba una y otra vez en una grabadora rosa con botones color verde menta, convencida de que “no había marcha en Nueva York”.
Por eso, cuando mi gran amiga Yolanda Sánchez Ogás presentó su más reciente libro, El Pueblo, el centro histórico de Mexicali, sentí que algo se abría en la memoria. Sus relatos funcionan como una máquina del tiempo que devuelve al lector a un espacio que durante décadas fue el corazón de la ciudad.
Ahí convergía Mexicali entero. Se iba a comer, a comprar, a pasear, a tomar el autobús o a cruzar la frontera. Mucho antes de los centros comerciales y de las ciudades fragmentadas por las distancias y los fraccionamientos, el Pueblo lo era todo.
Escuchar a Yolanda fue, en cierta forma, regresar a ese Mexicali que todavía sobrevive en los recuerdos de quienes alguna vez escuchamos la misma pregunta y estábamos convencidos que nos esperaba una aventura.
Yolanda es generosa con la memoria. Desentierra recuerdos, los documenta, los contrasta con archivos y testimonios, y luego los devuelve convertidos en historia compartida. Su nuevo libro está escrito con el lenguaje claro y simple de una maestra jubilada, como ella misma lo describe. Pero es precisamente en esa sencillez donde reside su fuerza.
Ante muchísimas personas reunidas en el teatro de la Casa de la Cultura, Yolanda explicó que una de las razones que la impulsó a escribir el libro fue preservar para las nuevas generaciones una parte de la ciudad que ya no conocieron. Una ciudad que, para muchos cachanillas, tenía un solo epicentro: El Pueblo. “Hay por lo menos dos generaciones de mexicalenses que no les tocó conocerlo”, dice.
Las páginas del libro reúne historias, personajes y acontecimientos que ocurrieron en ese espacio que hoy llamamos centro histórico. “La intención del libro es traer a la memoria de quienes lo vivimos lo que fue este Pueblo y darles a las jóvenes generaciones una idea, una historia de cómo era este lugar”, dice.
Aquella tarde de mayo, Yolanda vestía de rosa. Se veía radiante, envuelta en el afecto de amigos y lectores que llenaron la Casa de la Cultura. A su lado estaban integrantes de la Sociedad de Historia Centenario de Mexicali, mientras el Instituto Municipal de Arte y Cultura organizaba la presentación como parte de las celebraciones por el 123 aniversario de la ciudad.
En algún momento de la conversación, recordó las visitas de infancia al centro de la ciudad.
“Sabíamos que algo nos iban a comprar”, dijo. La sala rió. Y mientras la escuchaba, pensé que quizás compartimos la misma ilusión. Después de todo, yo también iba al Pueblo esperando salir con unos zapatos nuevos.
*- La autora es periodista inmigrante.