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Mundiario 18 Jun, 2026 07:02

Del abismo a la luz en El mundo es la palabra, de Varo Huertas

Encuentro en el poemario de Varo Huertas una influencia determinante de poetas como César Vallejo y Roberto Juarroz. Y, aunque quizá, no sea esta una manera ortodoxa de comenzar una reseña, no es banal enfatizar esa presencia de ambos autores si queremos aproximarnos a El mundo es la palabra (Olé Libros) con la certeza de que Varo Huertas aprehende la realidad desde una complejidad sintáctica que relaciona capacidad creativa con el trance chamánico.

Que el oficio de poeta se vincula a esa labor de intermediación entre vivos y muertos aparece ya en los primeros versos de este libro, pues se trata de evidenciar que, sin lenguaje poético, no hay mundo, no hay mundo real y mucho menos simbólico: "hombre que vuelve sobre su rastro / despiadado se cierra sobre tu corazón" (pág. 9). 

La minucia del significante aloja la versatilidad de un mundo complejo y abisal: "mirando en la distancia observando me veo / hombre batallando en la faena de la fragua / martillas el metal candente de las formas sus minerales ocultos / ignífugos encienden la noche cóncava (pág. 15). Esta primera parte del poemario, titulada "La palabra oculta", indaga en esa mistérica representación de lo universal en el signo, como si recogiese a modo de poemas esa magnífica lección de Borges en "Del culto de los libros": que el mundo existe para llegar a la palabra.

Así lo manifiesta también Maillard y algunos de nuestros místicos; escribir es deshilar el capullo de seda. O lo contrario: tensar los hilos, las cuerdas de la lira, dejar que las Moiras hagan su trabajo, que tejan incansablemente para que el poeta se emplee con severidad en desvelar el texto, el tejido. Así se une el cielo con la tierra, los ausentes con los vivos, el verbo con lo telúrico. El hilo que cruza el firmamento es vestigio de los dioses que tejen las desdichas: "ahí está ahí yace todo lo que no tiene nombre / tendidos bajo la palabra los pedazos del mundo". (pág. 17).

Esta voluntad chamánica de trasladar lo que es inasible a lo lingüístico comprende que la materialidad no existe como tal, salvo que lo haga a través de su realización en signo y sintaxis. El mundo se hace tangible en cuanto que es posibilidad de verso o palabra: "cada cosa viene a mí sin nombre / cada signo llega con la huella de un signo pasado / ¿acaso no eres la suma de todo cuanto has hecho / la suma de todo gesto ineludible para entonces". (pág. 21). A partir de esta defensa de que la dimensión genesiaca es inherente a la escritura, la segunda parte, "El mundo", se adentra en la mismidad de la contingencia. Los referentes acontecen y suceden como recuerdos o vivencias inmediatas u otras por venir, inspiradas en el azar de la propia incertidumbre.

Una vez que el mundo existe, porque los signos así lo han propiciado, queda la interacción con su núcleo, con el crisol de estímulos que reserva a quien escribe y que se incluye en su accidentalidad, contribuyendo a elaborar una biografía insignificante dentro de lo que se expande o se contrae más allá de nuestro horizonte y de la conciencia de ese horizonte: "un hombre que va a morir colgado / mira siempre hacia su último horizonte / si no hay pared alguna levantada / entre dicho hombre y su horizonte". (pág. 53). Y es, en este instante, donde percibo la escuela literaria de Juarroz y Vallejo, esa sintaxis abrupta, culterana, en ocasiones, furibunda, aunque no peque del artificio, en la que los temas fundacionales de la literatura occidental (la muerte, los celos, el sentido de la pérdida o la culpa) sobrecogen por una imaginería dura que no renuncia a la hipérbole.

Lo visceral y lo impulsivo residen en ese recurso, porque lo vehemente no deja de ser una versión de la existencia, una versión subordinada a la violencia, a la brusquedad con la que se manifiesta un aprendizaje adquirido generación tras generación. "su padre le contó cómo acallar chacales cuando declina la tarde" (pág. 45). La violencia no muda de espacios. Como tampoco lo hacen la depresión o la nostalgia, secuelas de esa epifanía que ejerce el oprobio: "quién me iba a decir que la ausencia es una forma de invierno" (pág. 57).

La experiencia cotidiana se nutre de estas categorías. Lo concreto y lo nimio sufren el parasitismo de estas amenazas y donde parece que no hay posibilidad de escape, así que el absurdismo se carga de razones para prosperar en un mundo en el que no se tiene tanta potestad para elegir ni sobre lo que decidir: "no me queda otra que hacerlo así / buscarme un trabajo a juego con mi título y colección de arrugas / un trabajo que me permita / comprar un anillo / casarme con la mujer que amo".(pág. 61).

Es paradójico que, desde esa reflexión metalingüística de "La palabra oculta", se llegue a este prosaísmo en el que el verso madura en escenarios costumbristas, anécdotas, retazos de una memoria que sabe evaluar perfectamente el alcance de los daños que conlleva el propósito de vivir. Y, en ese propósito, arraiga el desamor, su tenaz eficiencia para desactivar cualquier intento de sublimación acerca de ese componente fatalista que significa ser para la muerte: "yo no sé por qué estos pensamientos llegan a mí hoy / como aquella tarde en que tú llegaste y aunque / yo ya sabía entonces que el destino era puro invento / hoy que te escucho golpeando ollas en la cocina /  y cantando como si nadie más hubiera en el mundo" (pág. 67).

El mundo es la palabra sostiene que la realidad es aprehendida cuando el segmento lingüístico hereda la carga cultural y emocional de las partes de una realidad que muda cuanto puede y que la poesía trata de administrar, reconociendo que el lenguaje es fútil, inoperante la mayoría de las veces, porque el utilitarismo no puede comprender todo lo que escapa a lo objetual y a lo aparentemente medible. Es la poesía la que posibilita rastrear ese otro mundo que Wittgenstein reconocía como místico. Es el duelo de una muerte anticipada atraviesa sin escrúpulos, invasiva, cierta. La poesía explica demasiadas cosas a decir verdad, entre otras, aquellas que oculta la palabra y que están en el mundo: "un hombre que va a morir colgado / mira siempre hacia los rostros entre el público sí / siempre hay alguien muy dispuesto / a ver morir a un hombre " (pág. 53).@mundiario

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