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Mundiario 30 May, 2026 17:08

La cara machista de algunas letras clásicas de la zarzuela

Esto dice la letra escrita por Carreño y Fernández para una de las romanzas de la zarzuela Los claveles, con música del maestro Serrano, y añade: “Se os nota la mentira pero no os dais cuenta. Sufrís y hacéis sufrir por capricho… Mujeres, en vosotras no hay más que egoísmo y maldad…” Lamentablemente los libretos de las zarzuelas son los que menos resisten el paso del tiempo siendo, generalmente, un ejemplo del machismo imperante en las épocas pretéritas.

En la actualidad, muchos de ellos serían impensables, pero la música de numerosas zarzuelas son joyas que enriquecen el patrimonio cultural español y entre sus compositores hay nombres de categoría musical similar a la de los más célebres artistas extranjeros. Así, la zarzuela se ha difundido por todos los países de habla hispana, acogida con entusiasmo por millones de espectadores. 

La zarzuela nació en España a mediados del siglo XVII y la denominación de esta expresión artística deriva del teatro que había en el Palacio de la Zarzuela, lugar cercano a Madrid, llamado así por el gran número de zarzas que lo rodeaban. En esa época reinaba Felipe IV (1605-1665), que era un gran admirador de los espectáculos musicales y para distraerse contrataba compañías que representaban obras donde se alternaba el canto con pasajes hablados, germen de las primeras zarzuelas que nacieron como un género que se situaba entre el teatro, el concierto, el sainete y la tonadilla. 

Pero en el siglo XVIII, durante la época de los primeros Borbones, la ópera desplazó a la zarzuela casi completamente. Con Carlos III, como sus ministros italianos provocaron una serie de problemas políticos y graves disturbios, en las representaciones músico-teatrales de nuevo se volvió a la tradición española con los sainetes de don Ramón de la Cruz, cuyos temas costumbristas se acercaban más a las zarzuelas que hoy conocemos. 

El nacionalismo musical que promovió el Romanticismo volvió a imitar la ópera italiana, pero en lengua castellana, con temas mitológicos y heroicos que pronto se sustituyeron por temas populares. La zarzuela resurgía… Aunque los temas locales y el folklore regional, asimilando cantos y danzas populares que el pueblo relacionó como suyos, fueron la causa que provocó el desprecio de muchos y que algunos la comparen peyorativamente con la ópera.

Después de la Revolución de 1868 el país entró en una profunda crisis, que se reflejó también en el teatro, convertido en un entretenimiento al alcance de pocos. Fue entonces cuando en Madrid se pensó abreviar la duración de las representaciones para rebajar el precio del espectáculo, que de unas cuatro horas se redujo a una hora.

La innovación tuvo un gran éxito y los compositores de zarzuelas se acomodaron al nuevo formato, creando obras mucho más cortas, con entradas más baratas. Y las clases humildes abarrotaron los teatros. A las zarzuelas de un solo acto se las clasificó como ‘género chico’ y a las de dos o más actos, ‘género grande’. Denominaciones que nada tienen que ver con la calidad de las obras.

Una de las mayores diferencias entre ambos géneros es el argumento. La zarzuela grande presenta temas dramáticos o cómicos de acción complicada, 'el género chico' trata el teatro costumbrista, reflejando la vida cotidiana y con una música pegadiza. Al principio, la crítica denostó este nuevo género, pero el público lo aplaudió, construyéndose nuevos teatros, como el Teatro Apolo, templo del 'género chico', inaugurado en 1873 y donde hasta su cierre en 1929 se estrenaron célebres obras maestras: La verbena de La Paloma (Bretón, 1894), Agua, azucarillos y aguardiente (Chueca, 1897), La revoltosa (Chapí, 1897), El Santo de la Isidra (López Torregrosa, 1898), La alegría del batallón (Serrano, 1900), El puñao de rosas (Chapí, 1902), La reina mora (Serrano, 1903), y muchas, muchas más…. 

Con la llegada del siglo XX se rescató la zarzuela 'grande', pero ahora inspirada en los patrones del 'género chico', y nuevos compositores estrenan con éxitos clamorosos zarzuelas de singular calidad. Citemos algunos: Francisco Alonso, La calesera (1925), La parranda (1928); Amadeo Vives, Bohemios (1904), Doña Francisquita (1923); Pablo Luna, Molinos de viento (1910), La pícara molinera (1928); Jacinto Guerrero, La montería (1922), Los gavilanes (1923), El huésped del Sevillano (1926), La rosa del azafrán (1930); Federico Moreno Torroba, Luisa Fernanda (1932), La chulapona (1934); Pablo Sorozábal, Katiuska (1931), La del manojo de rosas (1934), La tabernera del puerto (1936).

La exp abrió un paréntesis nefasto y en la posguerra otras formas de entretenimiento determinan el declive de nuestra zarzuela, sin autores que la renueven; sin embargo, el repertorio tradicional todavía sigue gozando del aplauso de muchos, y las excelentes producciones del madrileño Teatro de La Zarzuela agotan cada temporada las localidades, signo evidente de que el interés por la zarzuela se mantiene imperecedero. @mundiario

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