Hay una zona de la ciudad de la que poco se conoce: el surponiente, donde están Los Kilómetros, Las Granjas… donde la tierra y el sol se funden en el horizonte. El lugar destinado a sobrevivir, en el límite.
Cuando queremos comprender cómo es que se desarrollan los asentamientos irregulares, acudir a Jan Bazant es de gran ayuda. De entrada, establece su diferencia con los fraccionamientos de tipo medio y aun los de tipo social. En ellos, nos dice, “se diseña a priori todo el conjunto urbano y se cumple con la normatividad urbana; el asentamiento irregular crece de manera espontánea e incontrolada en el territorio, con total ausencia de planeación y diseño urbano a nivel conjunto”. Y continúa: “Ofrecen lotes, más lotes y solo lotes, sin importar si el conjunto está estructurado y sin prever las eventuales redes de infraestructura […] La mayoría de los asentamientos presenta problemas de esta índole que, con el tiempo, han de volver problemática la vida de las familias de bajos ingresos que allí habitan”.
Y es precisamente en estos últimos renglones donde cobra sentido lo que uno observa cuando recorre Los Kilómetros. Los problemas llegaron hace mucho tiempo.
La zona conocida como “Los Kilómetros” está delimitada a partir de la glorieta del Kilómetro 20, sobre el corredor de la carretera hacia Ascensión. Empezó a poblarse a finales de la década de 1970. Actualmente cuenta con 2 mil 901 viviendas, de las cuales 325, es decir, el 13 por ciento, están deshabitadas. Es considerada como una “zona periurbana sin servicios”, pues carece de suministro de agua y red de drenaje; además, tiene serias deficiencias en electrificación y transporte público.
De acuerdo con la información censal del Inegi, en 2020 ahí vivían 12 mil 913 personas y, según el PDUS, el grado promedio de escolaridad —esto es, los años cursados— es de 7.9 años, el más bajo de la ciudad y apenas un poco superior al de la zona suroriente.
Si hablamos de pobreza extrema, según la doctora Mirna Limas, la colonia Granjas Santa Elena ocupa uno de los lugares más preocupantes de la ciudad, pues para el año 2010 el 86 por ciento de las mujeres vivían en esa condición. Vale la pena decirlo: la situación no ha cambiado mucho desde entonces hasta hoy, pues también es ahí donde se registran los mayores índices de violencia contra las mujeres.
La zona enfrenta dos problemas difíciles de solventar. El primero es la disponibilidad de agua y el segundo la Terminal de Almacenamiento y Distribución de Pemex, considerada de riesgo por almacenar combustible. Debido a ello, el área está catalogada como Zona Especial de Desarrollo Controlado (ZEDEC), permitiendo únicamente industrias que requieran un bajo consumo de agua y que contemplen su tratamiento y reutilización.
Por ello no se fomenta su crecimiento, lo cual, traducido a los recursos que puedan destinarse a Los Kilómetros, significa que tiene la última prioridad. Bajo estas circunstancias, más que planear el crecimiento y desarrollo de la zona, solo se proponen paliativos. Otro problema adicional es el transporte público.
Disponer de agua para beber y aun para el uso diario es un verdadero calvario. Hace algunos años se puso en marcha un programa mediante el cual se repartieron depósitos, los llamados “tambos azules”, que eran llenados por pipas enviadas por el gobierno… cuando acudían a la zona.
En realidad, esta práctica, que los habitantes valoran mucho, puede convertirse en una trampa por cuestiones de salud: los depósitos acumulan lama y es necesario clorar el agua con frecuencia, además de mantenerlos sellados para evitar que entre tierra. En fin, cuidados que no siempre se les proporcionan.
En cuanto al agua para beber, deben acudir a los expendios de agua purificada, lo que les toma alrededor de 45 minutos caminando. Utilizan carritos y carriolas para llevar y cargar los garrafones. En las purificadoras se les suministran dos garrafones por familia, cinco días a la semana. Hace cinco años pagaban 15 pesos por cada uno.
Dicen que el surponiente es la zona más sustentable de la ciudad por el uso que se le da al agua y las veces que se reutiliza. Usan letrinas y no cosechan agua de lluvia porque, según comentan, “le salen gusanos”.
Los “camper” no pasan con frecuencia y, aun así, no sienten inseguridad, pues todo parece indicar que se han establecido redes solidarias entre vecinos.
La zona se caracteriza por la vivienda autoconstruida, con mantenimiento deficiente; carencia de áreas verdes y espacios públicos; calles sin pavimentar que, cuando llueve, muchas veces se convierten en arroyos. Aun en estas condiciones y pese a la falta de servicios, se sabe que, al menos hace cinco años, los terrenos de 500 metros cuadrados se vendían en 140 mil pesos a través del municipio, con abonos mensuales de entre 2 mil y 3 mil pesos.
Sea como haya sido, los asentamientos humanos se permitieron y ahí vive gente como usted y como yo. El gobierno tiene la responsabilidad de atender las periferias. ¡Qué bien que, al parecer, voltearon la mirada hacia Los Kilómetros y que el problema del agua está en vías, no de solucionarse por completo, pero sí de aminorarse!