Todo lo que ha venido sucediendo recientemente con el actuar del gobierno estadounidense tanto en su política exterior como interior (no debemos olvidar la persecución a la población latina que radica en ese país y la estigmatización de los migrantes) solamente expone un punto que considero pertinente seguir tomando en consideración como clave del proceso político e histórico en desarrollo: la exposición o evidencia de la caída del hegemón global. Desde luego, al respecto se pudieran plantear varias hipótesis del declive del imperio, de las cuales me concentro en una: la que tiene que ver precisamente con la manifestación del poder de los EU.
Luego de leer a José Antonio Marina, filósofo español, en su libro La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación (2009), me ha sido posible llegar a la conclusión de que, en efecto, el imperio yankee, que dominó unilateralmente la mayor parte del siglo XX, hoy expone su decadencia y de manera cada vez más clara. Al disertar sobre el fenómeno del poder, y particularmente sobre el “poder social” entendido como “poder sobre el otro”, Marina señala que solo hay dos maneras de ejercerlo: “mediante el control ‘inmediato’ del subordinado y mediante el control ‘mediato’ del subordinado”.
El control inmediato es el que se logra por medio exclusivo de la fuerza que finalmente somete al subordinado. Mientras que el control mediato hace uso de la manipulación de la conciencia, y por lo tanto se ejerce a través de la mente. En lo que respecta a los Estados Unidos y a la construcción de su imperio, este se ha edificado, como correspondería a un imperio moderno, presuntamente civilizado, sobre cimientos de índole cultural y económico, que se reforzaron significativamente luego del papel desempeñado por esta nación en la Segunda Guerra Mundial. De este lamentable evento, el entonces gobierno de EU supo granjearse una alta legitimación internacional, al proyectarse no sólo como el “vencedor” del régimen nazi, sino también como “protector” de los “países desamparados” o bien, como la policía del mundo. Siempre manteniendo presente que el enemigo era el comunismo o cualquier cosa que se le pareciese, por mínima que fuera. Una especie de juez mundial que otorgaba su aval u objeción a procesos sociopolíticos ajenos que en todo momento evaluó de acuerdo con sus propios intereses económicos y políticos diseminados por todo el orbe gracias a la famosa globalización liberal, fenómeno del cual hoy algunas voces que declaran su final.
Con las implicaciones de la globalización económica y cultural, los EU desarrollaron con gran eficacia mecanismos de “poder social mediato”, a través de los cuales se logró ejercer un dominio en la conciencia social e individual, que podría sintetizarse en lo que se conoció como American Dream. El llamado “sueño americano” expuso abiertamente la penetración en la conciencia de muchos individuos a lo largo y ancho del hemisferio occidental, de la idea de los EU como la gran potencia mundial, el único lugar donde los “sueños” (de vida material) se podían cumplir y, por ende, como una nación modelo al que toda sociedad o país habría de aspirar.
Una de las expresiones más claras de este dominio se ha observado en la docilidad y obediencia de un importante, sino predominante sector de la clase política en el mundo, o al menos su evidente incapacidad crítica ante las arbitrariedades y abusos del hegemón global. Una actitud pusilánime que ha sido, sin duda, determinante para el control geopolítico y geoeconómico de los EU en la historia contemporánea. El sometimiento ha sido grotesco y hoy se evidencia crudamente en algunos casos concretos.
Un ejemplo que representa a estas clases políticas y sus gobiernos subordinados es el ahora presidente de la República Argentina, el economista y también showman Javier Milei, plenamente apegado por convicción y condición a los dictámenes del régimen estadounidense de Donald Trump. Milei es quizá el más claro ejemplo de un jefe de Estado latinoamericano subordinado y dominado por el poder mediato ejercido por los norteamericanos. Un subordinado que logra hacer de su condición de dominado un instrumento de burda legitimación, buscando hacer creer al pueblo argentino que el crecimiento económico de ese país depende exclusivamente de la buena relación que se tenga con los EU. Un cuento ya muy raído y cada vez menos convincente.
Desde luego, México no ha quedado exento de contar con sectores de la clase política que asumen y hasta presumen de dicha actitud de subordinación frente a los EU. Pero a diferencia de lo que ha ocurrido en otras latitudes, en nuestro país este fenómeno lamentable y penoso se ha venido manifestando con más crudeza en los últimos años, y de manera particular desde la actual oposición política y mediática.
Cómo lo hemos atestiguado, figuras políticas y también mediáticas que se oponen al actual gobierno federal han acudido a los EU para, según ellos, “denunciar” lo que consideran un “régimen dictatorial” o un “narcoestado”, pretendiendo la “ayuda” de las autoridades del vecino país. Esto, a todas luces, es buscar la intervención de un gobierno extranjero en asuntos de índole nacional, lo que está estrictamente prohibido en nuestra Constitución política. Al respecto, lo acontecido en últimas fechas en el estado de Chihuahua, con el tema de la participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en labores de combate al crimen dentro del propio territorio nacional, ha mostrado también como algunos sectores de la oposición política asumen la relación con los EU. Buscan en el exterior lo que no se ha sabido o no se ha querido construir desde dentro: apoyo y legitimación.
Apunto lo anterior como muestra del persistente dominio yankee en el imaginario de ciertos sectores de las clases políticas no sólo de México sino de toda América Latina. Un dominio apuntalado en la capacidad tecnológica y militar que los Estados Unidos ha demostrado a lo largo de su historia y que hoy lo utiliza, quizá con mayor cinismo que nunca, para propósitos de intimidación y sometimiento de grupos y gobiernos considerados hostiles o “amenazas contra la seguridad”. No obstante, la historia que claramente desconocen estas clases políticas es la de abusos, atropellos e intromisiones que a lo largo del tiempo han cometido ese país en contra de los intereses políticos y democráticos de pueblos que luchan por su autonomía.
A pesar de esto, hace ya un buen rato que ese poder mediato ejercido por los EU en todo el orbe comenzó poco a poco a erosionarse. Los motivos son varios y actúan en conjunto. Uno de ellos, sin duda, tiene que ver con la apertura mediática que han significado las redes sociales en Internet. Desde ahí, se ha propiciado una concentración de voces críticas antiimperialistas que han ido cuestionando o poniendo en tela de juicio el discurso hegemónico muchas veces disfrazado de diferentes productos culturales (cine, televisión, literatura, podcast, influencers y desde luego la prensa), mediante los cuales se llegó a amplios sectores de la población en los distintos países. Se ha ido conformando entonces un discurso contracultural que al cabo del tiempo se ha fortalecido en el marco de una abierta batalla cultural por las conciencias. Incluso en México, donde este fenómeno de insurrección mediática contra la derecha y la ultraderecha se ha manifestado de manera significativa desde la llegada al poder del actual proyecto político de izquierdas llamado Cuarta Transformación. De hecho, desde el gobierno del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, se hablaba ya de una necesaria y emprendida “Revolución de las conciencias”. Hoy, esta revolución se encuentra en pleno desarrollo, y en ella se juega precisamente la continuidad del imperio o su caída. Es en la conciencia donde se define la realidad que habrá de reproducirse o transformarse.