Hay noches en las que el insomnio, en lugar de regalarte el bendito vacío de la inconsciencia, decide otorgarte una iluminación. Fue en una de esas madrugadas de ovejas rebeldes cuando tropecé, de pura carambola, con «Todo Concostrina».
Hasta ese momento, mi conocimiento de la historia oficial se limitaba a esa papilla rancia que nos vendieron en el colegio. Pero escuchar a Nieves fue ver la luz: esa ironía quirúrgica, esa bendita manía de bajar a los héroes de la patria a escobazos de su pedestal y ese costumbrismo madrileño tan pulcro me conquistaron. Desde aquella noche de radio y desvelo, la Concostrina habita en mis más selectos altares virtuales. Una deidad laica a la que uno escucha con la fe del converso.
Por eso, mi último encuentro con su voz en el moderno firmamento de los podcasts no me ha dejado indiferente; me ha dejado en un estado de shock digno de un culebrón venezolano. Resulta que mi venerada Nieves ha decidido liarse la manta a la cabeza y perpetrar una auténtica masacre dialéctica. Sin anestesia, sin la habitual diplomacia corporativa del gremio y con el colmillo bien afilado, ha puesto a caldo de veza a los sumos sacerdotes de la información patria. Los ha tildado, directamente, de estar a «sueldo mercenario». Y no ha disparado al aire, no. Las ráfagas llevaban las coordenadas exactas de San Sebastián de los Reyes: Atresmedia en general, y ese dúo dinámico de la ética catódica formado por Antonio García Ferreras y Ana Pastor en particular.
Ver los cimientos de la factoría del "más periodismo" tambalearse bajo el peso de las palabras de una historiadora de fuste es un espectáculo que no tiene precio.
El beneficio de la duda (o cómo sobrevivir a la era del corta y pega)
Antes de descorchar el champán y celebrar la valentía de la maestra, conviene ponerse el chaleco antibalas de la sospecha contemporánea: si es que no ha sido manipulado, que esa es otra.
Vivimos en un ecosistema digital tan sumamente higiénico que un duendecillo de la informática con tres copas de más puede hacer que Winston Churchill parezca comunista o que Groucho Marx suene como un monje de clausura.
En la era de los deepfakes y los laboratorios de desinformación, donde los cortes de audio se estiran y se encogen al gusto del consumidor sectario, la prudencia no es una virtud, es una obligación legal. Si resulta que el audio en cuestión es un Frankenstein sonoro perpetrado por algún enemigo de la cadena verde para hacer daño, me envainaré el entusiasmo, me flagelaré públicamente por ingenuo y condenaré el enésimo juego sucio de las cloacas de la red.
Ahora bien, si el documento es limpio, si esa es su voz genuina y ese es su indiscutible desprecio... ¿qué quieren que les diga? Yo la creo.
A Nieves no se le conocen contratos millonarios por sonreír a los poderosos ni tiene por costumbre bailar el agua a los consejos de administración. Ha construido su credibilidad desenterrando las miserias de los muertos; por lo tanto, tiene el olfato perfectamente entrenado para detectar a los cadáveres éticos que aún respiran en los platós de televisión. Si ella dice que el agua moja y que el periodismo de gran formato está podrido, yo me mojo y me pudro con ella.
La pasarela de los estómagos agradecidos
El meollo de las declaraciones que me ha dejado con la mandíbula en el suelo ataca directamente al gran teatro de la objetividad. Eso de acusar a Ferreras y a Pastor de responder a un «sueldo mercenario» es de una maravillosa ordinariez que resulta tan refrescante como un jarro de agua fría en agosto. ¡Con lo bien que lucen ellos en sus pantallas, rodeados de pantallas, dándole paso a los "pactos que salvan vidas" y a las verificaciones divinas de los hechos!
Llevamos años asistiendo a la sutil transformación del derecho a la información en un circo de tres pistas donde los payasos cobran en diferido y los domadores responden a fondos de inversión transatlánticos.
Lo que Concostrina parece haber recordado a los despistados es una verdad de perogrullo que en las facultades de Ciencias de la Información se suele olvidar tras el primer pago de la matrícula:
El pacto de la trinchera: No importa la verdad del dato, importa a quién beneficia el relato el próximo domingo de elecciones.
La espectacularización del suspense: Convertir la apertura de un sobre en un thriller de Christopher Nolan mientras se entierran las noticias de calado económico bajo una montaña de ruido.
El blanqueamiento aséptico: Tratar la mentira descarada como "una opinión respetable dentro del debate político" para mantener el chiringuito del pluralismo de fachada.
Que alguien de la vieja guardia, criada en el respeto a la verdad desnuda y no al gráfico en tres dimensiones, señale el lodazal de Atresmedia es un ejercicio de justicia poética. Desarmar la pompa y el boato de laSexta no es un ataque gratuito; es recordarles que, por mucho que se disfracen de guardianes de la democracia, el color del dinero del que dependen es exactamente el mismo que el de sus supuestos enemigos ideológicos.
Un ventilador de verdades en el altar virtual
Creer a Concostrina en este sainete no es un acto de fe mística digno de una aparición mariana; es simplemente una cuestión de higiene mental. Descubrirla en una noche de insomnio me salvó de la inanición intelectual de las madrugadas, y verla ahora encender el ventilador para esparcir las vergüenzas de la aristocracia mediática solo confirma por qué está donde está en mis preferencias.
Es una lástima —o una comedia muy negra, según se mire— que los ciudadanos de a pie tengamos que acudir a los márgenes del sistema, al formato del podcast independiente o a las voces desterradas de los grandes presupuestos, para escuchar un diagnóstico certero sobre la salud de nuestro panorama informativo. La palabra "mercenario" puede escocer en las delicadas pieles de las estrellas de la pantalla, que sin duda se consideran a sí mismas la reencarnación de Edward R. Murrow. Pero cuando se observa la doble vara de medir, el compadreo con las fuentes del poder y el arte sutil de mirar hacia Cuenca cuando el fuego quema al amigo, el término se queda corto; es casi un elogio por su precisión técnica.
El asombro del audio me durará lo que tarde en salir el próximo escándalo político que lo tape todo. Dejo la puerta entornada a la sospecha técnica por si los creadores de contenido nos han colado un golazo con la tecnología.
Pero si Nieves habló sin red, si decidió que ya basta de silencios cómplices frente al monopolio del micrófono, mi reverencia hacia ella es total.
En un gallinero lleno de bustos parlantes que solo repiten el argumentario que les llega calentito al pinganillo y de profesionales de la verificación que siempre tienen el ojo vago hacia el mismo lado, escuchar una voz que truena con esa clarividencia es una delicia. Aunque el panorama que deje sea un erial de manipulación y sueldos bien ganados a costa de nuestra inocencia. ¿Qué quieren que les diga? Si esto es el resultado de mi insomnio, que no me devuelvan el sueño nunca. @mundiario