Durante décadas, buena parte de las previsiones climáticas han descansado sobre una idea aparentemente lógica: si el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera estimula la fotosíntesis, los árboles crecerán más rápido y almacenarán mayores cantidades de carbono en su madera. Esa premisa ha sido incorporada a numerosos modelos climáticos y ha reforzado la percepción de los bosques como uno de los principales aliados naturales para amortiguar el calentamiento global.
Sin embargo, una investigación publicada en la revista Science Advances plantea un escenario mucho más complejo. El estudio encontró que el crecimiento de los robles se detiene a mediados del verano, a pesar de continuar con la fotosíntesis hasta el otoño. Este desacoplamiento indica que un mayor aumento de CO2 no necesariamente resulta en un mayor almacenamiento de carbono a largo plazo en la madera, lo que obliga a revisar las proyecciones climáticas actuales.
El hallazgo no cuestiona la importancia de las masas forestales como sumideros de carbono, pero sí obliga a reconsiderar cuánto carbono podrán retener realmente en las próximas décadas y hasta qué punto las previsiones actuales podrían estar sobreestimando su capacidad futura.
Uno de los aspectos más interesantes de la investigación es que desmonta una asociación que durante años se dio prácticamente por sentada. Los árboles absorben dióxido de carbono mediante la fotosíntesis. Gracias a la energía solar, transforman ese carbono en azúcares que utilizan para mantenerse vivos, desarrollar nuevas estructuras y alimentar numerosos procesos metabólicos.
Tradicionalmente se asumía que una parte importante de ese carbono absorbido terminaba convirtiéndose en nueva madera. Al crecer el tronco, las ramas o las raíces, el carbono quedaba almacenado durante décadas, siglos o incluso milenios. Sin embargo, los investigadores descubrieron que la realidad es bastante más compleja.
La investigación combinó imágenes satelitales capaces de detectar la actividad fotosintética, sensores instalados en los troncos para medir el crecimiento en tiempo real, registros históricos de anillos de crecimiento y datos climáticos acumulados desde 1950. En las regiones orientales de Estados Unidos, los robles crecían principalmente entre mayo y julio. Sin embargo, continuaban realizando fotosíntesis hasta octubre.
Eso significa que una parte considerable del carbono absorbido llegaba cuando el árbol ya había dejado de producir nueva madera.
Los datos revelaron que aproximadamente el 36% del carbono capturado anualmente por estos árboles se absorbía después de que el crecimiento hubiera finalizado. En California ocurrió algo similar. Allí el crecimiento se concentraba entre diciembre y abril, pero la fotosíntesis continuaba durante varios meses más. En ese caso, alrededor del 26% de toda la absorción anual de carbono se producía una vez concluida la fase de crecimiento.
La consecuencia inmediata es evidente: una proporción significativa del carbono capturado nunca llega a transformarse en biomasa leñosa de larga duración.
Una señal de advertencia para los modelos climáticos
Parte se almacena temporalmente en forma de almidón para impulsar el crecimiento de la temporada siguiente. Otra parte se utiliza para producir hojas, raíces finas o compuestos defensivos. También puede ser liberado al suelo para alimentar microorganismos o consumirse en procesos metabólicos necesarios para mantener vivas las células durante el invierno.
Desde el punto de vista climático, ninguna de estas funciones ofrece el mismo nivel de almacenamiento a largo plazo que la madera.
Numerosos modelos han asumido durante años que una atmósfera más rica en dióxido de carbono impulsaría automáticamente una mayor acumulación de biomasa forestal. La nueva investigación sugiere que esa relación podría ser mucho menos directa de lo que se pensaba.
Esta observación adquiere especial relevancia porque los científicos detectaron que la desconexión entre fotosíntesis y crecimiento era aún más intensa durante los años caracterizados por fuertes oscilaciones entre periodos húmedos y secos.
Precisamente esos episodios extremos son los que muchos modelos climáticos prevén que aumentarán en frecuencia e intensidad durante las próximas décadas.
Si los árboles absorben más carbono pero almacenan proporcionalmente menos en forma de madera, la capacidad de los bosques para actuar como sumideros naturales podría resultar inferior a la calculada hasta ahora. @mundiario