CASCABEL
“Imagine que usted se dispone a gobernar, a dar órdenes a otros y a sí mismo, y de pronto resulta que tiene un sarcoma... ¿qué Gobierno puede haber entonces?”, afirma Woland en la obra de Bulgàkov “El maestro y Margarita”. La muy humana ilusión de control absoluto que trasciende épocas, latitudes, ideología y planes. La literatura de lo absurdo ya sea de Carroll, Kafka o Bulgàkov no alcanzaría para describir los sinsentidos que esta semana hemos observado desde el púlpito presidencial, Ejecutivo estatal y por vía epistolar desde Quinta La Ching… La naturaleza del servicio público se desdibuja cuando quienes ejercen el poder solicitan, imploran y exigen ser defendidos de cualquier señalamiento sobre su persona, Gobierno y correligionarios. Se les olvida que su mandato es servir, mandato desechado por los suplicantes que sólo llegaron para servirse a ellos mismos y a sus vástagos.
El anclaje de soberanía, debido proceso, cuestionar intencionalidad, presunción de inocencia y no intervencionismo que a todas luces es correcto tiene como limitante quien lo articula, en este caso los actores de primera línea de la autodenominada Cuarta Transformación. La historia de cada uno de los personajes en comento, su consistencia, y sobre todo su congruencia entre el decir y hacer, los inhabilita y condena antes de que abran la boca o levanten la pluma.
Sheinbaum después de un desafortunado discurso en el Monumento a la Revolución, inició la semana reafirmando que no cederá ante ni permitirá injerencia extranjera, anhelo que muchos compartimos. La maniobra retórica de Sheinbaum ante el reportaje del Los Angeles Times ilustra con precisión quirúrgica esa trampa. El diario estadounidense reveló que Estados Unidos habría revocado discretamente las visas de los gobernadores de Sonora y Tamaulipas, Alfonso Durazo y Américo Villarreal, mientras son investigados por posibles nexos con el crimen organizado y señalados de estar colaborando con autoridades estadounidenses en calidad de testigos. La Presidenta respondió en tres movimientos calculados: Enarboló la soberanía nacional, pidió a sus correligionarios “no temer”, y remató con una frase que lo dice todo -”ellos tienen que aclarar”deslindándose con elegancia de dos gobernadores de su propio partido a quienes, sin embargo, respalda públicamente. Soberanía como escudo, duda razonable como coartada y silencio cómplice como política de Estado.
La misma semana, en un segundo acto de involuntaria ironía, Sheinbaum respaldó al presidente colombiano Gustavo Petro en su negativa a reconocer los resultados preliminares de la primera vuelta electoral en Colombia. La Presidenta que defiende la soberanía nacional como principio inviolable ante cualquier señalamiento externo sobre sus gobernadores, fue acusada por dirigentes políticos colombianos de injerencia en el proceso electoral de su país. El principio de no intervención, al parecer, opera en una sola dirección: Protege a los correligionarios propios de escrutinio externo, pero no inhibe el comentario sobre procesos electorales ajenos cuando el resultado incomode a la tribu. La soberanía como principio universal se convierte así en soberanía selectiva - un instrumento retórico que se empuña o se guarda según la conveniencia ideológica del momento.
Alfonso Durazo en una muy controlada “rueda de prensa” sale a desmentir la investigación donde declaró: “Esa nota no tiene absolutamente ninguna fuente, tengo mi visa vigente y no tengo complicidades ni con grupos criminales, pero tampoco compromiso de colaboración con ningún país extranjero”. Coincido con Durazo en su afirmación de que “el mundo está patas arriba”; su llamado a la confianza ciega, cargando una trayectoria de estratégicos cambios de piel y repudio a sus propios principios, es un sinsentido mayúsculo. Durazo ha abanderado cinco partidos políticos, prometió no subir impuestos, solucionar el problema de seguridad, concentrarse en gobernar Sonora y combatir la corrupción. El hilo conductor de su historia ha sido la disposición a sacrificar principios en favor de su propia conveniencia política y económica.
Ante la misma nota el patriarca López Obrador, en su ocaso, reaparece por la vía epistolar. En apariencia defiende a Sheinbaum exonerándola del deterioro en la relación bilateral; en realidad la encauza en un camino sin salida al limitar sus opciones. Convoca a sus militantes, construye la narrativa del enemigo externo y reafirma ser el líder. Es, a mi juicio, una plegaria para preservar la cohesión del movimiento y blindar anticipadamente a los suyos ante señalamientos futuros.
Es la corrupción, institucional de la mano con el crimen organizado, cuyos vínculos han facilitado la expoliación de la hacienda pública y generado un “impuesto” adicional a las actividades de todos. De acuerdo al IMCO la combinación de violencia y corrupción representa un costo del 12.4% del PIB. La terca realidad tiene métricas que no admiten narrativa: Crecimiento esperado de 1.1% del PIB de acuerdo a Banxico, hacienda pública con déficit de 4.3% en 2025 e inversión fija bruta que lleva 19 meses retrocediendo.
Hay que nombrar y desestimar las plegarias de los suplicantes de la transformación a que confiemos en ellos, salgamos en su defensa y hagamos nuestra su definición selectiva de soberanía. El costo en vidas, en empleo, en posibilidades es alto.
Woland en un pasaje reflexiona: “Todo saldrá bien; el mundo está construido sobre eso”. La gobernanza, sin embargo, no es un acto de esperanza. Es la capacidad de elegir qué conservar, qué desechar y qué proteger, aunque hacerlo tenga un costo.
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Óscar F. Serrato Félix es padre de tres, ciudadano, empresario, analista y optimista.