Eduardo Ruiz-Healy
El sábado, ante el rey de España y el cuerpo diplomático reunido en el Palacio Real de Madrid, el papa León XIV dijo lo que muchos sentimos, pero que pocos con su autoridad se atreven a decir: “La tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir”. Ya lo había dicho yo el viernes en mi programa en Grupo Fórmula: Que los políticos ya me tienen hasta la madre, que me hartaron con sus debates sin sustancia, intrascendentes y destructivos.
No me voy a comparar con el Papa, pero nuestro diagnóstico es el mismo.
Lo que vemos y escuchamos a diario en radio, TV y redes sociales no son debates. Es todo un espectáculo de insultos, descalificaciones y mentiras. Priistas, panistas y sus seguidores acusan al Gobierno de ser un “narcogobierno”. Los morenistas y los suyos llaman vendepatrias y traidores a los otros. Programa tras programa, tuit tras tuit, los insultos sustituyen a los argumentos y la rabia al razonamiento. Nadie convence a nadie. Nadie quiere hacerlo. Se trata de desprestigiar al rival rumbo al 2027. El País puede esperar.
El Papa llamó a esto por lo que es. Pidió, textualmente, que se deje “la narrativa divisiva y polarizante” que reduce la realidad a su mínima expresión. Y advirtió sobre “esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero pueblan el mundo de fantasmas y enemigos”. Eso es lo que hacen nuestros políticos cada mañana: Fabricar fantasmas y enemigos para que sus bases no piensen, sólo reaccionen. La indignación permanente es el negocio electoral. El odio al adversario reemplaza la propuesta. Y mientras, los problemas reales persisten y se agravan.
Y el ambiente va empeorando. Las redes sociales no sólo amplifican lo peor de los políticos, sino también lo peor de muchísimos de sus usuarios. El algoritmo recompensa la indignación más que la reflexión. El insulto llega más lejos que el argumento. La caricatura del enemigo corre más que cualquier análisis. León XIV lo ve: “Los prejuicios se exacerban, el pensamiento crítico se debilita, los intereses prepotentes siembran pulsiones de muerte”. No es una metáfora. Eso es lo que ocurre cuando una sociedad se acostumbra a que sus dirigentes hablen sólo para dividir, nunca para construir.
El daño es práctico y va en aumento. Una sociedad que está en guerra verbal permanente, como la mexicana, pierde la capacidad de ponerse de acuerdo en nada. Las instituciones se debilitan porque no hay defensa de ellas: Cada uno sólo defiende a los suyos. La confianza se corroe, cunde el cinismo, baja la participación y lo peor que tenemos ocupa los espacios que dejan los pocos políticos responsables.
Los políticos no son ciegos y saben cómo exacerbar el malestar acumulado tras décadas de malos gobiernos, violencia, inseguridad, crecimiento económico mínimo y oportunidades perdidas para varias generaciones. Sólo se hacen una pregunta: ¿Seré diputado? ¿Gobernador? ¿Me dará mi cuate un hueso? Casi todas y todos están en eso, desde el más encumbrado hasta el más ínfimo. La polarización les sirve y les conviene. Y nosotros, los ciudadanos, pagamos el precio.
En Madrid, el Papa reclamó el abandono de las narrativas divisivas. ¿Le harán caso? Me parece que no. No les conviene ni a quienes dicen profesar su misma religión.
Eduardo Ruiz-Healy
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