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El Economista 11 Jun, 2026 09:10

Mundial 2026: Los sabores que guardan la memoria gastronómica de México 70 y México 86

Antes de que el Mundial se midiera en experiencias premium, paquetes de hospitalidad y menús diseñados para palco, también se vivía con una torta envuelta en servilleta, una bolsa de cacahuates abierta entre varios, un refresco comprado en la calle o una cerveza que se calentaba en la mesa mientras todos miraban la misma televisión.

México vuelve a estar en el centro del futbol mundial. Este 11 de junio, la Copa del Mundo regresa al Estadio Ciudad de México, el mismo recinto que en la memoria popular sigue siendo el Azteca y que ya recibió los partidos inaugurales de 1970 y 1986. Con ello, el estadio hará historia como el primero en albergar tres inauguraciones mundialistas.

Pero la historia de los Mundiales en México no sólo puede contarse desde la cancha. También puede seguirse desde la comida: lo que se llevó al estadio, lo que se compró afuera, lo que se preparó en casa, lo que se sirvió en las cantinas y lo que hoy se vende como parte de una experiencia futbolera cada vez más cara y regulada.

Pelé, Maradona, Hugo Sánchez y Manuel Negrete pertenecen al archivo deportivo. Las tortas, los tacos de canasta, el chicharrón con crema, la cerveza de barril, los tacos de bacalao, las tortas de pulpo, los frijoles, las papas, las palomitas y los cacahuates pertenecen a otro archivo: el de quienes vieron el Mundial desde una grada, una banqueta, una sala familiar o una cantina.

Esa es la memoria gastronómica que vuelve con el Mundial 2026.

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México 70: tortas, cacahuates y refrescos en las gradas

En 1970, México recibió por primera vez una Copa del Mundo. Fue el Mundial de Pelé, de Brasil campeón, de la televisión a color y del Estadio Azteca como escenario global. Pero para miles de aficionados, la experiencia no se construyó desde la comodidad, sino desde la resistencia: llegar temprano, caminar entre multitudes, esperar bajo el sol y resolver el hambre con comida de mano.

La comida de estadio era sencilla, práctica, portátil. Tortas, cacahuates y refrescos formaban parte de la experiencia de quienes asistían a los partidos. No había todavía una narrativa de “hospitality” ni una oferta gastronómica pensada como espectáculo paralelo. No tuvo costo meter alimentos al estadio.

Así que la torta funcionó como boleto paralelo. Podía ir envuelta en papel, guardada en una bolsa aplastada por el traslado y aun así cumplir su misión. De jamón, pierna, milanesa o queso, era comida de estadio. Se comía antes del partido, en el medio tiempo o a la salida, cuando la multitud volvía a tomar Tlalpan y las inmediaciones de Santa Úrsula.

México 70 dejó imágenes monumentales. Pero su memoria cotidiana también cabe en una torta y en una botella de refresco pasada de mano en mano.

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México 1970Cortesía

México 86: la Copa vista desde afuera

Dieciséis años después, México volvió a recibir el Mundial en una ciudad todavía herida por el terremoto de 1985. El país quería mostrarse de pie, pero muchas familias seguían caminando entre pérdidas, crisis económica, campamentos improvisados y una vida diaria marcada por la carestía.

No todos podían entrar al estadio. Para muchos, el Mundial se vivió desde afuera: en calles, comercios, puestos de periódicos, vitrinas con televisores, restaurantes, cantinas y pantallas gigantes instaladas en espacios públicos.

Una de las escenas más potentes ocurrió en el Deportivo Hermanos Galeana, en Gustavo A. Madero. Mientras el mundo miraba al Estadio Azteca, estudiantes, vecinos de colonias populares y familias enteras se reunieron frente a una pantalla gigante para vivir una Copa a la que pocos podían acceder desde las gradas.

Ahí la comida cuenta la escena mejor que cualquier marcador. Hubo tortas de jamón, refrescos, papas, palomitas, tacos de canasta, aguas y antojitos. También hubo bebidas escondidas en mochilas y chicharrón con crema.

El 7 de junio de 1986, México enfrentó a Paraguay en el Estadio Azteca. El partido estaba empatado cuando Hugo Sánchez tuvo en sus pies un penal que parecía escrito para la euforia nacional. No fue gol.

La escena quedó registrada en una secuencia fotográfica tomada por Fabrizio León Diez en el Salón Corona de Bolívar, en el Centro Histórico. Ahí, la cantina se volvió estadio por unos segundos.

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Salón CoronaCortesía

La crónica tiene sabor propio: tacos de bacalao, tortas de pulpo, zanahorias en escabeche, consomé de res, cerveza de barril, vasos sobre las mesas, botanas, ceniceros y una televisión frente a la cual se ordenó la tensión. Antes del disparo, los meseros dejaron de servir. La gente de la barra buscó espacio entre las mesas. La imagen hoy es histórica.

“No queremos goles, queremos frijoles”

La nostalgia mundialista también tiene zonas incómodas. En 1986, mientras México se preparaba para recibir al mundo, una consigna atravesó la fiesta deportiva: “No queremos goles, queremos frijoles”.

La frase condensaba el malestar de un país que enfrentaba crisis económica, inflación, desigualdad y las secuelas del sismo. El futbol llenaba estadios y pantallas, pero no podía ocultar que muchas familias estaban más preocupadas por completar la despensa que por celebrar goles.

Pique: el chile que se volvió mascota

México 86 también convirtió un ingrediente en emblema. La mascota oficial fue Pique, un chile jalapeño con bigote, sombrero y uniforme tricolor. La elección no fue casual: México se presentó ante el mundo desde el picante.

El chile no estaba en la cancha, pero estaba en todas partes: en las salsas de los tacos, en los antojitos, en las tortas, en la comida callejera, en la forma de explicar al país como sabor inmediato. Pique era una síntesis visual, discutible y eficaz: futbol, identidad, folclor y picor en un solo personaje.

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Mexico's 1986 World Cup Mascot Pique.Bob Thomas/Getty Images

A unas horas del regreso de la Copa, la comida vuelve a estar en el centro, pero desde otro lugar. Ya no sólo como memoria popular, sino como negocio, competencia y experiencia de consumo.

La pregunta ya no es únicamente qué se come durante el Mundial, sino quién puede pagarlo, quién puede llevarlo, quién puede venderlo y quién queda fuera de lugar. Aun así, el Mundial 2026 no se comerá sólo dentro del estadio. También se vivirá en casas, fondas, cantinas, terrazas, taquerías, puestos, plazas públicas y pantallas instaladas para quienes volverán a mirar el futbol con emoción. Porque la memoria mundialista de México no sólo está en sus estadios. También está en sus mesas.

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