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Mundiario 11 Jun, 2026 06:55

La herencia de las suturas en Gramática de mi madre, de Almudena Sánchez

¿Cómo se cruza una madre? ¿Cómo se administra su sabiduría? ¿Cómo se interpreta su ejemplaridad? ¿Y el daño que lastra? ¿O el duelo con el que disfraza su propio cautiverio?

Publicado por La uÑa RoTa, Gramática de mi madre, de Almudena Sánchez, entronca directamente con una tradición literaria anglosajona que se distancia afortunadamente de una tendencia manida en la poesía española en la que el neorromanticismo y lo becqueriano siguen siendo una influencia que no permite arriesgar. Gramática de mi madre rompe con esos esquemas, pues aquí el clasicismo se diluye en estrofas que se abren a otras posibilidades semánticas de una contundencia severa, sin dejar al margen lo virulento y lo indigno que la convivencia genera por inercia la mayoría de las veces. En esta Gramática, la confesión y el reproche buscan el contexto espacial de los interiores, de los habitáculos en los que Edward Hooper describe la nostalgia y los conflictos del sujeto contra verdades punitivas, aquellas que intentan descifrarse en secreto, reductos en los que las conversaciones cara a cara dilapidan cualquier atisbo de progreso hacia el entendimiento.

Por esa razón, la poesía de Almudena Sánchez opta por los imaginarios de Sexton y de Carson en ese esbozo de una relación materno-filial que ahonda en heridas congénitas e inmanentes y donde no siempre la sobreprotección significa la salvaguarda, la inmunidad o el refugio eugenésico. No siempre el vientre materno es amparo de todo mal: "Un anfibio me lame la cara / cuando sueño con esta suerte de abono / que me yergue y me defrauda / y no termina nunca". (pág. 79). El apuñalamiento, la mutilación, lo claustrofóbico o esa preocupación temática por reconsiderar conceptos aparentemente tan estables como la virginidad o la compasión enfermiza hacia el desprotegido contribuyen a esa percepción angustiosa de la existencia que se lee en La campana de cristal.

La poesía de Almudena Sánchez opta por persistir en una relación consustancial a la disconformidad, una herida que está lejos de ser sutura, sin cauterizar, causa de una convivencia en la que no todo ha sido benigno. No puede serlo, si se quiere alcanzar ese grado de sinceridad en el que lo humano solo es tangible en la fricción y en el daño. Allí es donde se proyecta la verdad como estigma que se hereda de generación en generación y que surge de atribuirle a la madre la responsabilidad de un control excesivo que solamente conduce a la deshumanización: "Una sartén nos observa: / vieja, aceitosa y ahorcada / desde el gancho más alto de la cocina. / Tiene la expresión invariable / de las caras planas / en proceso de sequía. / Y óxido en los pómulos, / además de un brazo de metal". (pág. 50).

Gramática de mi madre no es complaciente con la maternidad, cuando la hija tiene que reconstruir ese horizonte desolador que representa la falsa proximidad entre madre y vástago, también la renuncia a esa especie de amor atávico a quien da la vida. Porque nada está condenado a no ser inquebrantable: "Me amputarán madre y pensamiento. / Me anularán percepción y deseo. / Me dejarán quieta en una alacena". (pág. 58).

En esa pugna arraiga un poemario que apuesta por el versículo y la prosa poética, estructuras rítmicas que permiten aproximar el simbolismo y lo melódico al formato de cuaderno, diario y epístola: "Y me apuñala a mí, porque estoy enamorada, mamá.. (...). / TÚ: Bajas la persiana, anuncias que mañana será otro día y añades que ya iré creciendo". (pág. 33) Herencia de Carson y de la propia Adrienne Rich con la que la poesía se funde en una textura narrativa para lograr una verosimilitud que concilie lo imaginario con la inmediatez del tedio y las costumbres fosilizadas, esas que no permiten la reivindicación o la liberación de espíritus predestinados a una realización personal: "Vivimos en un aeropuerto / donde los aviones quieren, pero deciden no posarse. / Nada es estable entre nosotras". (pág. 72).

La sumisión y la obediencia maternas forman parte de la gramática que propone Almudena, pero sobre todo la negativa de una hija a seguir los mismos pasos de la madre, a coincidir en los mismos derroteros, a imitar los mismos aspavientos, a sermonear para no construir nada: "Y yo te sigo, / preparo mis dedos para recoger / restos de humanidad, / pues eso hacemos las mujeres: / recolectar pedazos y miniaturas / y vidrios rotos / y cacas de perro / y monedas de un céntimo". (pág. 70).

La madre es sumisión y la sumisión conlleva la perforación, la infección, la hemorragia, una septicemia de la que es muy difícil escapar sin las secuelas del autoengaño o de la acusación. A la hija solamente le queda limitar el alcance funesto de esa apatía, de esa indolencia, de una costumbre casi ancestral a ser invisible en las propias habitaciones en las que se tejen las desdichas y hacen aguas los matrimonios. Pero el milagro opera ahí, en esa anagnórisis en la que se convierte el testimonio de Almudena, en la ejemplaridad que ofrece la escritura al señalar la procedencia de la hostilidad contra ella, contra todo aquello que se resignifica cuando una mujer decide romper con esa cadena que la obliga a mantenerse al margen, en silencio, como si levantar la voz fuese un oprobio contra la comunidad, un asalto a la inocencia que demasiadas mujeres no abandonan. La única decisión válida, imborrable, supurante, tan dañina como no permitir que la relación entre madre e hija deje de ser subyugante, honrosa a los ojos de los demás: "Si no se escuchan mil ruidos a la vez, / no me interesa. / Floto en el desorden / como un pato en su charca". (pág. 39).@mundiario

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