Los mundiales en casa son una forma de medir al país. No porque el futbol explique lo que sucede por sí mismo, sino porque toma una fotografía: del ánimo, de la economía, de la política, de lo que queremos mostrar y de lo que preferimos dejar fuera de la foto.
México vuelve a ser sede en 2026, cuarenta años después del Mundial de 1986 que muchos recordamos por razones públicas y privadas. En mi caso, además, 1986 tiene una memoria personal: ese año me hice novia de quien hoy es mi marido.
Quizá por eso lo recuerdo no solo como dato histórico, sino como una época que todavía puedo ubicar en mis sentimientos: el país de entonces, las conversaciones de entonces, las expectativas y los miedos de entonces.
Visto desde hoy, 1986 ocurrió al final de un orden y al inicio de otro. México venía del terremoto de 1985, que mostró con crudeza la fragilidad del Estado, pero también la fuerza de una sociedad capaz de organizarse.
La economía seguía golpeada por la crisis de la deuda y por el agotamiento del viejo modelo de sustitución de importaciones. Ese mismo año México entró al GATT, una decisión que simbolizó el giro hacia la apertura comercial y que, con el tiempo, nos llevaría a una integración mucho más profunda con Norteamérica.
En lo político, seguíamos en un régimen cerrado. El PRI conservaba el control del poder, las elecciones no eran plenamente competitivas y los contrapesos institucionales eran débiles. La sociedad empezaba a moverse, la economía empezaba a abrirse, pero el sistema político todavía resistía.
Desde entonces, México cambió mucho. Sería injusto negar lo que sí se transformó. Tuvimos apertura comercial, TLCAN, después T-MEC, alternancia, autonomía electoral, mayor pluralismo, prensa más libre, organizaciones civiles más fuertes, gobiernos divididos, una ciudadanía menos pasiva.
Durante años creímos que, con todos sus tropiezos, México caminaba hacia una combinación deseable: economía abierta, democracia plural, instituciones autónomas y una sociedad cada vez más exigente.
El problema es que llegamos a este Mundial con una paradoja difícil de ignorar: la apertura económica sobrevivió mejor que la apertura política.
México es hoy un país mucho más integrado al mundo que en 1986. Su economía depende de cadenas de valor, exportaciones, inversión, reglas compartidas y una relación profunda con Estados Unidos y Canadá. No somos una economía cerrada ni podríamos volver a serlo sin costos enormes. En ese terreno, con todas sus limitaciones, el país sí cruzó un umbral.
Pero en lo político y en lo institucional el balance es más preocupante. No volvimos al México de 1986, pero tampoco consolidamos la democracia que creímos estar construyendo. La alternancia no produjo, por sí sola, un Estado más capaz. La pluralidad no construyó una cultura sólida de límites al poder.
Las instituciones autónomas que tanto costó crear hoy son vistas por muchos como ilegítimas, no como una instancia de protección de derechos. Y la tentación hegemónica, que creímos superada, regresó con otro lenguaje y nuevos instrumentos.
Quizá ahí está el tema más duro de estos cuarenta años. México abrió su economía, pero no terminó de construir un Estado eficaz. Democratizó el acceso al poder, pero no consolidó una convicción compartida sobre la necesidad de limitarlo. Generó ciudadanía, pero no logró traducir ese ímpetu en un mejor gobierno.
Por eso el Mundial llega en un momento importante. Organizarlo junto a Estados Unidos y Canadá confirma lo que México ya es en términos económicos: parte de una región integrada. Un legado de estos 40 años.
Pero también llega cuando el país enfrenta una erosión institucional seria, una crisis de crimen que no cede, cuya expresión más dolorosa es la de las desapariciones. También llega en un entorno económico endeble, incapaz de sostener una promesa de movilidad y bienestar.
No estamos peor que en 1986. Decirlo sería profundamente injusto con los logros de mi generación. Estamos mejor en casi todo: somos más abiertos, más conectados, más plurales, más informados.
Pero también somos un país más violento, más desconfiado, más polarizado y con una democracia en vilo.
Tal vez esa sea la fotografía que dejará este Mundial: la de un país que cambió mucho, pero no necesariamente llegó al lugar al que pensaba llegar.
El Mundial pasará. Habrá fiesta, goles, visitantes, discursos y probablemente buenos recuerdos. Pero cuando se apaguen las luces quedará la pregunta de fondo: ¿qué hacemos con este país que amamos, pero que no ha sabido darse un Estado democrático capaz?
Cuarenta años después, ese sigue siendo nuestro pendiente.