
Por Aranzazú Ayala, Marcos Nucamendi y Santiago Reyes
Al minuto nueve del partido inaugural del Mundial de Fútbol, entre México y Sudáfrica, el Estadio Azteca estalla en gritos. Afuera, la policía capitalina aprovecha la euforia para abalanzarse sobre un grupo de manifestantes —la mayoría universitarios— que intenta llegar a la entrada del recinto. Julián Quiñones, centrodelantero colombo-mexicano, ha metido el primer gol del torneo.
Con vallas de metal tiradas en el suelo —que hacen tropezar y caer a la multitud—, piedras que cruzan el aire, y una formación de agentes antimotines que avanza tragándose todo a su paso, los manifestantes son expulsados de las inmediaciones. “¡Uh, uh, uh!”, grita el cuerpo de seguridad emulando a una manada de gorilas. Hacen señas obscenas a los manifestantes. “¡Órale culeros, ya sálganse de aquí!”, gritan los uniformados. “¡Son unos traidores asesinos!”, les responden. “Protegen a un balón en lugar de proteger al pueblo”.
Del otro lado del estadio, alejados de la trifulca, integrantes de colectivos de búsqueda de una decena de estados del país esperan sentados en el asfalto a que el partido termine. Ni ellos mismos parecen creer hasta dónde lograron llegar.
La expectativa era baja, pues las madres buscadoras pensaban que no podrían acercarse hasta el rebautizado Estadio Ciudad de México. El motivo: los cercos que elementos de la policía capitalina y federal —6,919 de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, y 720 de la Fuerza de Tarea Conjunta (Ejército, Guardia Nacional, Fuerza Aérea Mexicana, Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana)— mantenían a lo largo de la Calzada de Tlalpan para resguardar la última milla, un perímetro de seguridad solicitado por la FIFA que se instaló alrededor del recinto para regular el acceso de personas y vehículos.
Fue una cuestión de estrategia.
Las familias partieron a las ocho de la mañana desde el Parque Cerro San Antonio, frente a la estación del metro Tasqueña. Avanzaron por el carril derecho de Tlalpan, que ya había sido cerrado por las autoridades para que los asistentes al partido pudieran llegar caminando al estadio. Por eso, cuando las madres supieron que más adelante había un grupo de policías, cambiaron la ruta.
Subieron el puente peatonal que cruza las vías del Tren Ligero y descendieron por el otro lado: caminaron en sentido contrario por la calzada, en la que todavía circulaban carros. Los conductores tuvieron que apretarse en un solo carril mientras las buscadoras avanzaban hacia el estadio. Mientras, del otro lado de Tlalpan, los policías observaban. Muchas madres sonreían: acababan de burlar el cerco de seguridad del Mundial, del gobierno y de la FIFA.
‘Los ojos del mundo están puestos aquí’
Desde un día antes, la policía había impedido el avance de las familias durante la caminata nocturna “Iluminemos la búsqueda”, que convocaron para visibilizar la crisis de desapariciones en el país. El plan era recorrer los más de dos kilómetros que separan la estación del Tren Ligero Registro Federal del estadio, pero los elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana solo les permitieron llegar hasta la estación Textitlán, apenas una cuarta parte del trayecto.
En la caminata participaron familias buscadoras de Jalisco, Oaxaca, Zacatecas, Guanajuato, Guerrero, Querétaro, Morelos, Michoacán, Sonora, Tamaulipas, Estado de México, Puebla y la Ciudad de México, que portaban velas, antorchas y luces. Algunas madres se reunieron desde las cinco de la tarde en el Parque El Reloj, en Coyoacán, donde ya reportaron la presencia de personas vestidas de blanco que se negaban a identificarse. “¿Sabes quiénes son?”, decía un mensaje de WhatsApp que circulaba entre integrantes de colectivos. Más adelante descubrirían que había cientos de personas vestidas igual, con chalecos blancos, sin logotipo, y que todas trabajaban para el gobierno de la capital.
La manifestación estaba planeada para iniciar a las siete de la noche y terminar, pacíficamente, cerca de las once, cuando se leyera un pronunciamiento conjunto. Todo parecía indicar que así sería, hasta que las buscadoras se toparon con una valla humana de trabajadores del gobierno de la Ciudad de México, tras la cual había una gigantesca ola de policías antimotines, preparados para lo que fuera.
Entre los familiares que acudieron a la caminata estaba Martha Pablo Cruz, del colectivo Oaxaqueños Buscando a los Nuestros; busca a su hijo Jassiel Vladimir Florian Pablo desde el 22 de mayo de 2019, cuando desapareció en Tlapa de Comonfort, Guerrero. Uno de los objetivos de Martha, al participar en la movilización, era señalar que en Oaxaca, un destino turístico, también desaparecen los visitantes extranjeros. “Al gobierno no le gusta [que se diga], pero sí los hay. En mi colectivo tengo [el caso de] tres turistas que llegaron a las costas de Puerto Escondido y no regresaron”, aseguró.
Con ella coincide Karina Espino Carmona, integrante de Sabuesos Guerreros Oaxaca, quien busca a su hermano Adelaido, desaparecido el 13 de julio de 2010 en Matamoros, Tamaulipas, junto con otras nueve personas. El grupo viajó a la ciudad fronteriza para comprar vehículos y motores de camiones de volteo. Han pasado 16 años y, pese a buscar en lugares como La Bartolina —un centro de exterminio donde han encontrado más de una tonelada de restos óseos humanos calcinados— y San Fernando —donde se hallaron 193 cuerpos en fosas clandestinas en 2011—, la familia desconoce su paradero. De ahí la importancia de visibilizar casos como el de Adelaido en el contexto del Mundial de Fútbol, dice. “Que sepan que hay desaparecidos en los estados, que México no es lo bonito que ven en las pantallas o lo que se les dice”.
“Sabemos que los ojos del mundo están puestos aquí”, señaló Micaela Islas Rosas, integrante de Corriente del Pueblo Sol Rojo de Oaxaca, quien se manifestó por el caso de Ernesto Sernas García, profesor universitario y representante legal de la organización, desaparecido el 10 de mayo de 2018 en San Agustín de las Juntas. “Es desagradable que no nos dejen pasar cuando el tránsito es libre y nosotros solo queremos hacer visibles a nuestros desaparecidos”, dijo.
Ana Lucía Caldera Rojas, madre de Jorge Valentín Pérez Caldera, desaparecido en 2024 en Fresnillo, Zacatecas, y prima de Sergio Rojas Rodríguez, desaparecido en 2022 en la misma localidad, concuerda. “Venimos a manifestarnos, a ver si acá nos escucha el gobierno, pero parece que no. Ojalá nos escuchara y volteara a ver, solo pedimos que nos ayude, que haga algo por nuestros desaparecidos”, dice la integrante de Buscadoras Zacatecas y Grupo Escarabajos.
Cuando el contingente llegó a la estación Textitlán, se encontró con el secretario de Gobierno de la Ciudad de México, César Cravioto. Su intención era convencer a los distintos colectivos de no seguir avanzando y abrir un diálogo. Pero la noche terminó con la salida de Cravioto entre los empujones de las personas que se habían congregado para apoyar a los manifestantes. Fue el comisionado de Búsqueda capitalino, Luis Gómez Negrete, quien tuvo que formar una cadena humana alrededor del secretario para poderlo sacar del lugar.
Una vez que el camino estuvo despejado, las familias buscadoras avanzaron hasta toparse con otro muro: esta vez, camiones y policías bloqueaban Tlalpan. “Nosotros queríamos llegar al estadio, pero no se pudo por el cerco que las autoridades instalaron. El gobierno ha sido muy áspero con nosotras las familias y me parece que hasta omiso e indiferente”, señaló Gerardo Ramírez Rivera, padre de Ángel Gerardo Ramírez Chaufon, desaparecido junto a sus compañeros de trabajo Jesús Armando Reyes Escobar y Leonel Báez Martínez el 29 de noviembre de 2019 en la colonia Lindavista, al norte de la capital.
“Nosotros veníamos con una actitud pacífica, no pretendíamos más que pasar y hacer una pequeña actividad para visibilizar a nuestros desaparecidos. Necesitamos que la prensa internacional sepa que hay una crisis de desaparición en México que cruza con la trata de personas y el reclutamiento forzado. Necesitamos que haya presión para que el gobierno cambie sus políticas de seguridad respecto a la violencia en el país”, dijo Gerardo. Y agregó que lo sucedido solo demostró que al gobierno mexicano no le importa la crisis de desapariciones.
Acompañado de Tranquilina Hernández Lagunas —madre de Mireya Montiel Hernández, desaparecida el 13 de septiembre de 2014 en Cuernavaca, Morelos—, Gerardo subió al techo de la patrulla que, atravesada a media calle, les impedía el paso.
“¡Bájense de ahí! ¡Están dañando mobiliario de la policía!”, gritaban los agentes de seguridad. Tranquilina, con su mano izquierda, levantaba una copa mundial de plástico. Cientos de policías detrás de ella esperaban por si había que actuar.
Gustavo Hernández, papá de Abraham Zeidy Hernández del Razo, desaparecido en Nuevo León el 14 de mayo de 2024, con una vela en la mano, recordaba la importancia de estar ahí, y reiteraba que solamente hacían eso para encontrar a sus seres queridos. Para que las autoridades los ayuden a buscar. Las mismas autoridades que, en ese momento, cerraban su camino hacia el estadio.
Cuando todo parecía haber terminado, un grupo de familiares de Jalisco cruzó el puente hacia el otro lado de Tlalpan y, sorpresivamente, bloqueó el paso a los automóviles levantando sus lonas y pancartas. En menos de cinco minutos, un grupo de 40 policías cruzó el puente peatonal y se colocó en la entrada, para que el resto de las personas buscadoras no pudieran cruzar; mientras, otros cinco elementos se apostaban a lo largo de la estructura, pintada de morado. “¡Ahí vienen los polis, ahí vienen más, pónganse al tiro!”, alertó un hombre que iba en bicicleta.
De pronto, con paso firme y seguida por familiares que le decían que no lo hiciera, Virginia Ponce —madre de Víctor Hugo Meza Ponce, desaparecido el 20 de junio de 2020 en Zapopan, Jalisco— avanzó hacia los policías y, un metro antes de llegar a ellos, los encaró. “Si ustedes vieran el dolor que cada una de nosotras cargamos. No deberíamos estar aquí. Y sin embargo aquí estamos, por amor a ellos, a nuestros hijos. Por favor, déjennos pasar”, suplicó de rodillas a los uniformados, que no se movieron de su lugar.
“México, con más de 134,000 personas desaparecidas, no estaba preparado para un Mundial”, aseguró Noé, sobrino de Josué Guadalupe Mendoza Vázquez, desaparecido el 9 de enero de 2023 en Irapuato, Guanajuato. “Y de eso, la prensa internacional y la gente que viene de fuera a ver los partidos ya se está dando cuenta”. La marcha, que empezó con 300 personas, terminó con más de 2,000, según cálculos de quienes participaron.
Al día siguiente, la prensa tiene los ojos puestos en la cancha, pero también en las manifestaciones que rodean al estadio. Faltan veintitrés minutos para que la México gane por primera vez en su historia un partido inaugural de la Copa del Mundo. Por conducto de Raúl Jiménez, la selección nacional anota su segundo gol. 2-0. Triunfo asegurado. Las familias buscadoras se retiran del lugar marchando sobre Tlalpan. Solo el día en que encuentren a sus desaparecidos, ellas también van a triunfar.
‘Vinimos con nuestros propios medios’
En la conferencia mañanera del día de la inauguración del Mundial, el 11 de junio, la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, cuestionó la presencia de “algunas personas” procedentes de Jalisco que habrían recibido apoyo para trasladarse con los colectivos a la movilización. “Estamos recabando toda la información para conocer el origen de esos apoyos y determinar si existió alguna intención ajena a la legítima exigencia de búsqueda y justicia que encabezan las familias”, señaló.
Desde una de las entradas al FanFest del Zócalo, Héctor Águila Carvajal, padre del geógrafo y empleado de la Comisión Nacional Forestal Héctor Adrián Águila, desaparecido el 21 de julio de 2023 en Tlaquepaque, le respondió enérgicamente: “Lo pagamos con nuestra bolsa, así como nuestras playeras y nuestras fichas”. Aseguró que lleva al menos dos años pidiendo apoyo al gobierno, porque su hijo es trabajador del Estado, pero hasta la fecha no lo ha recibido. “No se encargan ni siquiera de sus subalternos”, lamentó.
Héctor Adrián, de 27 años, desapareció un día lluvioso, como el de este jueves. Se había ido a jugar un torneo en Xbox de la FIFA con dos de sus amigos. Desde entonces, su familia no sabe nada de él. Hay una persona detenida, pero hasta la fecha no ha habido un juicio. “Son tres años que he andado en basureros, por todos lados: Ciudad de México, Zacatecas, Aguascalientes, buscando a mi hijo”, dice su madre Teresa Corona Navarro.
Ante la insistencia del gobierno federal por desestimar sus exigencias, al igual que negar el “descontento social”, de las madres buscadoras y de otros sectores, e incluso la convocatoria de la caminata nocturna —la presidenta Claudia Sheinbaum dijo que “hubo un momento” en que había más personal de las comisiones de Búsqueda y de Víctimas que manifestantes—, Teresa lanzó una invitación: “Yo le diría que se venga a poner en mis botas, mis guantes, por cinco minutos; que cargue mi pico, mi pala, cinco minutos nada más. Yo pensé que, como mujer y como madre, iba a ser diferente, pero no nos da ni siquiera un minuto de atención. Por eso vinimos desde Jalisco, con nuestros propios medios, para buscar a mi hijo y para que los otros países [que están viendo el Mundial] se den cuenta de lo que está viviendo México”.
María de Jesús Solís es otra de las madres de Jalisco que llegó a la capital. Su hijo, Jaime Adrián Ramírez Solís, fue desaparecido junto con sus amigas Karla García Duarte y Kenia Pérez, mujeres trans, el 18 de septiembre de 2020, en el municipio de Zapopan. Las dos jóvenes cuentan con una acción urgente por parte del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU, la primera emitida por el grupo de expertos en un caso de desaparición de personas de la comunidad LGBTTIQ+; hay también una mujer sentenciada por este delito.
En el interior del FanFest del Zócalo, al que pudo entrar el colectivo Luz de Esperanza por escasos minutos, debido a la aglomeración de aficionados, María de Jesús también envió un mensaje a las autoridades: “No quieren reconocer que hay esa problemática social [las desapariciones], culpan a las madres por no cuidarlos bien, nos criminalizan, cuando sabemos que esto ya se salió de control. En Jalisco desaparecen alrededor de 20 personas al día; ¿cuándo van a encontrar al mío si siguen desapareciendo personas?”, cuestionó.
Un país, dos realidades
Detrás del escenario ubicado frente al Ángel de la Independencia, donde un mariachi tocaba “El son de la negra” para festejar el triunfo de la selección nacional, decenas de carteles y lonas con los rostros de personas desaparecidas fueron colocados en la escalinata.
“¿Y nosotros qué festejamos?”, preguntó una madre buscadora que portaba un megáfono, mientras la gente empezaba a congregarse frente al icónico monumento, al término del partido en el que México se impuso a Sudáfrica. Desde antes de que arrancara el juego, a la una de la tarde, varias familias comenzaron a llegar al Ángel para colocar lonas con fotografías en la escalinata y colgar otras. Justo enfrente, a unos metros, estaba listo el escenario con luces que recibiría a los aficionados. La parte trasera de la estructura fue tapizada con fichas de búsqueda.
Una a una, las buscadoras compartían su testimonio, mientras a pocos metros los aficionados esperaban el milagro de que México ganara por primera vez un partido inaugural del Mundial. Dos realidades enfrentadas: la de más de 134,000 personas desaparecidas en el país con la de los fanáticos del fútbol. Cuando terminó el juego, la gente corrió hacia el monumento, rodeándolo y apropiándoselo, sin darse cuenta de que, mientras celebraban, detrás había madres que sostenían las fotografías de sus hijos ausentes, algunas conteniendo las lágrimas.
Una mujer que portaba un sombrero con Zayu, el jaguar que es la mascota oficial del Mundial en México, subió con sus dos hijos para tomarse una foto, y levantó el brazo derecho señalando a la estatua que representa a Niké, la diosa griega de la victoria. A un lado, una señora hacía el símbolo de amor y paz con los brazos extendidos, mientras su esposo, acompañado de su hijo, le tomaba una foto. Apenas ocho escalones arriba, sobresalía entre las decenas de buscadoras un lazo con varias fichas de búsqueda colgadas, la primera con el rostro de un joven sonriente; ninguna de las dos mujeres que se tomaban la fotografía la notó. O quiso notarla.
Una de las buscadoras que estaba en el Ángel compartiendo su historia era María Herrera, quien busca a sus cuatro hijos desaparecidos: Raúl y Jesús Trujillo en 2008 en Guerrero, y Luis Armando y Gustavo en 2010 en Veracruz. Doña Mary, o mamá Mary, como le dicen cariñosamente muchas familias, es una de las pioneras en las acciones de búsqueda a nivel nacional, y ha participado en diálogos públicos con tres presidentes: Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto, y Andrés Manuel López Obrador. Estuvieron presentes también muchas familias que, como ella, llevan más de una década buscando a sus seres queridos, como Yoltzi Martínez Corrales, que busca a su hermana Yatzil, desaparecida el 27 de abril de 2010 en Acapulco, y la hondureña Ana Enamorado, que busca a su hijo Oscar López , desaparecido el 19 de enero de 2010 en Jalisco, junto a otras a quienes esta tragedia les llegó en años más recientes, como la familia de Pamela Gallardo Volante, desaparecida el 5 de noviembre de 2017 en el Ajusco.
La movilización del jueves dividió a las familias; hubo quienes se dirigieron al sur de la ciudad, cerca del antiguo Estadio Azteca, hoy Banorte o Ciudad de México, mientras que otras se desplazaron al centro histórico para acudir al Fan Fest del Zócalo, y posteriormente al Ángel y a la Glorieta de las y los Desaparecidos.
Aunque la intención inicial era manifestarse en el Fan Fest —donde se pensaba que estaría la presidenta Claudia Sheinbaum—, los accesos al Zócalo estaban muy controlados. Era tanta la cantidad de gente, que apenas se podía caminar dentro del área, y el ruido apagaba las consignas. Además, varias personas, molestas, les pidieron que bajaran las pancartas y las lonas porque no les dejaban ver qué pasaba, debido a lo reducido del espacio. Todas las calles que conducían al primer cuadro estaban resguardadas con vallas y miles de policías: 2,275 elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana y 939 de la Fuerza de Tarea Conjunta, según cifras oficiales. Solo los colectivos de Jalisco lograron entrar cerca de treinta minutos a la explanada, en la que esperaban recibir a 60,000 personas, con acceso controlado.
Cuando veían a las familias, hubo quienes les daban ánimos, tomaban fotos de sus lonas y fichas de búsqueda, coreaban las consignas. “El pueblo unido jamás será vencido”, decían algunas para solidarizarse. Otras pasaban impasibles frente a los rostros de las personas desaparecidas, ignorándolas. Varias, al observar las pancartas y playeras, cuestionaron: “¿Por qué hasta ahorita se manifiestan?”, sin saber que la lucha lleva dos décadas, desde que el expresidente Calderón declaró la guerra al narcotráfico y se desató la violencia en el país. Una señora pasó por la calle y les dijo que estaba bien, pero que ahora no, que era el Mundial.
Mientras quienes estaban en el Ángel se dividían entre los festejos y las consignas, una tormenta se desató en segundos. Como pudieron, buscadores y aficionados se resguardaron del viento y el granizo que cayó con fuerza; algunos seguidores de la selección mexicana tomaron las lonas de las familias para cubrirse del agua, sin reparar en los rostros de los desaparecidos y en las fechas de la última vez que los vieron.