El acuerdo entre Estados Unidos e Irán, presentado como el mayor intento de desescalada en Oriente Próximo en los últimos meses, no ha traído consigo una distensión generalizada en la región. Al contrario, ha abierto una nueva grieta diplomática con Israel, cuyo Gobierno rechaza quedar encorsetado por el alto el fuego y mantiene una postura de firme continuidad militar.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha defendido públicamente la reciente campaña militar contra Irán y ha asegurado que, pese al acuerdo impulsado por Washington, Israel no dará por terminada su estrategia de seguridad. Según ha reiterado, el objetivo de su Gobierno sigue siendo impedir que Teherán acceda al arma nuclear, una amenaza que considera existencial, aunque esa percepción no coincide con la evaluación de diversos servicios de inteligencia internacionales.
Netanyahu ha ido más allá al asegurar que Israel seguirá operando en distintos frentes regionales “el tiempo que sea necesario”, incluyendo zonas de amortiguación en Gaza, Siria y especialmente Líbano. En este último caso, ha insistido en que el Ejército israelí mantendrá plena “libertad de acción”, una fórmula con la que Tel Aviv justifica la continuidad de operaciones militares pese al alto el fuego pactado entre Washington y Teherán.
Estas declaraciones llegan en un momento delicado, cuando la Administración estadounidense intenta consolidar el acuerdo alcanzado con Irán, que incluye el compromiso de desescalada militar y la reapertura progresiva del estrecho de Ormuz, uno de los puntos estratégicos del comercio energético mundial. Según el propio presidente de Estados Unidos, el corredor marítimo ya ha comenzado a reactivarse parcialmente y podría estar plenamente operativo en cuestión de días, una vez completadas las labores de desminado.
Donald Trump ha defendido el pacto como un éxito diplomático y económico, destacando su impacto inmediato en los mercados y en la estabilización del suministro energético global. El mandatario estadounidense ha afirmado además que el documento firmado —con participación de altos cargos de ambas partes— será difundido en las próximas 48 horas y sentará las bases de una negociación más amplia sobre el programa nuclear iraní.
Sin embargo, la arquitectura del acuerdo no ha eliminado las tensiones sobre el terreno. Desde el propio entorno israelí se insiste en que el pacto no limita la capacidad de respuesta militar de Israel frente a amenazas de Hezbolá en el sur del Líbano, ni condiciona sus operaciones en la zona. En esa línea, el ministro de Defensa israelí ha reiterado que las tropas permanecerán desplegadas en posiciones clave y que las acciones de demolición y control territorial continuarán.
La posición israelí contrasta con el enfoque de Washington, que defiende que el acuerdo no implica una retirada automática de fuerzas, sino un alto el fuego condicionado al comportamiento de las partes implicadas. En otras palabras, la Casa Blanca sostiene que Israel conservaría margen de actuación si considera que existen riesgos directos derivados de grupos armados en la región.
Mientras tanto, el clima político en la región sigue marcado por la incertidumbre. El acuerdo entre Irán y Estados Unidos ha sido recibido como un avance histórico por parte de mediadores internacionales, pero la falta de consenso sobre su aplicación práctica y las declaraciones de Netanyahu apuntan a que el escenario en Oriente Próximo sigue lejos de una estabilización real.
El resultado es un equilibrio frágil: un pacto internacional en fase inicial, mercados reaccionando con optimismo y, al mismo tiempo, un frente militar abierto donde Israel insiste en que no cederá capacidad de intervención. Una coexistencia de diplomacia y tensión que deja en el aire la verdadera estabilidad del acuerdo recién firmado. @mundiario