"Aparecen los principios inamovibles… pero mejor que no te pongan a prueba porque todos tenemos un precio". (Boyero). La frase de Boyero destila ese escepticismo tan suyo, casi una filosofía de barra y cicatriz, donde los principios aparecen como estatuas solemnes que todos exhibimos cuando no hay riesgo, cuando la vida no aprieta, cuando nadie nos tienta, pero que empiezan a tambalearse en cuanto la realidad mete la mano en el bolsillo, en el miedo o en el deseo, porque al final —viene a decir— todos tenemos un precio.
Precio no necesariamente económico, a veces emocional, moral, afectivo, incluso de simple comodidad, y ahí es donde la frase se vuelve incómoda, porque nos obliga a mirarnos sin maquillaje, a reconocer que la integridad absoluta es un mito reconfortante, que la coherencia total es una aspiración más que un estado, que la vida está llena de pequeñas negociaciones con uno mismo, de renuncias disfrazadas de pragmatismo, de concesiones que justificamos con discursos muy razonables.
Quizá lo que Boyero señala no es tanto la corrupción como la fragilidad humana, esa tendencia a doblarse un poco cuando sopla el viento adecuado, esa mezcla de vulnerabilidad y supervivencia que nos hace menos héroes de lo que nos gustaría y más reales de lo que admitimos, porque en el fondo lo que nos inquieta de la frase no es que hable de otros, sino que habla de nosotros.
La frase de Boyero funciona como un bofetón envuelto en papel de verdad incómoda, porque señala ese teatro moral que todos montamos cuando nada nos aprieta, cuando los principios se exhiben como medallas que no han tenido que pasar por ninguna guerra, pero basta que la vida nos coloque frente a una tentación, una necesidad, un miedo o una oportunidad demasiado jugosa para que esa supuesta firmeza empiece a resquebrajarse, y ahí es donde aparece la parte más humana y menos heroica de cada uno, esa zona gris donde justificamos lo que antes condenábamos, donde negociamos con nosotros mismos, donde el pragmatismo se disfraza de sensatez y la renuncia se maquilla de madurez.
Al final lo que Boyero suelta con su cinismo habitual no es tanto una acusación como un diagnóstico: que los principios son sólidos mientras no cueste sostenerlos, que la integridad absoluta es más un deseo que una realidad, que todos tenemos un punto débil, un resorte que si se toca nos hace dudar, ceder, transigir, y que quizá lo verdaderamente honesto no es presumir de incorruptibilidad sino reconocer que somos vulnerables, que somos contradictorios, que somos humanos, y que precisamente por eso la frase nos pica, porque no habla de otros, habla de nosotros mismos.
La idea de que la integridad absoluta no existe funciona casi como una radiografía de lo humano, porque desmonta esa imagen pulida que nos gusta proyectar y nos recuerda que, por más que intentemos vestirnos de coherencia, siempre hay fisuras, zonas grises, contradicciones que se cuelan cuando la vida nos exige elegir entre lo que creemos y lo que necesitamos, entre lo que decimos y lo que hacemos.
Ahí es donde se revela que la integridad no es una roca sino un equilibrio inestable, un intento permanente de ser fieles a algo que también cambia con nosotros, porque no somos estáticos, no pensamos igual a los veinte que a los cuarenta, no reaccionamos igual cuando estamos seguros que cuando estamos asustados, y esa variabilidad hace que la integridad total sea más un ideal que una condición real, una brújula que orienta pero que no siempre seguimos.
A veces cedemos por cansancio, por amor, por miedo, por supervivencia, por simple humanidad, y reconocerlo no es cinismo sino lucidez, aceptar que no somos máquinas de principios sino criaturas que navegan como pueden entre deseos, límites, contradicciones y circunstancias, y que quizá la verdadera integridad no está en no fallar nunca, sino en saber cuándo fallamos, por qué lo hicimos y qué hacemos después con esa grieta que nos recuerda que somos imperfectos pero conscientes.
Boyero camina hacia la ancianidad con la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada, y quizá por eso suelta sus opiniones con una franqueza que a veces descoloca y otras reconcilia con la idea de que la experiencia, cuando se vive sin miedo, se convierte en una forma de libertad.
Habla desde un lugar donde ya no pesan las expectativas ajenas, donde el pudor se evapora porque la vida ha enseñado que callarse no sirve de mucho y que decir lo que uno piensa, aunque incomode, es una manera de seguir estando vivo. Su mirada, curtida por décadas de cine, de escritura y de observar el mundo con ironía y afecto, se ha vuelto más afilada y más tierna a la vez, como si la edad le hubiera permitido ver con más claridad lo esencial y reírse de lo accesorio.
Y así avanza, sin prisa, sin filtros, dejando que su voz suene tal cual, con esa mezcla de lucidez y desparpajo que solo concede el tiempo bien vivido. @mundiario