
Mi padre solía contarme historias del Saltillo que le tocó vivir. Una se me quedó grabada: la de un diputado federal que encendía sus puros con billetes de cien pesos. Cien pesos de hace setenta años, no eran cualquier cosa. La gente lo sabía, lo comentaba en voz baja, y ahí se quedaba. Enfrentarse al poder no era sencillo. Con los años he pensado que esa historia dice más de nosotros que del diputado: aprendimos a inconformarnos en privado y a callarnos en público. Y creo que eso lo hemos ido heredando.