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El Economista 18 Jun, 2026 01:25

El Mundial, el turismo y los elefantes blancos

El Mundial ya rueda en el Azteca y las cámaras de medio planeta apuntan a México. Como cada cuatro años, también llegó el coro de los aguafiestas: doce de los últimos catorce Mundiales, desde 1966, dejaron pérdidas a sus países sede, con un retorno promedio de ?31% en las tres ediciones más recientes. La conclusión parece obvia: organizar la Copa es un mal negocio y muchos ya la firmaron. Yo creo que, para México, están midiendo la variable equivocada.

México no es un país cualquiera recibiendo al mundo: es una potencia turística que vive, en buena medida, de ser vista. En 2025 fue el sexto país más visitado del planeta —segundo de América, solo detrás de Estados Unidos—, con 47.8 millones de turistas internacionales y más de 31,700 millones de dólares en divisas. El turismo emplea a casi cinco millones de personas —uno de cada diez trabajos— y coloca al país en el octavo lugar mundial por PIB turístico, según el WTTC. Para una economía así, cinco semanas de exhibición ante miles de millones de personas no son un gasto: son la campaña de marketing que ningún presupuesto público podría pagar.

Los datos acompañan. Sectur proyecta más de diez millones de turistas durante el torneo, y la experiencia de sedes anteriores muestra que el turismo internacional puede crecer más de 26% en el año mundialista. España, que organizará la Copa de 2030, ya fijó su meta de atraer 15% más viajeros. Bien aprovechado, el Mundial no compite con el turismo: lo apalanca.

El riesgo está en otra parte, y conviene nombrarlo: el elefante blanco. Lo que alimenta el escepticismo no es la fiesta, sino el concreto. El estadio Mané Garrincha, en Brasilia, costó 900 millones de dólares —tres veces su presupuesto original— para una ciudad sin equipo profesional; hoy opera al 20% de su capacidad y depende de subsidios públicos. El de Cuiabá terminó clausurado por fallas y con indigentes durmiendo en los vestidores. Eso es lo que realmente sale caro: no el mes de partidos, sino la obra ociosa que queda durante décadas pesando en las finanzas públicas.

Aquí está la buena noticia que pocos celebran: México no construirá elefantes blancos. El Azteca, el Akron y el BBVA ya existían; se remodelaron, no se levantaron desde cero. Esa decisión evita, desde el inicio, el error más costoso que cometieron Brasil y Sudáfrica.

La verdadera apuesta no está en los estadios, sino en los 225 mil millones de pesos en obras anunciadas alrededor del torneo: movilidad, aeropuertos y transporte. Monterrey presume un plan de 105 mil millones con nuevas líneas de metro y carreteras; Guadalajara estrena terminal aeroportuaria; la Ciudad de México renueva la Línea 1 del Metro y suma un tren ligero. Bien planeada, esa infraestructura sirve al turismo —y a las ciudades— mucho después del último partido. Mal planeada, se vuelve su propia versión del elefante blanco: vialidades y recintos de exhibición, con sobrecostos y mantenimiento perpetuo, que lucen para la foto de julio y amanecen como carga muerta en agosto.

El Mundial puede salirle muy bien a México. No por la derrama de la taquilla —que es marginal—, sino porque un país que ya vive del turismo tendrá, por unas semanas, al mundo entero de visita y el incentivo para construir lo que, de todos modos, necesitaba. También puede salir muy mal si confundimos la fiesta con la inversión y dejamos concreto ocioso. La diferencia, como siempre, no está en el evento, sino en el plan. Cuando se apaguen las cámaras y el mundo mire hacia otro lado, solo contará lo que quede en pie.

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