Colombia ha estado marcada durante más de dos décadas por la figura de Álvaro Uribe. Incluso en un escenario de transformaciones profundas, nuevas generaciones políticas y cambios en las prioridades ciudadanas, el expresidente continúa siendo un actor determinante en la configuración de la derecha nacional. En ese contexto, la senadora Paloma Valencia emerge como la heredera más visible del proyecto uribista y, al mismo tiempo, como el intento más ambicioso de adaptarlo a una nueva realidad electoral.
Por ello, esta candidatura presidencial podría decantar el futuro del espectro conservador colombiano. Para amplios sectores del Centro Democrático, Valencia encarna la posibilidad de demostrar que el uribismo sigue teniendo capacidad para competir por el poder sin depender exclusivamente del liderazgo directo de su fundador. La apuesta es de gran magnitud porque, si triunfa al pasar a segunda vuelta tendría posibilidades de sentarse en la Casa de Nariño, pero un fracaso en tercer lugar podría augurar el ocaso del movimiento que dominó buena parte de la política nacional durante años, en favor de una derecha aún más radical y populista encarnada en el abogado penalista Abelardo de la Espriella.
Desde el inicio de la campaña, Valencia ha optado por una estrategia de funambulismo. Lejos de tomar distancia de Uribe, ha reivindicado abiertamente su vínculo político con él. Mientras otros dirigentes de centroderecha han tratado de moderar o incluso ocultar sus conexiones con el expresidente ante el desgaste de su imagen en determinados sectores, la senadora ha elegido el camino contrario. Ha defendido sin ambages el legado de los gobiernos uribistas y ha presentado esa continuidad como una fortaleza más que como una carga.
Esa decisión responde tanto a convicciones ideológicas como a la necesidad de pregonar en su parroquia. Valencia considera que una parte significativa del electorado sigue identificando al uribismo con valores como la seguridad, la autoridad institucional y el crecimiento económico. Al mismo tiempo, entiende que romper con ese legado podría diluir su perfil y convertirla en una candidata indistinguible dentro del amplio espectro de la centroderecha colombiana, vista como aún más moderada tras la irrupción del nuevo fenómeno electoral de El Tigre y su movimiento Defensores de la Patria.
Sin embargo, la lógica aritmética llevaron a Valencia a optar por tender puentes con el centro para, en una hipotética segunda vuelta, captar los votos socioliberales y centroizquierdistas de Sergio Fajardo y Claudia López, para evitar que vayan al heredero político del presidente Gustavo Petro, el senador izquierdista Iván Cepeda, que parte como puntero en las encuestas y podría beneficiarse del rechazo que suscita De la Espriella en estos sectores.
La moderación de Oviedo como compañero
Consciente de ello, la candidata ha intentado construir una imagen propia basada en la independencia de criterio, la capacidad de debate y la apertura hacia sectores distintos de su núcleo político tradicional. La elección de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial, después de quedar en segundo lugar en las primarias del centroderecha, fue un cambio de rumbo de una campaña que tenía los visos de quedar eclipsada por la pirotecnia del abogado. El exdirector general del Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (DANE), identificado con posiciones moderadas y con un perfil técnico antes que ideológico, representaba una señal de apertura hacia votantes urbanos, independientes y de centro. Valencia pretendía liderar una coalición más amplia que la estrictamente uribista.
Esa búsqueda de equilibrio constituye uno de los rasgos más interesantes de su candidatura. Por un lado, necesita conservar el respaldo de las bases tradicionales del Centro Democrático, peo también necesita atraer a sectores moderados que desconfían tanto del petrismo como de las expresiones más radicales de la derecha. La candidata ha intentado ocupar precisamente ese espacio intermedio, presentándose como una alternativa frente a los extremos ideológicos que dominan el debate público.
No obstante, cada movimiento hacia el centro ha generado rechazo entre los votantes más conservadores, mientras que cada reafirmación de su identidad uribista dificulta la conquista de electores moderados. Valencia se encuentra, en cierto modo, atrapada entre dos necesidades contradictorias: renovar el uribismo sin dejar de ser uribista.
Enfrentamiento con De la Espriella
Su trayectoria personal ayuda a explicar esa complejidad. Procedente de una familia con larga tradición política e intelectual, nieta del expresidente conservador Guillermo León Valencia y formada en Derecho y Filosofía, Valencia combina corrientes de distintas tradiciones ideológicas colombianas. Aunque se ha convertido en una de las voces más representativas de la derecha, su entorno familiar y académico estuvo lejos de ser homogéneamente conservador.
Esa formación se refleja en una característica que incluso sus críticos suelen reconocer, su disposición al debate. Durante años, la senadora ha cultivado una imagen de dirigente que argumenta, confronta ideas y participa activamente en discusiones públicas. Esa capacidad le ha permitido construir un liderazgo propio dentro de un partido donde históricamente el protagonismo ha estado concentrado en la figura de Uribe.
Sin embargo, la misma espontaneidad que muchos consideran una de sus fortalezas también ha propiciado algún que otro traspiés. Declaraciones sobre comunidades indígenas, el conflicto territorial en el Cauca o las protestas sociales han sido utilizadas por sus adversarios de izquierdas para cuestionar su capacidad de representar a sectores diversos del país. También volvieron a aflorar en la recta final de la campaña, cuando sectores del equipo de De la Espriella redoblaron esfuerzos para desinflar su candidatura y ella respondió, tras concurrir siempre en carriles separados pero paralelos, que el abogado ultra suponía en esencia “lo mismo” que Petro y que desdeñaba sus formas de hacer política de “circo”.
Puño de hierro contra el crimen
En materia programática, la seguridad constituye el eje central de su propuesta. Valencia ha sido una de las críticas más contundentes de la política de paz total impulsada durante el Gobierno de Petro con la guerrilla. Su planteamiento parte de una premisa histórica del uribismo, la negociación con los grupos armados solo puede producir resultados sostenibles si el Estado mantiene una posición de fortaleza militar.
La candidata propone reforzar las capacidades de defensa al llevar el gasto al 4 % del PIB, aumentar el pie de fuerza con 30.000 militares más y endurecer la respuesta institucional frente a las organizaciones criminales. Este vértice es compartido por De la Espriella, que ha ensalzado la figura del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, como referente de lucha contra el crimen organizado y la corrupción.
El resultado electoral determinará si esa estrategia logra consolidarse o si, por el contrario, confirma las dificultades de un movimiento político que sigue buscando la fórmula para sobrevivir a la sombra de su fundador. En cualquier caso, la campaña de Valencia ya ha puesto sobre la mesa una cuestión fundamental para el futuro político de Colombia: si existe espacio para una alternativa que aspire a situarse entre la polarización y los extremos sin perder una identidad ideológica definida. @mundiario