La vida sexual en España está cambiando, pero no en una única dirección ni de forma homogénea. La segunda Encuesta Nacional de Salud Sexual, elaborada por el Ministerio de Sanidad y el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) a partir de 9.009 entrevistas, dibuja un mapa complejo en el que conviven avances en igualdad y diversidad con dinámicas preocupantes en torno al consentimiento, la protección y el consumo de pornografía. Entre los datos que más impacto generan destaca uno: el 27,5% de los hombres españoles admite haber pagado alguna vez por mantener relaciones sexuales.
El estudio no solo retrata comportamientos, sino también actitudes profundamente arraigadas. En un contexto donde la conversación pública sobre sexualidad ha ganado presencia en los últimos años, los resultados muestran una sociedad en transición, en la que conviven discursos más igualitarios con prácticas que aún arrastran viejas inercias. La encuesta, realizada por el Ministerio de Sanidad, apunta a que el cambio cultural no siempre avanza al mismo ritmo que el comportamiento individual.
Uno de los elementos más llamativos es la brecha entre percepción y experiencia en torno al consentimiento. Aunque más del 86% de la población reconoce que forzar a la pareja a mantener relaciones sexuales constituye una agresión, el 54,3% de los hombres sigue de acuerdo con la idea de que, una vez iniciado un encuentro sexual, este debería “llegar hasta el final” si la otra persona lo desea. Entre las mujeres, ese porcentaje cae al 36,6%. Esta diferencia no es solo estadística: refleja una tensión de fondo sobre cómo se entiende el deseo, el límite y la autonomía corporal en la intimidad.
En paralelo, el informe revela que el 28% de las mujeres afirma haberse visto obligada en alguna ocasión a realizar prácticas sexuales no deseadas dentro de una relación. Aunque la mayoría describe estos episodios como puntuales, el dato introduce una dimensión especialmente sensible: la normalización parcial de situaciones de presión o incomodidad en contextos afectivos o de pareja, donde el consentimiento puede volverse difuso.
Un país más diverso, pero con tensiones no resueltas
Uno de los cambios más claros respecto a 2009 es la mayor aceptación social de la diversidad sexual. El 88,1% de la población considera que las relaciones entre personas del mismo sexo son igual de respetables que las heterosexuales, más del doble que hace quince años. La evolución es significativa y apunta a una transformación cultural profunda, especialmente entre generaciones jóvenes.
Sin embargo, esta apertura convive con realidades menos visibles. El 13,4% de la población reconoce haber mantenido relaciones con personas del mismo sexo en algún momento de su vida, y los datos de atracción muestran un espectro mucho más amplio de lo que tradicionalmente se ha expresado en términos binarios. Aun así, la ausencia de atracción sexual es especialmente elevada entre las mujeres, un 12%, frente al 2,3% de los hombres, lo que sugiere diferencias de socialización y expresión del deseo.
Educación sexual: un consenso amplio con carencias estructurales
Existe un acuerdo casi unánime: el 91,1% de la población cree que la educación sexual debería impartirse en todas las etapas educativas. Sin embargo, la realidad es que las fuentes de información siguen siendo desiguales. Entre los hombres, el principal referente es el ámbito educativo; entre las mujeres, continúa siendo la madre. Esta diferencia apunta a una transmisión todavía muy marcada por el entorno familiar y no tanto por un sistema educativo estructurado.
La falta de formación homogénea puede tener consecuencias directas en la gestión del consentimiento, el uso de anticonceptivos y la prevención de infecciones de transmisión sexual. El estudio muestra que el 75,2% no utilizó preservativo en su última relación con penetración vaginal, una cifra que evidencia una relajación en la percepción del riesgo, especialmente entre parejas estables.
Consumo de pornografía y normalización de conductas
Otro de los elementos más relevantes del informe es el consumo de pornografía, profundamente desigual entre hombres y mujeres. El 71,9% de los varones reconoce haber consumido este tipo de contenidos en el último año, frente al 24,9% de las mujeres. La exposición es especialmente elevada entre los 25 y 34 años, donde supera el 60%.
Este dato no solo refleja hábitos de consumo, sino también posibles influencias en la construcción del imaginario sexual. En un contexto donde el acceso a estos contenidos es prácticamente inmediato y sin filtros de edad efectivos, los expertos alertan de su impacto en la percepción del deseo, los roles de género y las expectativas sobre las relaciones.
Menos satisfacción, más complejidad emocional
La encuesta también apunta a un descenso de la satisfacción sexual en comparación con 2009. Aunque el 77,2% sigue declarándose satisfecho, la caída es notable y se acentúa con la edad. Solo el 51,3% de los mayores de 75 años mantiene esta percepción.
Al mismo tiempo, disminuye la idea de que una vida sexual activa sea imprescindible para la felicidad. Este cambio puede interpretarse como una mayor pluralidad de modelos de bienestar, pero también como una señal de desconexión o transformación de los vínculos afectivos.
La ministra Mónica García ha subrayado que el objetivo del estudio no es moralizar, sino comprender una realidad compleja para diseñar políticas públicas más eficaces. Y, efectivamente, los datos no ofrecen conclusiones simples: muestran avances en igualdad y diversidad, pero también persistencias incómodas en torno al consentimiento, la presión sexual y la desigualdad de experiencias entre hombres y mujeres.
Más que un retrato cerrado, la encuesta funciona como una radiografía en movimiento. Una sociedad que ha cambiado mucho en poco tiempo, pero que aún arrastra zonas grises donde la educación, la cultura y la práctica no terminan de encajar. @mundiario