Enfrentar los riesgos de la calle sin la valiosa información que proporcionan los ojos es un acto cotidiano de valentía que muchos pasan por alto. Cada cruce, cada escalón y cada obstáculo sorteado representan una lección de fortaleza, confianza y determinación digna de toda nuestra admiración.
Mientras muchos damos por sentado lo que vemos a cada paso, ellos enfrentan el mundo apoyándose en otros sentidos, en su memoria, en su preparación y, muchas veces, en la buena voluntad de quienes los rodean.
Quizás algunos recordamos, desde hace muchos años, en la calle Insurgentes de la colonia Partido Romero, una señalización que advierte a los automovilistas sobre la presencia de una escuela para personas con discapacidad visual. Es un letrero que quizá para muchos pasó y sigue pasando inadvertido entre el ir y venir cotidiano. Es una advertencia para reducir la velocidad y un elemento de protección colocado pensando en quienes no pueden ver el mundo de la misma manera que la mayoría. Representa un recordatorio permanente de que la ciudad también debe pensarse para quienes recorren sus calles de una manera distinta. Durante años ha sido un llamado a la prudencia y al respeto. Son detalles que significan seguridad, autonomía y tranquilidad.
Esa calle no solo conduce a una escuela. Conduce también a una lección de humanidad. Vivimos en una ciudad acelerada. Corremos al trabajo, a la escuela, a las compras, a las citas médicas. Caminamos viendo el teléfono, cruzamos avenidas con prisa y rara vez pensamos en quienes recorren esas mismas calles guiándose por un bastón, por los sonidos del entorno o por la mano de un familiar.
Hasta que la vista comienza a fallar. Entonces descubrimos que leer una receta médica, identificar el número de un camión, reconocer un rostro al otro lado de la calle o simplemente caminar sin temor puede convertirse en un desafío enorme.
Nuestra comunidad conoce bien esa realidad.
De nacimiento, por un accidente o por enfermedades crónicas como la diabetes, presente en tantas familias, muchas personas enfrentan problemas visuales severos: glaucoma, degeneración macular, retinopatía diabética, cataratas o desprendimientos de retina. Detrás de cada diagnóstico hay historias de incertidumbre, noches de preocupación y un profundo temor a perder la independencia.
Resulta imposible no reconocer la labor de tantos médicos oftalmólogos, retinólogos y especialistas que diariamente trabajan para conservar algo tan valioso como la visión.
En los consultorios, clínicas y hospitales de nuestra ciudad se realizan procedimientos que hace apenas unas décadas parecían impensables. Cirugías cada vez más precisas, tratamientos con láser, medicamentos especializados, lentes inteligentes y dispositivos tecnológicos están permitiendo que miles de personas continúen leyendo, trabajando, conduciendo o contemplando los rostros de quienes aman.
La tecnología avanza a pasos sorprendentes. Hoy existen aplicaciones capaces de leer textos en voz alta, identificar objetos, describir escenas y ayudar a una persona con debilidad visual a orientarse en espacios desconocidos. Lo que antes parecía ciencia ficción hoy cabe en la palma de una mano.
Sin embargo, el avance más importante sigue siendo la sensibilidad. Porque de poco sirve la tecnología más sofisticada si una banqueta está invadida por vehículos. De poco sirven los adelantos médicos si los semáforos no son accesibles o si los peatones no respetamos los espacios diseñados para quienes lo necesitan.
La inclusión no comienza en los hospitales. Comienza en la forma en que hablamos. En la paciencia con la que ofrecemos ayuda. En la disposición de leer un documento para quien no puede hacerlo. En la empatía para acompañar a un adulto mayor cuya visión se desvanece poco a poco.
También comienza en las escuelas, donde los estudiantes merecen materiales accesibles y docentes capacitados. En los centros comerciales, donde la señalización puede marcar la diferencia. En las oficinas públicas, donde un trámite sencillo no debería convertirse en una carrera de obstáculos. La inclusión también inicia con el respeto al tránsito vehicular en el exterior de las clínicas, donde muchos pacientes egresan vulnerables: a veces casi arrastrando los pasos, con las pupilas dilatadas, un vendaje reciente o un parche de protección tras un procedimiento doloroso.
El verdadero reto no es que las personas con discapacidad visual aprendan a adaptarse a la ciudad. El reto es que la ciudad aprenda a adaptarse a ellas.
Respetemos los señalamientos, las protecciones, las rampas, las guías podotáctiles y el entorno adaptado de las clínicas y otros lugares diseñados para brindar seguridad y autonomía a las personas que lo necesitan, porque, además de ser un simple acto de civismo, es una forma de extender la mano sin tocarla.
Tal vez esa sea la lección más importante: comprender que la inclusión no consiste en abrir espacios especiales para unos cuantos, sino en construir una comunidad donde nadie tenga que luchar el doble para estudiar, trabajar, caminar o soñar. Porque una ciudad verdaderamente grande no es la que más brilla de noche. Es la que es capaz de iluminar el camino de quienes avanzan entre dificultades y desafíos.
Detrás de cada franja en el suelo, de cada señal preventiva y de cada adecuación urbana existe un esfuerzo y una esperanza por construir un Juárez verdaderamente humano.