Durante años, el juego de ficción —ese en el que un niño se convierte en astronauta, médico o dragón— ha sido visto como una simple distracción, una pausa ingenua antes de la “vida real”. Sin embargo, la evidencia científica empieza a desmontar esta idea con una contundencia incómoda: jugar a imaginar no es evadir la realidad, es ensayar cómo habitarla.
En un contexto donde la salud emocional infantil preocupa cada vez más —con cifras crecientes de ansiedad y dificultades de regulación emocional—, el foco se ha desplazado hacia herramientas cotidianas que pueden marcar la diferencia. Entre ellas, el juego simbólico emerge como una de las más poderosas, aunque también de las más infravaloradas.
Diversos estudios en psicología del desarrollo han demostrado que los niños que participan regularmente en juegos de ficción desarrollan una mayor capacidad para identificar emociones, tanto propias como ajenas. No es casualidad: cuando un niño interpreta un personaje, está activando procesos complejos de empatía, perspectiva y regulación emocional. Es, en términos simples, un laboratorio interno donde se ensayan conflictos, miedos y deseos.
Pero hay algo más profundo. El juego de ficción no solo ayuda a entender emociones, sino a tolerarlas. Al recrear situaciones difíciles —una discusión, una pérdida, un miedo— en un entorno controlado, el niño aprende a gestionarlas sin sentirse desbordado. Es una forma de exposición emocional segura, una especie de terapia espontánea que ocurre sin intervención adulta directa.
El cerebro que imagina también se fortalece
La neurociencia respalda esta intuición. Durante el juego simbólico, se activan regiones cerebrales vinculadas con la planificación, la toma de decisiones y la autorregulación, como la corteza prefrontal. Este tipo de actividad no solo estimula la creatividad, sino que también refuerza circuitos neuronales esenciales para el bienestar emocional a largo plazo.
Además, el juego de ficción favorece lo que los expertos llaman “flexibilidad cognitiva”: la capacidad de adaptarse a nuevas situaciones y cambiar de perspectiva. En un mundo incierto, esta habilidad es oro puro. No se trata solo de imaginar, sino de aprender a no quedar atrapado en una única forma de ver la realidad.
Empatía en construcción: el otro como espejo
Cuando un niño juega a ser “otro”, está practicando una de las habilidades más complejas del ser humano: ponerse en la piel ajena. Este ejercicio constante de cambio de roles fortalece la empatía de manera orgánica, sin necesidad de discursos moralizantes.
De hecho, investigaciones recientes sugieren que los niños que participan en juegos de roles complejos muestran mayores niveles de conducta prosocial. Ayudan más, comparten más y comprenden mejor los estados emocionales de quienes les rodean. En otras palabras, el juego de ficción no solo construye individuos más equilibrados, sino también sociedades potencialmente más empáticas.
El riesgo de una infancia sin imaginación
La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué ocurre cuando este tipo de juego desaparece o se reduce drásticamente? El auge de las pantallas, con contenidos cada vez más dirigidos y menos abiertos a la interpretación, podría estar limitando estos espacios de imaginación libre.
A diferencia del juego de ficción, donde el niño es creador y protagonista, muchos entornos digitales lo convierten en espectador. Y en ese cambio de rol, se pierde algo esencial: la posibilidad de experimentar, equivocarse y reconstruir narrativas internas.
Quizá ha llegado el momento de dejar de ver el juego de ficción como un extra opcional en la infancia. No es un premio ni un relleno: es una herramienta de desarrollo emocional tan relevante como la educación formal.
Permitir que un niño imagine, invente y se pierda en mundos ficticios es, en realidad, una forma de cuidarlo. Porque mientras juega a ser otro, está aprendiendo a ser él mismo. Y en ese proceso silencioso, sin pantallas ni instrucciones, se está construyendo una mente más fuerte, más flexible y, sobre todo, más humana. @mundiario