Una de las principales reglas de la democracia es la del gobierno de la mayoría con respeto a la minoría. Esto se ha perdido. Actualmente, cuando un partido gana las elecciones hay un extraño consenso en que lo absorba todo como si hubiera obtenido el 99% de los votos. Ocurre en España, ocurre en la UE. Se olvida que sólo es una fracción del electorado y que además hay una proporción apreciable de abstención. Ya prácticamente no se habla de mayorías absolutas, cualificadas y relativas.
Reducir la democracia a una mera contaduría de votos es quedarse en la democracia formal frente a la sustancial; en lo legal frente a lo legítimo. Como decía Tocqueville, es aceptar “la tiranía de la mayoría”. Si se vacía de su finalidad principal —el bien común— se convierte en un contrasentido, por mucho que los números atestigüen a su favor. Y ese bien común general necesita una concreción material: el mundo del trabajo (que es mayoritario). Unos derechos fundamentales, abstractos, sin esa concreción material, es el escamoteo de una de los principales objetivos de la democracia. El trabajo representa un tercio o más de la existencia, a pesar de que la bolsa suba cuando hay despidos masivos.
A todo esto se le une el debilitamiento de la Constitución (¿está por encima, por debajo de las normas comunitarias, del TUE?). Dejarla en un segundo plano puede precarizar nuestros derechos, más erosionados de lo que se reconoce. Por eso, la importancia de no considerarla como una idealización de lo remoto, sino como un mandato que se ha de realizar o completar sin demora. Lo contenido en los artículos 39 al 52 de la Constitución se va debilitando progresivamente, junto al Estado que los sostiene (¿cómo se haría, sin él?).
Aunque se crea innecesario, hay que desempolvar los viejos textos sobre la democracia y analizar desde su raíz interpretaciones, errores (democracias con esclavos), evolución, estancamientos, derivas. Se recurre a Kelsen, pero él no resuelve la cuestión. El jurista justifica el sistema mediante una jerarquía de leyes legitimadas por la norma fundamental. Pero, ¿quién legitima a esta? La respuesta inevitable será que la propia democracia, es decir, dando un rodeo, volvemos al origen y a un análisis renovado de sus mecanismos y de sus servidores. Respecto a estos no pedimos políticos filósofos; simplemente que sepan de política y no olviden que hay algo llamado ética e interés general.
En definitiva, ¿poner la papeleta es poner la legitimidad? Leemos sesudos artículos que no nos aclaran nada importante sobre la democracia. Sus profundas clasificaciones no pasan de la distinción entre regímenes autoritarios y democráticos, sin salir del tópico en el segundo caso. Unámosle que a la par se afirma que el democrático es un sistema caro. Es decir, que en determinadas situaciones se podría prescindir de él. Es tanto como normalizar la dictadura. Sin embargo, en Samoa y otros lugares votaban hasta los niños, y no eran ricos. Mucho menos, tontos.
Sobre los hombros de esa frágil democracia han depositado otra carga. Una UE que neutraliza el poder de los Estados sin aportar las soluciones locales que estos necesitan. Es extraño que no se perciba que legislar para la UE no es forzosamente una solución para cada uno de sus estados. Una UE además reconfigurada en Maastricht. Un tratado que arrancó jirones del verdadero espíritu europeo; de su soberanía social y económica, y ahora militar; que optó por una austeridad contraproducente, que nos ha desindustrializado y convertido en una Europa mayoritariamente de servicios.
Cuando no hay industria los servicios que la sustituyen llevan a menor productividad y salarios, a depender de terceros. ¿La ampliación de la UE hacia el Este significó un reparto de las cargas y de las renuncias? No. Parte de su industria se trasladó hacia los nuevos integrantes. España fue de las más perjudicadas: deslocalizó sectores clave como automoción, industria electrónica, electrodomésticos, textil, calzado, juguetes…, que cerraron sus factorías para trasladarse principalmente al Grupo de Visegrado (Polonia, República Checa, Hungría y Eslovaquia; más Rumania, Bulgaria y Países Bálticos. Por su parte, Alemania no sufrió el esfuerzo de la ampliación, sino todo lo contrario, fortalecida se convirtió en el motor general que sólo la benefició a ella. Perdió la guerra y gano en la paz. Debería anotar este detalle geopolítico
Nuestra pertenencia a la UE ¿ha mejorado la calidad de nuestra democracia, tal como se esperaba en aquella ilusión remota que provocó la primera ola desindustrializadora? No: la ha complicado más. Por arriba Europa, por debajo los territorios compitiendo por romper el principio de igualdad entre ellos, y en casos, queriendo ser un país bis (lo cual no incomoda a la Comisión, al contrario); en el medio un Estado que ha de defender su soberanía contra ambas presiones. Deslealtades internas (en un juego inconcebible de inepcias; a la vez un talón de Aquiles, puestos en juego los Fondos de Cohesión y el FEDER). Por su parte, los escollos que ha de superar la democracia en la UE y los países que la integran son dobles. Hemos recordado a Tocqueville y su tiranía de la mayoría. Pero hay otra figura: la tiranía de la minoría.
Hemos hablado de legitimidades. Todo lo que hace la UE lo realiza mediante dos organismos fundamentales: la Comisión Europea y el Consejo Europeo. 27 miembros designados y 27 jefes de Estado o de Gobierno. ¿Qué hay más democrático? La voz de las naciones en las dos mesas principales. Pero, si la Comisión Europea tiene el monopolio de las leyes, el control financiero y las demandas ante los tribunales, ¿qué poder les queda a unas naciones cuya democracia está debilitada, junto a sus dirigentes. Más un misterio casi sagrado: ¿de dónde obtiene la presidencia de la Comisión su legitimidad y poder?¿Por sus éxitos? En 1980 la UE representaba casi el 25% del PIB mundial. En la actualidad apenas llega al 14% (casi la mitad), sin que su caída tenga visos de detenerse
Si el nexo entre representantes y representados es débil nacionalmente, su poder en las alturas de la UE es mínimo. Se responderá que la culpa es de los representantes, lo que es innegable. Tan innegable como que: 1) la UE no desarrolla o crea mecanismos que fortalezcan su democracia. 2) los dos sujetos principales, ciudadanos y Parlamento Europeo son, por causas distintas, invitados de piedra. Por otra parte, faltan transparencia, canales de presión, mecanismos que articulen una rendición de cuentas cotidiana y que faciliten la petición de responsabilidad.
¿No a Europa? Para nada. Pero no una Europa que se construye sin planos, que partiendo de una habitación va agregando dependencias sin saber bien sus necesidades, porque de entrada no tiene en cuenta a sus moradores. Que se construye aislándose hostilmente del mundo. Que se cree la única con razón: tanta que puede aplicar decisiones a capricho. Que ha dejado de ser mediadora porque ha perdido la capacidad de diálogo. No una Europa que se construye de espaldas a la finalidad anunciada en un principio. Un síntoma: la primera Constitución fracasó. No se ha vuelto a consultar a nadie más. @mundiario