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El Financiero 30 Jun, 2026 05:07

Traidores

La premisa es simple: todo aquel político, candidato, aspirante o servidor público en un cargo de elección popular que pretenda torcer y manipular la normativa para permanecer en el poder, es un traidor a la democracia.

En realidad, parece básico, pero todos los días somos testigos de políticos que pretenden —y algunos logran y consiguen— modificar las condiciones de competencia, para quedarse, para ser electos, aunque no califiquen, para repetir periodos aunque la ley dice que deben irse, peor aún, cuando manipulan para que permanezcan sus partidos y resulten ganadores sus sucesores y elegidos.

¿Le suena? ¿O es una mera semejanza con una realidad lejana y distante?

Pues pasa en todas partes. En Estados Unidos, Trump consideró —nadie puede asegurar que ha desechado la idea por completo— hacer cambios legislativos y modificaciones para reelegirse por un tercer mandato que la Constitución de Estados Unidos prohíbe.

Ahí están los Kirchner en Argentina, que gobernaron de forma corrida 16 años entre Néstor, Cristina y Alberto Fernández, su alfil.

Sucedió en la muy mexicana Puebla de los Ángeles con Rafael Moreno Valle y su esposa (qepd), más el intermedio que funcionaba como su puente y alfil, el señor Gali.

Qué decir de Morena en el país que pudiera justificarse bajo la premisa de todo partido político que pretende ganar una vez más, y seguir ganando, y permanecer en el poder hasta que el desgaste, la corrupción y la distancia con el electorado sean insoportables. El PRI demolido y derrumbado en el pasado.

Resulta que ayer, Nayib Bukele, presidente de El Salvador, el ultraderechista con visos de dictador al estilo Pinochet —con capa militar nazi y todo— se inscribió para contender por un tercer periodo presidencial.

Bukele, célebre en el mundo por sus prisiones de alta seguridad, que ha llenado a punta de arrestos y detenciones ilegales y sin procesos judiciales, goza de una elevada popularidad entre la población.

En los hechos, su combate frontal y violatorio de derechos contra la delincuencia desbordada en El Salvador ha significado la disminución sustancial de la delincuencia, de los delitos y de la criminalidad en el país.

A cambio, el atropello infame de derechos humanos, de detenciones extrajudiciales y de cárceles que violan toda dignidad humana.

Pero a la gente le gusta. Aplaude eso de “se lo merecen por criminales”, “el castigo es merecido”, “que los guarden por muchos años”.

No importa que los detuvieron sin pruebas, que fueron encarcelados por el uso de tatuajes, que los sometieron bajo sospecha no comprobada de delitos tampoco demostrados.

La sociedad salvadoreña avala ese comportamiento ilegal por parte del gobierno.

Hay testimonios de madres que afirman seguir esperando a sus hijos, porque se los llevaron sin caso, acusación u orden judicial.

Trump, orgulloso y plenipotenciario, aplaude y reconoce a Bukele como un gran aliado de Estados Unidos. Bukele se eleva a la altura de héroe nacional por haber golpeado a la delincuencia de forma tan directa y efectiva, que los índices de delitos se han derrumbado.

Y ahí es donde entran los cuestionamientos éticos: ¿terminar con la delincuencia y el crimen significa atropellar derechos ciudadanos? ¿Es válido restarles el estatus y la categoría de ciudadanos libres e inocentes hasta que se pruebe lo contrario, por llenar las cárceles y sepultar los derechos universales a juicios justos, basados en evidencias?

Bukele no se quiere ir, se quiere quedar. Ya modificó la Constitución en El Salvador en 2025, para elecciones indefinidas y cargos permanentes.

Un dictador en ciernes, al que las clases medias conservadoras y la derecha salvadoreña aplauden como un héroe nacional.

Fue electo en 2020, reelecto en 2024, y se permitió declarar en entrevistas recientes, que le gustarían 10 años más. Así, humildemente.

Bukele, como Trump, como los Kirchner (Argentina), como Evo (Bolivia), como Correa (Ecuador) como el mismísimo Hugo Chávez y Maduro (Venezuela), réplicas baratas de Fidel Castro (Cuba), como Putin (Rusia), son todos un rosario de traidores a la democracia. Como ve usted, hay tanto de izquierda como de derecha. Los traidores vienen de todas partes, colores e ideologías.

Aquel líder que llega al poder de forma democrática, por elecciones en urnas, por el legítimo voto popular, y trastoca ese mandato para manipular su permanencia en el cargo, o la de su partido y sus sucesores, no es otra cosa que un traidor insultante a la voluntad popular expresada en el voto.

Si alguno de estos casos o ejemplos resuena en latitudes mexicanas, es sólo un reflejo de los tiempos que vive el mundo. La destrucción del orden libre y democrático mediante la competencia abierta, plural y libre, contra la imposición autoritaria de un régimen, de un partido, de una corriente de pensamiento.

Debemos estar alertas.

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