
Tengo en mi casa una cochera.
El coche, sin embargo, no está en ella.
Sucede que en el techo hicieron su nido unas golondrinas, y ahí trajeron al mundo tres polluelos. Hasta en una cochera puede florecer el prodigioso milagro de la vida.
Temí que, si guardaba en ella mi vehículo, como hago siempre, los gatos treparían a él para alcanzar el nido.
Así, ahora lo estaciono afuera.
Venga el sol, venga el polvo, venga la lluvia, venga el granizo, pero no venga la muerte a esas avecillas.
Aprenderán a volar. Lo aprendí yo, lo aprendieron mis hijos y ahora lo están aprendiendo mis nietos. Cuando se vayan las nuevas golondrinas, volveré a guardar mi coche en la cochera.
Mientras tanto lo seguiré dejando afuera.
Espero que los gatos no me odien por eso.
Aprendan de los perros, que a nadie odian.
Ni a los gatos.
¡Hasta mañana!...