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El Financiero 23 Jun, 2026 05:39

G7: el jefe en Versalles y el poder sin pudor

La cumbre del G7 en Évian-les-Bains, Francia, pudo haber sido recordada por su agenda: seguridad energética, Ucrania, el Estrecho de Ormuz, minerales críticos, inteligencia artificial, protección infantil en plataformas digitales, narcotráfico marítimo, cadenas de suministro y el equilibrio en el Indo-Pacífico.

Sin embargo, terminó convertida en una postal de la nueva diplomacia internacional, menos institucional, menos previsible, menos regida por valores compartidos y mucho más dependiente del temperamento de los líderes.

El dato inicial lo dice casi todo. La agenda del G7 fue retrasada un día para esperar a Donald Trump, quien permaneció en Washington para celebrar su cumpleaños 80 con un espectáculo de artes marciales mixtas en la Casa Blanca. La política del espectáculo impuso sus tiempos sobre la diplomacia multilateral.

Cuando finalmente llegó a Évian, Trump paseó como “Pedro por su casa”. En una de las sesiones, ante los líderes del G7 y los titulares de organismos financieros internacionales, llegó tarde y soltó una frase que, aunque podía parecer broma, funcionó como declaración de método: “Soy el jefe”.

Algunos rieron, otros entendieron el mensaje. En el nuevo orden, Washington ya no busca persuadir a sus aliados, sino recordarles quién tiene la palanca militar, financiera y energética.

La paradoja es que la cumbre sí tenía asuntos de enorme gravedad. El G7 intentó blindar las rutas comerciales globales frente a la coerción de potencias autocráticas. Reiteró su compromiso con un Indo-Pacífico libre y abierto, defendió el statu quo en los mares de China Oriental y Meridional, y colocó al Estrecho de Taiwán como una arteria vital para la seguridad mundial.

En ese frente, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, debutó con fuerza. Su iniciativa Power Asia buscó reducir la dependencia de China en tierras raras y minerales críticos, recordando que la seguridad del siglo XXI pasa por el acceso al litio, semiconductores, puertos, cables y cadenas de suministro.

La escena dominante no fue la de los documentos, sino la del poder personal. Emmanuel Macron lo entendió mejor que nadie. Sabía que Trump podía abandonar una vez más la cumbre antes del final y decidió retenerlo con un recurso clásico de la diplomacia francesa: la grandeza escénica.

Le ofreció una cena en el Palacio de Versalles, con motivo de los 250 años de la alianza franco-estadounidense en torno a la independencia de Estados Unidos. La treta funcionó. Trump, fascinado por el palacio, soltó una frase reveladora: “Versalles no es oro artificial, Versalles es lo auténtico”.

Macron pulsó la tecla correcta. Trump responde principalmente a la teatralidad del poder. Versalles se convirtió en el escenario perfecto para que el presidente estadounidense adelantara la firma del entendimiento con Irán, la cual terminó ocurriendo en una mesa iluminada por velas y con el secretario de Estado, Marco Rubio, buscando de prisa una impresora en las dependencias del palacio. La diplomacia institucional cedió ante la diplomacia del impulso.

El entendimiento con Irán produjo alivio inmediato en los mercados. El anuncio de un cese al fuego permitió a Trump presentarse como pacificador, incluso después de haber llevado la confrontación al límite. Su frase “barcos del mundo, enciendan motores” buscó proyectar la imagen de un presidente capaz de reactivar el comercio mundial con una orden.

Sin embargo, el acuerdo es frágil. Irán conserva márgenes técnicos en su programa nuclear; los misiles balísticos y el apoyo a milicias regionales quedaron fuera del centro de la negociación; Israel y Hezbolá pueden sabotear cualquier distensión; y en Washington el ala dura republicana ya exige que un tratado definitivo pase por el Senado. Además, Trump introdujo la idea de cobrar “peajes” de seguridad en Ormuz después de un periodo de gracia, bajo la lógica del “Ángel de la Guarda”: Estados Unidos protege, pero el mundo paga. La seguridad global convertida en servicio tarifado.

La relación con los aliados tampoco salió indemne. El episodio con Giorgia Meloni fue sintomático. Después de posar con ella para una fotografía de aparente reconciliación, Trump declaró que había accedido porque ella le había “rogado” y porque le dio “lástima”. Meloni respondió indignada que ni ella ni Italia ruegan a nadie. La escena mostró que ni siquiera la cercanía ideológica es suficiente cuando la diplomacia se vuelve narcisista.

El G7 sigue produciendo declaraciones serias, pero las alianzas ya no descansan tanto en valores, instituciones o procedimientos, como en transacciones, escenas, agravios, halagos y egos. La cumbre no fue el fin del multilateralismo, pero sí mostró una mutación. En Évian, el G7 discutió el futuro de la seguridad global. En Versalles, Trump recordó quién cree que manda.

Lectura recomendada: “La democracia amenazada. Cuando el fascismo ataca la convivencia” de Baltasar Garzón (Planeta).

Gracias, LGCH.

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