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Mundiario 23 Jun, 2026 11:42

Sobre El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas

Con El loco de Dios en el fin del mundo (Random House, 2025) Javier Cercas nos ofrece el resultado de un reto que nunca se hubiera podido imaginar, el de escribir un libro sobre un papa a partir de una invitación y unas facilidades ofrecidas por el Vaticano. Cuando recibe esa propuesta, tiene sus dudas. Y es que nos refiere que, hasta ese momento, ya había sido acusado “de blanquear a escritores fanáticos, asesinos en masa, traidores heroicos…”. Él se defiende alegando que lo que intenta es comprender a esos personajes, que no es en absoluto justificar sus acciones, sino “darse los instrumentos para no cometer los mismos errores”.

La idea previa que tiene de la iglesia es esta: “Una amalgama inextricable de maldades y bondades, de crímenes y santidad”. A medida que vaya adentrándose más en el tema, a partir de las numerosas entrevistas a personajes de la curia, o cercanos al Vaticano, y, sobre todo, a misioneros, configurará una imagen no muy distinta de la que tenía, aunque mucho más detallada, que plasmará desde una insobornable intención de ecuanimidad.

El personaje protagonista es el papa Francisco y el escenario de sus indagaciones, de su observación, el Vaticano y ese viaje papal a Mongolia al que es invitado. De este hombre, elegido cabeza de la Iglesia, nos dice: “Igual que cualquier persona mínimamente compleja, Bergoglio es un hombre poliédrico, huidizo, múltiple”. En él encuentra muchos aspectos positivos, como haber considerado a Roma “el corazón de todo lo que la Iglesia no debería ser: ostentación, lujo, hipocresía, burocracia”. Se encontró con mucha corrupción a la que debía enfrentarse, en la medida de lo posible, en contra de las resistencias establecidas, como no lo había podido hacer su antecesor Benedicto XVI, que no se vio con fuerzas y por ello decidió renunciar. Lucio Brunelli, periodista y amigo del papa Francisco, dice: “En 2013 todo era un desastre, habían estallado grandes escándalos: recuerda el mayordomo del papa Benedicto, que había robado documentos de su escritorio y se los había vendido a un periodista. Y luego la corrupción, los chantajes sexuales a obispos, los líos económicos con las cuentas del IOR, la banca del Vaticano… Un mundo oscuro, putrefacto, lleno de intrigas… Y antes, en los años ochenta, la mafia usaba el IOR para lavar dinero… Con Francisco todo se ha acabado…”.  

Un aspecto que Cercas valora es que el papa reconoció desde un principio ser un gran pecador. Decía: “Soy un pecador. Recen por mí”. Otra virtud distintiva es la que sus alumnos le atribuían, esa facultad exclusiva de ciertos santos: “Se denomina cardiognosis y permite leer el corazón (propio y ajeno)”. También Cercas se congratula de que el papa se considere anticlerical, algo que los ateos entienden de otra manera más absoluta, pero que, en este caso, se explica como la idea de estar en contra del clericalismo, de lo que supone investirse de autoridad, de privilegios. Por otra parte, el autor llega a la conclusión de que debe ser defendido de algunas acusaciones, como las que lo culpaban de connivencia con la dictadura de Videla.

Pero su biografía pasa por fases muy distintas: “Era un hombre dotado de una gran vocación de poder, una notable inteligencia política y un proyecto para la Compañía de Jesús, pero también un tipo personalista, soberbio, autoritario, divisivo, sinuoso, manipulador e intimidante (más de un novicio asegura que inspiraba miedo)… Veinte años después, sin embargo, los testimonios coinciden en presentarlo de una manera opuesta; para entonces era un cincuentón introvertido, melancólico y un poco atormentado, pero sobre todo un religioso que se desvivía para atender a los pobres”.

El papa Francisco tuvo una clara intención reformista, insuficiente para muchos y excesiva y peligrosa para otros, como ese grupo de sacerdotes que se reunía cada semana para rezar por su muerte. Dice el citado Brunelli: “Suprimió la pena de muerte del catecismo… Pero hay quienes están decepcionados porque no ha suprimido la obligación del celibato o permitido la ordenación sacerdotal de las mujeres… He visto a algunos curas infelices, que sentían su celibato como una castración y que tenían amantes, mujeres y hombres…   Hombres también, claro. La homosexualidad está muy extendida entre el clero: hay un tanto por ciento elevado de sacerdotes homosexuales”.  

Sobre la pederastia, dice Cercas: “Francisco ha llegado a una conclusión: el abuso sexual es un abuso de poder; y el abuso de poder es el resultado del peor problema de la Iglesia: el clericalismo”. El autor le sugiere al padre Spadaro que el problema pueda radicar en el celibato. Pero, para este, son dos cosas distintas, como también la homosexualidad y la pederastia, a las que llama “dos problemas diferentes”. Por otro lado, Francisco no apoyaba otra cuestión latente, la del ordenamiento sacerdotal de las mujeres, aunque diera algunos pasos en la dirección de ofrecerles puestos más relevantes.

Cercas no acaba de tener “una imagen perfilada y unívoca del personaje, sino un dibujo ambivalente, poliédrico, inasible, con un fondo por momentos turbio, como si a medida que me acercara a él se volviera más borroso y no más claro, como si el papa fuera el papa y no fuera el papa, como si ese hombre padeciera una duplicidad intrínseca”. Bergoglio sufrió un destierro de Buenos Aires, se quitó de encima a manotazos destemplados a una católica asiática en la plaza de San Pedro, defendió de forma airada a un obispo encubridor de abusos sexuales, o sus palabras parecían justificar los atentados de Charlie Hebdo. “Me pregunto si esas cuatro anécdotas disonantes con la imagen oficial de Francisco no serán fisuras que permiten atisbar su fondo humano, su desajuste íntimo, su falla profunda, su duplicidad fundamental… y me pregunto si Bergoglio y Francisco son la misma persona, o si Francisco es simplemente un personaje interpretado por Bergoglio”.

Cercas afirma tener la solución a todos los problemas de la Iglesia: “Todos misioneros”. Dice el papa Francisco: “No se puede ser misionero sin estar como una cabra. El misionero es quien practica la máxima virtud cristiana, el principal atributo de Dios: la misericordia”. El padre Ernesto, al que conoce en Mongolia, se levanta cada día a los cinco de la maña, reza sus oraciones, socorre a la gente necesitada. Y dice el padre Giovanni: “Hace poco volví a Italia. Hacía años que no iba por allí. ¿Y qué me encontré? Gente cansada, sin ilusión, que se queja de tonterías… Los templos están vacíos, ya nadie quiere ser sacerdote, no digamos misionero”.

Por su parte, Fazzini, responsable de la librería oficial del Vaticano: “En África hay misioneros que caen víctimas de la pura rapiña. Allí, a menudo, hombre blanco significa dinero, y dinero significa estar en peligro, así que a veces matan a los misioneros para robarles, aunque luego resulte que son pobres como ratas”.  Y el padre Fernández: “Pero ser misionero no implica a la fuerza ir a otro país. Los curas villeros a lo mejor son chicos de buena posición en Buenos Aires, y deciden irse a una casa de chapas, en medio de una villa de la periferia”. Y, por otra parte, el padre Giovanni: “En Asia, para ser misionero tienes que jugártela. Tienes que cambiar por completo. Tienes que renovarte. Tienes que reinventarte. Y eso es bueno, porque las dificultades son buenas, te obligan a dar lo mejor de ti…”.

Dice un admirado Javier Cercas: “Cuando llevo varias horas conversando con ellos, termino de comprender que estoy cenando con una banda de tarados peligrosos, capaces de contar entre risotadas el suplicio que infligen las temperaturas inverosímiles del invierno mongol (40 grados bajo cero), en medio de una atmósfera de fraternidad sin restricciones que, hasta hoy, yo no había respirado en ninguna parte”.

El aspecto político siempre es importante en esa institución que puede tener mucha influencia en las preferencias de sus fieles. Una institución, que quiere ser definida ?sin ambages, con orgullo? como conservadora. Insiste Cercas en que el papa, en sus comparecencias ante los periodistas, habla mucho de política, y casi nada de religión. Dice: “Francisco llega a muchos no católicos, sobre todo de izquierdas”. Sí, porque, con su propia iglesia, poco pudo conseguir. Encontró paradójicas y reveladoras resistencias a la hora de defender los más puros valores cristianos. Hoy, su sucesor, León XIV, también habla claro frente a esos mandamases que se atribuyen un cristianismo que no se compadece con su comportamiento criminal, y pone en un brete a los partidos políticos teóricamente defensores de una ética cristiana. Dice Eva Fernández, corresponsal de la COPE: “Los que sí sabemos que odian a Francisco son los de VOX, la ultraderecha; algunos a muerte: le acusan de peronista, de comunista, de que no hace más que hablar de emigrantes y de ecología… y los obispos, por lo que yo sé, unos se llevan mejor con él que otros. Están divididos, un poco como la Curia”.

Finalmente, Cercas se inclina por una ética laica antes que una religiosa. Y compara dos versículos casi calcados. Uno, de san Mateo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. Y el otro es un intencionado remedo de Borges: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ven a Dios”.  Y nos dice Cercas: “El ateo de Borges ejerce la virtud por sí misma, no en función de un premio o un castigo”.  

Este es el libro de un ateo que, sin embargo, se hace preguntas en torno al hecho de Dios: “¿Cómo sería nuestro mundo ahora, sin Cristo, o más bien sin Cristo en la cruz y sin cristianismo? ¿Sería un mundo mejor que el nuestro?”. Javier Cercas intenta convertir un ejercicio periodístico, realizado desde una óptica personal, en una novela. Para que eso me parezca así, no me bastan las excelentes, las literarias descripciones de sus interlocutores, que ello es propio de los mejores entrevistadores; pero tampoco la excusa de ese ritornelo que marca un objetivo y establece una intriga, la de saber si conseguirá preguntarle al papa si su madre verá a su padre más allá de la muerte. Los escritores de hoy escriben textos autobiográficos, crónicas, y se empeñan en llamar a sus libros novelas, espero que no para su buena clasificación y venta. En épocas anteriores esto hubiera sido una crónica reflexiva, con el ingrediente de incluir el elemento personal. Al fin y al cabo, es lo que hacía Kapuscinski, o lo que han hecho siempre los viajeros. En cualquier caso, El loco de Dios en el fin de mundo, es una aproximación muy exhaustiva (tal vez sobre alguna repetición, al interrogar a varios personajes sobre unos mismos temas) a lo que significa la Iglesia hoy, su relación con el mundo y su dimensión tanto organizativa como espiritual. Un libro que deviene una ecuánime mirada a la Iglesia, un perspicaz retrato de un papa que, según los que le pedían que implantase en ella por fin la modernidad, se quedó a medio camino, limitado por las fuerzas más reaccionarias y por sus propias convicciones. @mundiario

 

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