Hay historias que explican un país mejor que cualquier tratado académico. Una de ellas empieza en la Extremadura profunda, donde un hombre llamado Dámaso —campesino, emigrante, lector esforzado, escritor torpe— sabía apenas sumar y restar. Y, sin embargo, cultivaba un huerto que haría llorar de envidia a cualquier ingeniero agrónomo con tres másteres y un posgrado en hidroponía sostenible. Sus dalias eran legendarias: colores imposibles, injertos repetidos una y otra vez, intuición pura. Nunca oyó hablar de Gregor Mendel, ni falta que le hizo. Su conocimiento era vernáculo, empírico, transmitido por generaciones. Y hoy está perdido para siempre.
Porque en el mundo contemporáneo, si no puedes añadir a tu CV una ristra de títulos tan larga como un menú degustación de chef narcisista, no eres nadie. La titulitis es la nueva religión civil: sacramentos caros, liturgia interminable y una jerarquía que reparte prestigio como si fuera hostia consagrada. El problema es que, mientras acumulamos diplomas, hemos ido tirando por el desagüe siglos de saberes locales, comunitarios, femeninos y populares.
La gran usurpación del conocimiento
La historia es vieja. Muy vieja. Ya en la Edad Media, cuando Europa decidió que la mejor forma de gestionar el miedo era quemar mujeres, se produjo uno de los mayores robos de conocimiento de la historia. Entre los siglos XV y XVIII, según estimaciones de historiadores como Brian Levack, entre 40.000 y 60.000 personas fueron ejecutadas por brujería, el 80% de ellas mujeres. Con ellas ardieron saberes de medicina, ginecología, botánica, química doméstica y gastronomía.
Silvia Federici lo explica sin rodeos en Calibán y la bruja: “La caza de brujas fue un ataque contra el cuerpo femenino y contra los conocimientos que las mujeres habían acumulado durante siglos”.
Ese exterminio no solo disciplinó a las mujeres: privatizó el conocimiento. Lo que antes era comunitario pasó a manos de corporaciones emergentes: médicos titulados, boticarios, cirujanos, universidades. El saber dejó de ser experiencia y pasó a ser propiedad.
Iván Illich, en La convivencialidad, lo resumió con precisión quirúrgica: “La escuela convierte el conocimiento en una mercancía que solo se obtiene a través de instituciones autorizadas”.
La operación fue perfecta: despojar a las mujeres de sus saberes y entregarlos a profesiones masculinas con títulos recién inventados. Una transferencia de poder disfrazada de progreso.
Del cercado de tierras al cercado del conocimiento
La Revolución Industrial no solo cercó tierras: cercó saberes. La división internacional del trabajo, consolidada entre los siglos XVIII y XIX, convirtió la experiencia local en un estorbo. El campesino que sabía cuándo sembrar mirando el cielo fue sustituido por el agrónomo que consultaba tablas. La partera que había asistido a cientos de alumbramientos fue desplazada por el obstetra con diploma. El pastor que conocía cada planta de la sierra fue reemplazado por el técnico forestal.
Y en el siglo XX, el proceso se volvió global. Las multinacionales farmacéuticas y agrícolas empezaron a patentar plantas medicinales, semillas tradicionales y técnicas ancestrales. La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual reconoce que más del 70% de los principios activos de medicamentos modernos provienen de conocimientos indígenas o campesinos. Pero las comunidades que los desarrollaron no reciben ni un céntimo.
Es el colonialismo 2.0: robar saberes, registrarlos y venderlos de vuelta.
La especialización absurda: expertos en la uña del meñique del pie izquierdo
Hubo un tiempo en que una persona podía ser a la vez agricultora, arquitecta, botánica, partera, química y consejera comunitaria. No por magia, sino porque el conocimiento era transversal, práctico y compartido. Hoy, en cambio, abundan especialistas capaces de escribir una tesis doctoral sobre la uña del dedo meñique del pie izquierdo, pero incapaces de identificar una planta de romero.
La hiperespecialización ha creado profesionales con cultura general nula, pero con un currículum que parece un árbol genealógico de títulos. Y lo peor: se sienten orgullosos de ello.
Illich lo advirtió hace décadas: “La especialización destruye la capacidad de las personas para comprender el mundo en su totalidad”.
Pero seguimos adelante, felices en nuestra ignorancia fragmentada.
La experiencia: ese valor sin valor real
En un mercado laboral obsesionado con los diplomas, la experiencia se ha convertido en un residuo. Personas mayores que saben más de su oficio que cualquier recién graduado son relegadas al ostracismo porque no pueden exhibir un máster en “Gestión Integral de Procesos Transversales Sinérgicos”.
España es un ejemplo sangrante: según datos del INE, más del 40% de los trabajadores mayores de 55 años considera que su experiencia no es valorada por las empresas. Y, mientras tanto, jóvenes con currículos rimbombantes pero sin práctica real ocupan puestos para los que no están preparados.
La Formación Profesional, que debería ser un camino digno, se ha convertido en el vertedero de las clases populares. Los másteres, cada vez más caros, son el filtro perfecto para mantener la desigualdad: según el Ministerio de Universidades, el coste medio de un máster habilitante supera los 2.500 euros, y los no habilitantes pueden llegar a los 8.000. Un lujo para pocos.
La privatización del sistema educativo: conocimiento para quien pueda pagarlo
La tendencia es clara: menos educación pública, más educación privada. En España, la enseñanza concertada y privada ya supera el 30% del total y crece cada año. La universidad pública se encarece, los másteres se disparan y los cursos de especialización se multiplican como hongos.
Mientras tanto, los saberes vernáculos —gratuitos, comunitarios, sostenibles— agonizan. Y con ellos, la posibilidad de un conocimiento verdaderamente democrático.
Internet, IA y el fin del esfuerzo intelectual
La llegada de internet primero y de la inteligencia artificial después ha consolidado una idea peligrosa: ¿para qué aprender si puedo buscarlo? El clic como sustituto del pensamiento. La consulta como reemplazo de la memoria. El algoritmo como tutor universal.
Pero un mundo que no sabe nada por sí mismo es un mundo manipulable. Illich lo anticipó: “Las herramientas que usamos acaban por usarnos”.
Y aquí estamos: orgullosos de nuestra dependencia tecnológica, mientras los saberes vernáculos boquean en silencio.
El saber comunitario: el último bastión
Entre todos los saberes que estamos perdiendo, hay uno especialmente grave: las formas de autogobierno comunitario. Antes de que la democracia se convirtiera en un eslogan vacío, las comunidades se organizaban, decidían, deliberaban. No necesitaban politólogos ni consultores.
Hoy, en cambio, parece que todo nació en Silicon Valley, donde los gurús del algoritmo sueñan con un mundo poshumano: una sociedad sin emociones, sin vínculos, sin memoria. Una humanidad-máquina.
Pero ¿de qué les servirá a las élites tecnológicas refugiarse en búnkeres de platino cuando ya no quede mano de obra que explotar? ¿Qué harán en su inmortalidad digital, solos, aburridos, sin sentido?
Federici lo resume con una lucidez brutal: “El capitalismo necesita cuerpos dóciles, no comunidades fuertes”.
Y eso es exactamente lo que estamos entregando.
¿Evolución o asteroide?
Si este es el futuro —una sociedad sin saberes propios, sin experiencia, sin memoria— quizá la evolución haga su trabajo. O quizá un asteroide nos ahorre el trámite. Porque una humanidad que renuncia a su conocimiento ancestral está firmando su propia acta de defunción. @mundiario