
La política siempre tiene sus formas, especialmente la buena política. La irrupción del populismo no sólo afecta la eficacia, los resultados y el entorno en el que se ejerce el poder, también tiene que ver con las formas. La disrupción que le acompaña afecta la sustancia y la manera en que se ejerce el poder. Los desplantes de ofensa, calumnia y hostilidad de quien detenta el poder a un particular, periodista o adversario se han vuelto parte del paisaje y ocurre con el populista de derecha y el de izquierda.
El problema mayor surge cuando, en el afán de acumular poder, se sacrifican la verdad, las buenas maneras y algo fundamental para la civilidad: la legalidad. El populista se declara en guerra contra la libertad de expresión, la crítica al poder y, más preocupante, contra el imperio de la ley; en consecuencia, contra la justicia. La presidencia de Trump demuestra este empeño y, aunque en algunos planos y por algún tiempo logra imponerse, en otros y a la larga prevalece la legalidad. Dolorosamente para México, sucedió lo contrario, y esa es la herida mayor de nuestros tiempos: el colapso de la legalidad y su efecto, una justicia sometida al interés político que, en realidad, deja de ser justicia, como revela la impunidad imperante.