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El Financiero 26 Jun, 2026 04:30

Diseñar otra vida

Alemania es un referente del diseño gracias a la Bauhaus. Para la diseñadora mexicana Alicia, nombre que resguarda su identidad por razones que se explicarán más adelante, este país ha sido un diseño en tres tiempos: el descubrimiento asombrado a los 22 años gracias a una beca; un intermedio, cuando regresó con otra beca para periodistas durante apenas tres meses; y el crecimiento profesional que hoy, a sus 42 años, la mantiene dando vida y color a datos en un importante diario en Berlín, ciudad que se ha convertido en su hogar desde hace ocho años.

Alicia habita esa grieta estadística donde Alemania figura como el principal receptor de migrantes en Europa, con un volumen que fluctúa entre 16 y casi 21 millones de extranjeros, lo que le otorga el segundo lugar mundial en recepción migratoria, sólo superado por Estados Unidos, que registra alrededor de 51.2 millones de foráneos.

Alicia protege su identidad tras enfrentar el acoso en una sociedad de gélida distancia.

La conexión de Alicia con Alemania nació de un contraste crudo: mientras en Azcapotzalco, al norponiente de la Ciudad de México, su vida se diluía entre múltiples empleos y la lucha contra el desabasto de agua, los relatos que le llegaban desde ese país hablaban de buenos salarios, mayores vacaciones y tiempo para aprender otras cosas. El cambio no fue sólo de territorio, sino de ritmo: pasó de una infraestructura deficiente a la estabilidad de un sistema que permite vivir con un solo trabajo. “Puedo ayudar más a mi familia desde Alemania con un solo empleo”, cuenta.

En 2018 recibió la visa de trabajador especializado “como regalo el día de mi cumpleaños” y, con ese documento, aterrizó una semana después en Berlín con apenas 20 mil pesos en la bolsa: una apuesta que apenas le garantizaba dos semanas de aliento.

Reconoce que le tomó casi una década atravesar laberintos burocráticos y una cuota de suerte para establecerse como residente con un trabajo profesional.

Bajo una lluvia torrencial, hace unos años, la historia de Alicia en Berlín dio un vuelco que hoy la obliga a proteger su identidad. Tras una inundación en su edificio, su vecino de abajo, un hombre confinado en el silencio de su propio aislamiento, algo común en una cultura donde muchas personas viven solas, dejó una nota en su puerta: “No te asustes por lo que vas a ver al entrar a tu departamento”.

Una inundación detonó lo que parecía un gesto de solidaridad vecinal en una sociedad conocida por su gélida distancia. Sin embargo, aquello pronto se transformó en una vigilancia milimétrica que terminó por obligarla a ocultar quién es. “En Alemania mucha gente vive sola y, en su soledad, pueden hacer cosas raras”, reflexiona Alicia.

El vecino le pidió su correo electrónico para tratar supuestos temas del edificio, pero, al poco tiempo, los mensajes comenzaron a convertirse en un cronómetro de su vida privada: “Llegaste a las 12:33 de la noche y caminaste como un gatito”. En alemán, la palabra “gatito” tenía un matiz sexual que ella tuvo que descifrar en terapia, porque migrar también implica aprender a defenderse y entender el subtexto en un idioma ajeno.

Durante cinco meses, Alicia intentó volverse invisible. Dejó de maquillarse y de usar vestidos bajo la falsa premisa de que, si borraba su rastro, el acoso cesaría. Es la paradoja del migrante: el miedo a que un conflicto legal empañe el historial en un país donde la burocracia se eleva como una catedral gótica, imponente y difícil de navegar.

“Tenía miedo de poner una restricción porque estaba en periodo de prueba laboral, pero me dije: si algo me pasa, debo dejar antecedentes de que algo no está bien”. La salvación no llegó a través del silencio, sino de la palabra compartida.

Alicia encontró en sus colegas y en una asociación contra el stalking el respaldo necesario para conseguir una orden de restricción. El acosador dejó de escribirle, aunque continuó vigilándola desde su ventana. Finalmente, cambiar de barrio fue la solución. Hoy vive en un distrito que le ha devuelto la paz gracias a los lazos de amistad, esos “conectes” que funcionan como la única brújula real en un mercado inmobiliario feroz, parecido a un juego de sillas musicales donde, si un migrante abandona un espacio, otro intenta ocuparlo de inmediato.

A ocho años de haberse establecido en Alemania, su batalla ahora es contra su propia identidad de forastera. Habla español, inglés, francés y alemán, además de estudiar italiano, pero reconoce el peaje emocional del multilingüismo: sentirse una persona distinta en cada lengua. “Ya aprendí que es mejor decir las cosas mal en otro idioma y que sepan que no estás de acuerdo, en lugar de quedarte callada por miedo”.

Símbolo de la estabilidad alemana que transformó el ritmo de vida y el futuro de Alicia.

Para Alicia, salir de México ha sido un acto de fe. Entendió que lo que sostiene al migrante no es un permiso de residencia o de trabajo, sino la capacidad de construir una voz propia en otro idioma, incluso con acento, para que el mundo sepa que no estás dispuesto a callar.

Alicia sigue visualizando información, pero su análisis más complejo no son los datos con los que trabaja, sino el rompecabezas de su propia vida: una línea que une Berlín con la Ciudad de México, resistiendo la tensión de la distancia. Ha comprendido que, en este tablero de identidades, su mayor acto de resistencia no es el pasaporte. Su verdadera victoria ha sido romper el silencio para seguir escuchando, a más de 9 mil kilómetros de distancia, las voces de su familia en México que todavía la mantienen anclada a su lugar de origen.

“Trato de hablar con mis papás en México una vez a la semana. Una vez leí en un aeropuerto: ‘La única distancia entre las personas es el silencio’, y eso es lo único que no me permito. Siempre trato de hacerme espacio para hablar con mi familia”.

Porque el problema del migrante no es sólo aprender otra cultura, sino habitar la grieta entre dos mundos. Quien se va termina construyendo raíces en otro idioma mientras intenta conservar intactas las voces del lugar que dejó atrás. Entre esos dos extremos, la pertenencia y la distancia, transcurre la verdadera travesía de vivir en la otra orilla del mundo.

Nota de la autora: Esta columna forma parte de una serie quincenal sobre la vida de los migrantes. Si tienes una historia que contar escribe [email protected]

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