
En estas fechas mis días han agarrado un sazón distinto y no sé a dónde voltear porque estoy mareada. Mientras el algoritmo atrofia mi cerebro, México le sube al tope del surrealismo. Dispersa en redes, trato de armar el rompecabezas porque soy artista y no puedo existir ajena a mi entorno, pero la que acaba incompleta y con la cabeza rota soy yo.
Te despiertas, ves tu celular: festejos del partido, ciudades maquilladas para el ojo ajeno, ya funaron a alguien, videos de gatitos, gritos por los derechos humanos que llegan a oídos sordos. Lloras, te enojas y ríes mientras la dosis diaria de bombardeo de información atraviesa tu ser. Vivimos y suspiramos tecnología, coexistiendo siempre entre inteligencia artificial, memes y protestas.
Hambrienta de sentido, te levantas de la cama, preparas tu comida y distintos temas se cuelan en un solo tazón, diluyendo sus sabores entre sí. Para prender el fuego empezamos con una pizca de madres buscadoras (entre más bravas, mejor), abundantes fifas empedernidos; estos, desgraciadamente, no son opcionales y deberán ir crudos, marinados en su jugo. Agregamos después fruta de temporada, en este caso, orgullo homosexual bien tiernito con fines de lucro. Añadimos chile importado del país de tu preferencia, cocinamos a fuego lento y, cuando las burbujas de privilegios se rompan al calor, sabremos que está lista nuestra intragable sopita de junio.
Yo venía a hacer arte, no sopa. Para crear dirijo la indignación hacia mí misma y, si resulta en mareo bien narrado, será siempre una obra cuestionable. ¿Será que con las lluvias se limpia el esmog de la ciudad y nos permite ver el doble rol que tenemos, donde somos objetos de opresión y jueces autovigilantes? Esta cultura de lo inmediato nos alienta a censurarnos entre nosotres, desvalorizar nuestro trabajo y cosechar un nacionalismo de una patria que quedó en obra negra, mientras que la raza que, en efecto, dedica su vida a la cosecha está, en estos momentos, bloqueando las carreteras.
No soy cocinera ni agricultora, no tengo hijos y me da igual el fútbol, pero me importan las luchas sociales. Me apasiona el arte que me hace reflexionar sobre dónde estoy parada. Aquí, en el norte, puede que no sea zona sísmica, pero, en definitiva, algo me está sacudiendo el piso. ¿Será el fracking, que nos está respirando en la nuca? ¿O mi abuela, que está preocupada porque no tengo trabajo fijo?
Ser artista viviendo en una sociedad de la inmediatez es confuso. Estoy corriendo y pareciera que no avanzo. Aun así, puede que el reconocimiento llegue algún día. No será dinero, ni un diploma de cocina por hacer sopas de embrollos; será, tal vez, una sonrisa que nunca veré desde el otro lado del periódico, diciendo: “Te veo y me reconozco en lo que leo”. Con eso sería más campeona que cualquier equipo mundialista.