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El Imparcial 27 Jun, 2026 08:47

San Juan

Batarete

El pasado miércoles 24 de junio se celebró la fiesta de San Juan Bautista, el primo de Jesús, hijo de Isabel, la prima de María, y su esposo Zacarías. La conmemoración de San Juan resulta muy importante por muchas razones: Esos días tiene lugar el solsticio de verano, el día más largo del ciclo anual; también es el inicio de la temporada de lluvias en el hemisferio Norte, eso permitía en aquella agricultura tradicional, la germinación del maíz junto con los frijoles, calabazas y chiles que siembran entreverados con el grano y dan forma a un policultivo generoso, que llamaron tradicionalmente como “la milpa”.

En la llanura costera sonorense esta festividad es más anuncio y esperanza que realidad, puesto que las aguas no se generalizan hasta entrado el mes de julio, mientras que en la zona serrana el día de San Juan trae las lluvias.

Los primeros habitantes de nuestro territorio eran acuciosos observadores de la naturaleza y sabía perfectamente que esta fecha tenía lugar la jornada más larga de luz solar y que a partir de ella los días se harían progresivamente más cortos hasta el equinoccio de septiembre, cuando día y noche tendrán la misma duración. Para esta fecha los relámpagos anunciaban los primeros chubascos, la llegada de las aguas, portadoras de alegría, aviso de una cierta abundancia y de esperanza de graneros colmados para pasar con comodidad la temporada de secas.

El agua es salvadora, entendían, y San Juan la anunciaba y proveía. Por eso había que darse un remojón ritual, de preferencia en una corriente de agua, un río o un arroyo, para limpiarse cuerpo y alma, alcanzar salud y perdón de las faltas cometidas; en muchas comunidades campiranas también se llevaba a la imagen del Bautista, para lavarlo en el arroyo y ayudar a purificar los sinsabores del año que terminaba.

En algunos pueblos yaquis y mayos se danzan pascolas y el venado para celebrar la vida que se renueva y rogar por la fertilidad de la tierra y los campos de cultivo. En muchos barrios citadinos de México y otras partes de América Latina, las tradiciones campesinas de sus ancestros mueven a los vecinos a festejar el día de San Juan con remojones callejeros, comidas de fiesta y algarabía barrial.

En la antigua Europa los pueblos celtas encendían hogueras la víspera del solsticio para ayudar al sol que comenzaba a declinar, y también para recibir ese calor y vigor que emana de las llamas. Se acostumbraba a saltar por encima de las fogatas como una manera de hacerse uno con la fuerza solar, en su día más dilatado.

La limpia de la imagen, y también el remojón de los asistentes, es un anuncio y una petición de un ciclo de lluvias abundantes, de aguaceros y chaparrones que mojen el suelo y despierten a la vida las semillas que depositaron en los surcos. Ahora bien, estas tradiciones aún vigentes en muchos rincones del País y del mundo, ya tenían lugar antes del arribo de los europeos pues aquellos primeros moradores veneraban a las deidades del agua y del maíz, y se ocupaban en lograr su beneplácito; es una fiesta antiquísima y todavía actual para propiciar la fertilidad de la tierra.

En este Hermosillo a veces ardiente, buena parte de los habitantes perdió desde hace dos o más generaciones, el contacto con el campo, las siembras y las cosechas, así como el cuidado de las reses y las prácticas de la vaquería. Pero permanece en las familias y barriadas citadinas una cierta nostalgia del rancho, una memoria colectiva un poco a flor de piel que nos provoca júbilo y asombro; y nos dispensa una profunda añoranza cuando llega hasta nosotros ese olor a tierra mojada que evoca tormentas y regocijos a veces velados en la memoria, pero siempre atesorados y gozados cuando las nubes y los rayos distantes anuncian los temporales.

Ernesto Camou Healy

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