Nos quejamos del calor como si fuera un fenómeno aislado, nos agobiamos con él, hay, incluso gente que muere como si cada ola de calor fuera una simple molestia pasajera y no un síntoma evidente de algo mucho más profundo que llevamos décadas ignorando.
Es curioso cómo hemos normalizado lo extraordinario: temperaturas que antes eran excepcionales ahora se repiten cada verano, noches tropicales que impiden dormir, incendios que arrasan bosques enteros, sequías que vacían embalses y aun así seguimos hablando del calor como si fuera un capricho del clima y no la consecuencia directa de nuestras acciones colectivas.
Quizá nos resulta más fácil quejarnos del calor que enfrentarnos a la idea incómoda de que el cambio climático no es un concepto abstracto ni un problema del futuro, sino una realidad que ya está moldeando nuestras vidas. Y, sin embargo, cada vez hablamos menos de su causa porque nos hemos acostumbrado a convivir con sus efectos, como quien convive con un ruido constante hasta que deja de escucharlo.
El calor extremo se ha vuelto parte del paisaje, una molestia más en la lista de incomodidades diarias, y al mismo tiempo hemos perdido la capacidad de conectar esa molestia con el origen real del problema. Tal vez porque asumirlo implica aceptar responsabilidades, cambiar hábitos, exigir políticas más ambiciosas y reconocer que el futuro que imaginábamos ya no existe tal cual.
Pensar en el futuro se ha vuelto difícil porque el futuro se ha vuelto incierto, y la incertidumbre genera miedo. Y cuando algo da miedo, tendemos a mirar hacia otro lado. Es más sencillo abrir la ventana, quejarse del bochorno y seguir con la rutina que detenerse a pensar en lo que significa que junio parezca agosto y que agosto parezca un horno. Además, vivimos en un mundo saturado de información, donde cada día compite por nuestra atención una avalancha de noticias, crisis, conflictos y urgencias.
El cambio climático, aunque es la mayor amenaza a largo plazo, no siempre encaja en la lógica de la inmediatez. No tiene un estallido repentino, no ocurre en un solo día, no tiene un momento exacto que podamos señalar como el punto de no retorno. Es un proceso lento, acumulativo, casi silencioso, y por eso es tan fácil dejar de hablar de él incluso cuando lo estamos viviendo en la piel. También influye que el discurso climático se ha vuelto, para muchos, agotador.
Durante años se ha repetido el mismo mensaje: hay que actuar, hay que reducir emisiones, hay que cambiar el modelo energético, hay que proteger los ecosistemas. Y aunque todo eso es cierto, la repetición constante sin resultados visibles genera cansancio y una sensación de impotencia. Cuando la gente siente que no tiene control sobre algo, deja de hablar de ello. Y cuando deja de hablar de ello, deja de pensar en ello. Pero el calor sigue ahí, recordándonos que el problema no desaparece porque lo ignoremos.
Quizá la pregunta no es por qué hablamos menos del cambio climático, sino por qué no hemos encontrado una manera diferente de hablar de él. Una manera que no se base solo en el miedo o en la culpa, sino en la posibilidad real de construir un futuro distinto. Porque sí, todavía existe futuro, aunque a veces cueste imaginarlo. Y pensar en el futuro no debería ser un ejercicio de nostalgia por lo que ya no será, sino un acto de responsabilidad hacia lo que aún puede ser. El calor que sentimos hoy no es solo una molestia: es un mensaje. Un mensaje que nos dice que estamos a tiempo, pero no por mucho.
Que cada decisión importa, desde lo que consumimos hasta lo que exigimos a quienes gobiernan. Que el futuro no está escrito, pero tampoco se escribirá solo. Y que quejarnos del calor no está mal, porque es humano, pero quedarnos solo en la queja es renunciar a entender lo que realmente está pasando. Tal vez ha llegado el momento de recuperar la conversación, de volver a hablar del cambio climático no como un concepto lejano sino como la realidad que ya vivimos.
De dejar de tratar el calor como un simple fastidio y empezar a verlo como la señal que es. De pensar en el futuro no con resignación, sino con la determinación de que aún podemos influir en él. Porque si dejamos de hablar de la causa, si dejamos de pensar en el futuro, entonces sí que estaremos perdidos.
Pero mientras sigamos haciéndonos preguntas, mientras sigamos buscando sentido y responsabilidad, todavía hay esperanza. Y quizá esa sea la conversación que necesitamos retomar antes de que el calor deje de ser una queja y se convierta en una condena. Para esto, va quedando cada día menos. @mundiario