El Mundial 2026 también está siendo el Mundial de los anfitriones. México, Estados Unidos y Canadá superaron la fase de grupos y llegaron vivos a los dieciseisavos de final, una señal importante para un torneo repartido entre tres países y pensado, desde su origen, como una gran exhibición del fútbol norteamericano.
El caso más contundente es México. La selección mexicana cerró la primera fase con pleno de victorias, nueve puntos y ningún gol recibido. Solo España ha sido capaz de terminar también la fase de grupos sin encajar, un dato que coloca a México entre los equipos más sólidos del campeonato.
No ha sido únicamente una cuestión de resultados. México ha transmitido autoridad en el juego, ha sido superior a sus rivales y ha aprovechado el impulso de jugar en casa para construir una fase de grupos muy seria. En un Mundial donde muchos favoritos han sufrido más de lo previsto, el equipo mexicano ha avanzado con una sensación de control poco habitual.
Su siguiente paso será ante Ecuador en dieciseisavos de final. El cruce no es menor, pero México llega con argumentos suficientes para considerarse favorito. Por rendimiento, solidez defensiva y contexto, la selección mexicana ha sido hasta ahora una de las grandes noticias del torneo.
Estados Unidos también ha presentado candidatura a algo más que ejercer de anfitrión competitivo. Ganó su grupo y dejó la sensación de haber sido superior a sus rivales durante buena parte de la primera fase. La excepción fue el partido ante Turquía, condicionado por las rotaciones y por una clasificación que ya tenía encarrilada.
El equipo estadounidense ha dado un salto evidente respecto a otros torneos. Tiene más jugadores acostumbrados al ritmo europeo, más recursos ofensivos y una relación mucho más natural con los grandes escenarios. Todavía no tiene la jerarquía de una potencia, pero sí ha demostrado que este Mundial puede marcar un cambio en su posición internacional.
En dieciseisavos se medirá a Bosnia y Herzegovina. Será una prueba exigente, pero también una oportunidad para confirmar que su fase de grupos no fue solo producto del calendario o del ambiente. Estados Unidos juega en casa, tiene impulso y llega con la sensación de que todavía puede crecer dentro del torneo.
Canadá, por su parte, tuvo un camino diferente. Su grupo era incómodo, con dos selecciones europeas como Suiza y Bosnia, y aun así consiguió competir bien y clasificarse como segunda por diferencia de goles. No ha tenido la contundencia de México ni el impacto de Estados Unidos, pero sí ha dado un paso importante en un contexto mucho más exigente.
Su rival será Sudáfrica, una de las selecciones que ha dejado una sensación irregular en el campeonato. Para Canadá, el cruce representa una ocasión importante: no parte como una de las grandes favoritas del Mundial, pero sí tiene una oportunidad real de seguir avanzando y de convertir su condición de anfitriona en una ventaja competitiva.
El ambiente también está jugando su partido. Los estadios han respondido, las gradas han acompañado y el torneo ha encontrado en México, Estados Unidos y Canadá tres focos distintos de energía. En México, la selección juega con una presión histórica y una identificación popular enorme. En Estados Unidos, el Mundial está sirviendo para medir el crecimiento real del fútbol. En Canadá, cada partido tiene algo de confirmación para un país que quiere consolidarse en la élite.
Jugar en casa no gana partidos por sí solo, pero ayuda. Reduce viajes, multiplica el apoyo, familiariza los escenarios y convierte cada eliminatoria en algo más que un trámite deportivo. México, Estados Unidos y Canadá ya han cumplido el primer objetivo. Ahora les queda demostrar hasta dónde puede llegar el impulso de ser anfitrión en un Mundial que, de momento, también les pertenece. @mundiario