Donald Trump ha decidido alterar una de las costumbres más arraigadas de la política estadounidense. El presidente de EE UU anunció que el Partido Republicano celebrará en septiembre una gran convención nacional en Dallas (Texas), un evento inédito en un año de elecciones legislativas y concebido como un gran acto de movilización para afrontar los comicios de noviembre, en los que los republicanos se juegan el control del Congreso.
El anuncio, realizado a través de Truth Social, responde a la estrategia habitual del mandatario: convertir cualquier cita política en un acontecimiento de dimensiones excepcionales y situarse en el centro de la campaña, incluso cuando su nombre no figura en las papeletas electorales.
Trump calificó la convocatoria como un acontecimiento “verdaderamente histórico” y adelantó que el acto culminará con un gran mitin que, según prometió, será “como ningún otro”. No precisó, sin embargo, el formato completo de una reunión que rompe con la tradición política estadounidense, ya que las convenciones nacionales de los grandes partidos se celebran exclusivamente cada cuatro años para proclamar a sus candidatos presidenciales.
Aunque las elecciones de noviembre renovarán la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, la campaña vuelve a gravitar sobre la figura del presidente. La decisión persigue reforzar la movilización del electorado conservador en un contexto históricamente desfavorable para el partido que ocupa la Casa Blanca. En EE UU, las elecciones de mitad de mandato suelen traducirse en pérdidas parlamentarias para el presidente en ejercicio, una tendencia que inquieta especialmente a los estrategas republicanos.
A ello se suma un elemento adicional. Trump no concurrirá como candidato, lo que puede reducir la participación de parte de su base electoral, muy identificada con su liderazgo personal. La convención pretende precisamente suplir esa ausencia mediante una demostración de fuerza que reúna a dirigentes, candidatos y militantes bajo una misma narrativa: la continuidad del proyecto político iniciado con su regreso a la Casa Blanca.
Dallas, un escenario con fuerte carga electoral
La elección de Dallas tampoco resulta casual. Texas concentra una de las campañas senatoriales más observadas del país. El republicano Ken Paxton, fiscal general del estado y respaldado por Trump, se enfrentará al progresista cristiano James Talarico, un auténtico fenómeno electoral capaz de arrebatar votos conservadores, en una contienda que podría absorber importantes recursos económicos.
Paxton llega fortalecido tras imponerse en las primarias al veterano senador John Cornyn, aunque su candidatura sigue generando recelos dentro del propio Partido Republicano debido a su historial de investigaciones judiciales, un juicio político y diversas polémicas personales que algunos dirigentes consideran un factor de riesgo electoral.
La convención servirá igualmente para respaldar otra de las prioridades estratégicas de Trump: la redistribución de distritos electorales impulsada en Texas para aumentar las opciones republicanas de ampliar su representación en la Cámara de Representantes.
El desgaste amenaza la mayoría republicana
La celebración de esta convención ha requerido incluso modificar las normas internas del Partido Republicano. Durante la reunión invernal del Comité Nacional Republicano, celebrada en enero, la organización aprobó una reforma que permite convocar una convención nacional fuera del ciclo presidencial tradicional. Ese cambio reglamentario refleja hasta qué punto el partido ha adaptado su funcionamiento a las necesidades políticas de Trump, cuya influencia sigue marcando el rumbo de la formación.
Frente a esa iniciativa, el Partido Demócrata estudió la posibilidad de organizar un encuentro similar, aunque finalmente descartó la idea por razones económicas. La dirección demócrata considera, además, que una gran convención republicana facilitará vincular aún más a los candidatos conservadores con un presidente cuya popularidad continúa desvirtuándose.
Las encuestas sitúan al Partido Republicano ante un escenario mucho más complejo que el vivido en los dos primeros años del segundo mandato de Trump.
La persistencia de la inflación, el impacto político de la intervención estadounidense en Irán, el respaldo de la Administración a Israel y el descenso continuado de los índices de aprobación presidencial han alimentado las previsiones de que los republicanos podrían perder la mayoría en la Cámara de Representantes e incluso ver comprometido su dominio del Senado. Consciente de ese riesgo, Trump busca convertir la convención de Dallas en un gran acto de reafirmación política que reactive a sus votantes y transforme unas elecciones legislativas en un nuevo plebiscito sobre su liderazgo.
El 250 aniversario de EE UU como telón de fondo
El anuncio llega, además, en plena celebración del 250 aniversario de la independencia de EE UU, una conmemoración que Trump ha aprovechado para reforzar su imagen mediante una intensa agenda de actos públicos, desde grandes concentraciones políticas hasta exhibiciones deportivas y ceremonias patrióticas.
Sin embargo, esa ofensiva coincide con un momento de creciente escepticismo entre los propios estadounidenses. Diversas encuestas reflejan una caída significativa del orgullo nacional respecto a hace una década y una mayoría considera que los padres fundadores difícilmente reconocerían el rumbo político actual del país.
En ese contexto, la convención republicana de septiembre aspira a convertirse en mucho más que una reunión partidista: será el primer gran ensayo general de la batalla electoral que decidirá si Trump mantiene el control político de Washington o comienza a afrontar el tramo final de su mandato con un Congreso hostil. @mundiario