Durante buena parte de las últimas décadas, México y Argentina parecían estar intercambiando lecciones que tienen su eco en esta frontera. Los argentinos observaban con cierta envidia la estabilidad monetaria mexicana. Los mexicanos veían con preocupación cómo Argentina pasaba de crisis en crisis, acumulando inflación, deuda y pobreza. Hoy, sin embargo, ambos países parecen haber llegado a una encrucijada distinta.
Argentina decidió cambiar de rumbo de manera abrupta. México optó por mantener gran parte del camino que ya recorría, aunque con nuevas prioridades políticas. Y la comparación comienza a ofrecer enseñanzas interesantes. Uno viró a la izquierda y el otro a la derecha, respectivamente.
La economía argentina venía de una situación difícil de exagerar. Inflación disparada, déficit fiscal crónico, pérdida de confianza, caída del poder adquisitivo y una pobreza que alcanzó niveles incompatibles con el potencial productivo de aquel país.
El gobierno de Javier Milei llegó con una receta que muchos consideraron políticamente suicida: recortar gasto, equilibrar las finanzas públicas, reducir la intervención estatal y devolver protagonismo a la inversión privada.
Lo sorprendente es que varios de los indicadores más importantes comenzaron a moverse en la dirección esperada. La inflación descendió de forma notable, el déficit prácticamente desapareció y los mercados financieros volvieron a mostrar confianza en Argentina.
Eso no significa que todos los problemas hayan desaparecido. La pobreza sigue siendo alta y el desempleo continúa representando un desafío. Pero es difícil negar que la tendencia económica cambió.
México, por su parte, presenta una fotografía distinta. No tiene una inflación fuera de control ni enfrenta una crisis fiscal comparable a la que heredó Milei. Sin embargo, tampoco muestra una economía particularmente dinámica. Crece poco, invierte menos de lo que podría y depende cada vez más de ventajas construidas durante décadas anteriores, especialmente su integración con Estados Unidos mediante el T-MEC.
Argentina tiene más desempleo abierto. México tiene más informalidad.
Dicho de otra manera, en Argentina hay más personas que buscan empleo y no lo encuentran. En México hay millones que técnicamente trabajan, pero lo hacen sin prestaciones, sin seguridad social, sin ahorro para el retiro y sin estabilidad laboral.
Si Argentina mantiene durante una década la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria, podría convertirse en una de las economías más dinámicas de América Latina. Su principal obstáculo no es económico. Es político.
México posee ventajas estructurales extraordinarias: cercanía con Estados Unidos, capacidad manufacturera y acceso preferencial al mercado más grande del planeta. Pero ninguna ventaja es eterna. Si la inversión privada continúa desacelerándose y la incertidumbre alrededor del T-MEC se prolonga, el país podría entrar en una etapa de crecimiento mediocre.
Argentina está apostando por reducir el tamaño del Estado para liberar actividad económica.
México está apostando por fortalecer el papel del Estado como distribuidor de recursos y promotor del bienestar.
Una estrategia confía en la generación de riqueza. La otra confía en la redistribución.
Por eso, más allá de simpatías ideológicas, el verdadero debate no consiste en si uno prefiere a Milei o a Morena. La pregunta relevante es cuál de los dos modelos será capaz de sostener empleo formal, inversión productiva, crecimiento económico y bienestar durante los próximos veinte años.
Porque las naciones no prosperan por sus discursos. Prosperan por las condiciones que crean para producir riqueza. Uno apuesta a corregir el pasado para construir el futuro. El otro apuesta a administrar el presente mientras espera que el futuro llegue por sí solo.
Y si la historia económica sirve de algo, sabemos cuál de las dos apuestas suele ser más arriesgada. Ahí, El Meollo del Asunto.