El silbatazo final llegó con un rugido ensordecedor que retumbó en Ciudad de México.
Humo verde, blanco y rojo inundó el Paseo de la Reforma mientras por encima estallaron cohetes y la espuma de latas de aerosol caía en la noche como si fuera nieve. Más de un millón de personas abarrotaron la avenida, codo a codo, ondeando banderas, abrazándose con desconocidos y cantando debajo del Ángel de la Independencia hasta que el monumento se desdibujó debajo de la bruma generada por la humareda.
La noche del martes, el país entero pareció estar suspendido en un inusual momento de júbilo colectivo luego de que México derrotó a Ecuador de la Copa Mundial, pasando a la ronda de octavos de final. Por primera vez en cuatro décadas, el equipo avanzó al quinto partido del torneo, rompiendo lo que para generaciones de hinchas era una maldición nacional.
Pero, para muchos mexicanos, lo que parecía ser un extraordinario derroche de entusiasmo futbolero era algo más, más profundo.
Tras años en los que México se había convertido en sinónimo de violencia de cárteles y desapariciones —más de 130.000 personas están oficialmente desaparecidas—, el torneo ha ofrecido un respiro poco común: un motivo para llenar las calles de celebración en lugar de miedo, dolor o protesta.
“Necesitábamos esto, todo este tiempo de malas noticias, se necesita un alivio de todas esas cosas que enfrenta el país”, dijo Ramses Rincón, un estudiante universitario que llevaba el rostro pintado con los colores patrios y estaba envuelto en una gran bandera mexicana. “También vale la pena desconectarnos de nuestra realidad, aunque sea temporal, de esa realidad que nos mantiene con incertidumbre. Pero también es muy mexicano seguir luchando y encontrando razones para celebrar y para ser felices”.
Hace apenas unos meses, las ciudades del país estaban llenas de camiones en llamas, avenidas bloqueadas y hombres armados sembrando el caos luego de que las autoridades mataron a uno de los líderes más poderosos de un cártel y, en represalia, los grupos delictivos exhibieron su fuerza.
Ahora, desde el inicio de la Copa del Mundo, las victorias del equipo nacional —conocido como El Tri, por los colores de la bandera— han hecho que cientos de miles de fanáticos llenen las plazas y los bulevares, armados con banderas, para trepar a monumentos, semáforos y los techos de las estaciones de autobús. Los aficionados se abrazan unos a otros y a los visitantes por igual como quien se conoce desde hace años. Los vagones del metro resuenan con cánticos. Ríos humanos se mueven, pero no lo hacen para escapar de la violencia sino para unirse.
Un pato bautizado como Merlín y vestido con una camiseta de México y calcetines a medida se ha convertido en una inesperada mascota. En un partido, los asistentes le sirvieron tequila a un gallo. Una cabra vestida con la camiseta verde del equipo deambulaba entre los festejos.
La improbable trayectoria de México también ha despertado un atisbo de optimismo colectivo que va más allá del fútbol.
El lema no oficial del torneo es una sencilla pregunta: “¿Y si sí?”. Se ha convertido en un eslogan nacional adoptado por marcas, restaurantes, influentes y millones de aficionados, y capta la posibilidad, por fugaz que sea, de que las cosas pueden terminar mejor de lo que se esperaba.
Una de las principales empresas mexicanas productoras de pollo, huevos y otros artículos alimenticios ha empezado a imprimir la frase en sus huevos.
Pero más allá de la estrategia de marca, “¿Y si sí?” invita a los mexicanos a dejar de lado toda una vida de expectativas a la baja, no solo respecto a la selección nacional, sino también respecto a la posibilidad de que esta vez algo improbable, algo extraordinario, pueda suceder de verdad.
En un país tan acostumbrado a la decepción, “¿Y si sí?” se ha convertido en un acto de fe.
Y luego está el zangoloteo.
Las multitudes rodean los autobuses urbanos, las camionetas de la policía y los coches que pasan, haciéndolos balancearse de un lado a otro en un ritual que se ha convertido en una de las imágenes más emblemáticas del torneo de México. Los corresponsales de televisión que informan en directo han sido engullidos por las multitudes que corean consignas y, a veces, incluso han sido lanzados al aire en volandas.
La asistencia a los festejos callejeros en Ciudad de México, la capital, se disparó con cada victoria de la selección nacional: unas 400.000 personas tras el primer partido; 800.000 después de que México venció a la República Checa; y más de un millón el martes por la noche, según las autoridades locales. La afluencia de público fue tan abrumadora que al menos cuatro personas murieron por asfixia en el centro de la capital.
Una y otra vez, los aficionados describieron las celebraciones como una orgullosa muestra del carácter nacional, de lo que creen que hace único a su país: calidez, espontaneidad y alegría incontenible.
Diego Moreno, vendedor ambulante, estaba de pie por encima de la multitud en Reforma, empapado en espuma, gritando a todo pulmón. Cuando se le pidió que describiera a la fanaticada mexicana respondió sin apenas pausar.
“Esto es México!”, gritó. “México es un sentimiento, ¡es puro corazón!”.
Para muchos, las celebraciones también fueron la oportunidad de mostrar otro rostro del país.
“México no es solo sus problemas, el narco, la inseguridad y todo eso que nos azota”, dijo Selene Gómez, estudiante universitaria. “Es mucho más que eso, es su gente y su pasión”.
La euforia posterior a la victoria de México sobre Ecuador, y las tres que la precedieron, ha parecido casi desproporcionada en relación con lo que se ha logrado en sí. Mucha gente se ha dado cuenta de que también se trataba de liberarse del peso emocional de todo lo que había pasado antes. Las victorias han significado un respiro temporal de las inquietudes del país, un respiro del ciclo implacable de violencia y malas noticias. O, como dijo el escritor mexicano Juan Villoro en una columna reciente, la selección le ha dado a México “una espléndida terapia de irrealidad”.
Uno de los principales motivos de polémica del torneo ha sido el elevado costo de las entradas, que ha hecho que los partidos en el estadio Azteca quedaran fuera del alcance de muchos aficionados.
Así que los mexicanos convirtieron las calles en su estadio.
El martes no fue la excepción. Horas antes de la patada de salida, cientos de miles ya se habían reunido, ataviados en el verde del equipo de casa, transformando el centro de la Ciudad de México en algo más parecido a un festival de música que a una justa deportiva. Carritos de comida se alineaban en las calles. La música sonaba a todo volumen. Los aficionados improvisaban retas de box y colgaron piñatas de los postes de luz.
Algo en ese espectáculo resultaba conocido, algo que iba mucho más allá del fútbol y que se percibía como profundamente mexicano.
En El laberinto de la soledad el premio Nobel de literatura Octavio Paz describió la fiesta mexicana no solo como una simple diversión sino más bien como un ritual de liberación, un momento en el que los mexicanos se libran de su reserva acostumbrada y se rinden a la comunión, el exceso y el caos.
“Entre nosotros la Fiesta es una explosión, un estallido. Muerte y vida, júbilo y lamento, canto y aullido se alían en nuestros festejos”, escribió Paz en su ensayo fundacional de 1950. No hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero también no hay nada más triste. La noche de fiesta es también noche de duelo”.
Para Paz, la fiesta disuelve temporalmente la soledad en un abandono colectivo. Ese espíritu ha encontrado una nueva expresión en esta Copa del Mundo.
El martes por la noche, en el Ángel de la Independencia, Osmar Almora, de 11 años, estaba sentado en brazos de su madre, tocando una trompeta de plástico. Raúl Jiménez, su jugador favorito, había marcado un gol. Algún día, dijo, esperaba poder ponerse la camiseta de México.
“Yo sabía que íbamos a ganar”, dijo.
A su alrededor, el bulevar resonaba con el grito de“¡Sí se pudo!”. Para millones de mexicanos, era un cántico que significaba volver a creer por fin.
Osmar, al parecer, nunca había dejado de creer.