
Por Ian Buruma, Project Syndicate.
NUEVA YORK- El mes pasado, una alemana de 67 años llamada Daniela Klette recibió una condena a trece años de prisión por robos a mano armada cometidos entre 1999 y 2016. Cuando se la detuvo en 2024, en el apartamento de Berlín donde Klette (una de las últimas sobrevivientes de la Fracción del Ejército Rojo o RAF por la sigla en alemán) se ocultaba bajo un nombre falso, las autoridades hallaron una pistola, un rifle de asalto, oro y grandes cantidades de efectivo.
La RAF fue un grupúsculo anticapitalista, antiimperialista y marxista?leninista que esperaba provocar una revolución mundial y aterrorizó a Alemania con asesinatos de políticos y empresarios, el secuestro de un avión y asaltos a bancos. Casi todos sus integrantes están muertos. Algunos de sus fundadores (entre ellos Andreas Baader y Ulrike Meinhof) murieron en prisión en los años setenta, cuando Klette entró en actividad. El grupo se disolvió oficialmente en 1998, pero dos de sus terroristas todavía andan sueltos.
El arresto de Klette y su posterior condena, sucedidos cuando ya hacía mucho del fracaso de su causa revolucionaria, nos recuerdan el caso de Onoda Hiroo, un oficial de inteligencia del Ejército Imperial Japonés que no creyó que la Segunda Guerra Mundial había terminado y sobrevivió varias décadas en una pequeña isla de las Filipinas como una especie de guerrillero, hasta que en 1974 lo llevaron de vuelta a Japón. Una aflicción similar padecían Klette y otros revolucionarios violentos de la posguerra, sobre todo en Alemania, Italia y Japón; ellos también quedaron atascados en la última guerra.
Los miembros de la RAF, de las Brigadas Rojas italianas y del Ejército Rojo Japonés veían la complicidad de sus países con el «imperialismo estadounidense» como una prolongación del fascismo. No querían cometer el mismo error que sus padres, que habían colaborado con regímenes fascistas y militaristas durante la Segunda Guerra Mundial o guardado silencio ante crímenes indescriptibles. En vez de eso, entablaron una lucha violenta contra lo que en su opinión era un orden mundial fascista?capitalista.
Fusako Shigenobu, nacida en 1945, fue una de las líderes más activas del Ejército Rojo Japonés, con principal base de operaciones en el Líbano. Su padre había sido un extremista de derecha en los años treinta y comandante del Ejército Imperial Japonés. Cuando en un viaje que hizo a Japón en 2000 la detuvieron, explicó que su resistencia armada «estaba estrechamente relacionada con las circunstancias históricas». También los activistas de extrema izquierda italianos estaban convencidos de ser continuadores de la lucha de los partisanos antifascistas de la guerra.
Que los movimientos estudiantiles más radicales hayan surgido en los países que habían formado parte del Eje no es extraño. Las generaciones de la posguerra no sólo tuvieron que lidiar con la complicidad o sumisión de sus padres, sino que en Italia, Alemania y Japón había mucha gente poderosa con las manos manchadas de sangre.
Kishi Nobusuke, primer ministro de Japón entre 1957 y 1960, fue viceministro de municiones del Japón imperial durante la Segunda Guerra Mundial; antes de eso había dirigido una vasta operación de trabajo esclavo en Manchuria. En Alemania Occidental, el primer gobierno de Konrad Adenauer incluyó varias figuras prominentes del régimen nazi; también había sido miembro del partido nazi el futuro canciller Kurt Georg Kiesinger. La política y la industria italianas, por su parte, estaban repletas de exfascistas en su ala conservadora. Todas estas figuras del establishment tenían en general el apoyo y muchas veces la financiación de Estados Unidos. Kishi, por ejemplo, solía jugar al golf con el presidente Dwight Eisenhower.
La furia de los revolucionarios de la posguerra es comprensible, pero en realidad su radicalismo fue un signo de derrota. Protestas estudiantiles más moderadas contra la guerra de Vietnam, el autoritarismo docente, normas sexuales obsoletas y las élites conservadoras corruptas tuvieron cierto éxito: las costumbres sociales se flexibilizaron, las jerarquías educativas y religiosas comenzaron a derrumbarse.
Pero la orientación política general del «mundo libre» liderado por Estados Unidos siguió siendo relativamente conservadora, y el sistema capitalista nunca corrió peligro. En los años setenta, las protestas estudiantiles se diluyeron en la floreciente cultura del sexo, las drogas y el rock and roll. La lucha armada de los revolucionarios a ultranza nació de la desesperación. Klette es un dinosaurio, una de las últimas sobrevivientes de una guerra que muchos ya ni recuerdan.
Pero esto crea otro problema que puede ser mayor. La política de la posguerra en Europa, Estados Unidos y Japón habrá sido conservadora, pero no era fascista. Los recuerdos del Holocausto en Europa y de las atrocidades japonesas en Asia hicieron inaceptable el etnonacionalismo de derecha militante, por no hablar de la política racista; ideas semejantes sólo sobrevivían en los márgenes más rancios de la sociedad.
Muy a menudo, los jóvenes revolucionarios de izquierda, obsesionados con la memoria de la Segunda Guerra Mundial, veían nazis y fascistas incluso donde no los había y perseguían fantasmas con acciones tan brutales como vanas. Pero ¿qué ocurre si el olvido de las generaciones posteriores permite a algunos de esos fantasmas volver a la vida?
Por más que en el colegio los adolescentes lean el diario de Ana Frank, las ideologías violentas del siglo XX (la guerra de Japón, el fascismo de Mussolini, el Tercer Reich de Hitler) han seguido los pasos de Napoleón y de la Guerra de los Bóers. Los vívidos recuerdos de los crímenes del pasado ya no son baluarte contra la difusión de la demagogia racista y del chovinismo extremo.
Cada vez más gente se siente atraída por las ideas de ultraderecha. Racistas de traje que prometen deportar a los extranjeros y castigar a las «élites liberales» pueden resultar muy atractivos para una nueva generación deseosa de expulsar al establishment. El origen de esa xenofobia radical se ha olvidado.
El creciente poder político de los traficantes de ideas de ultraderecha torna sus acciones mucho más peligrosas que las fantasías violentas de unos pocos revolucionarios nacidos entre algodones y armados con bombas caseras. A diferencia de los nazis y fascistas del pasado, tienen a la Casa Blanca para que los escuche. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Traducción: Esteban Flamini
Ian Buruma es autor de numerosos libros, entre ellos Year Zero: A History of 1945 (Penguin Books, 2014), The Collaborators: Three Stories of Deception and Survival in World War II (Penguin Press, 2023) y el más reciente Spinoza: Freedom’s Messiah (Yale University Press, 2024).