Daniela Ancira nació en Guadalajara, Jalisco, por mero accidente: fue una bebé prematura, de apenas seis meses de gestación. En ese momento, sus padres se encontraban en Tecomán, Colima, un pueblo pequeño donde sus abuelos –inmigrantes españoles que habían recibido esas tierras– tenían un rancho agrícola. Ante la absoluta falta de infraestructura médica en la zona costera hace 35 años para atender un parto de tan alto riesgo, sus padres tuvieron que manejar, en una carrera contra el tiempo, hacia la ciudad más cercana. A pesar de ese inicio intempestivo, Daniela creció y se crió en la Ciudad de México.
Sin embargo, su infancia guardaría siempre una conexión con el agua. Un año sabático que sus padres decidieron tomarse en Cancún cuando ella tenía 12 años marcó su identidad para siempre. Fue en la adolescencia cuando se enamoró del mar y de la libertad que le otorgaba. Aunque la familia regresó eventualmente a la capital para que los hijos continuaran sus estudios, el Caribe se convirtió en el ancla emocional de los Ancira. Con el paso del tiempo, terminaron por mudarse de forma definitiva a Quintana Roo. Daniela, tras consolidar sus proyectos más importantes, decidió cerrar la pinza hace unos meses: empacó su vida, se mudó de vuelta a Cancún y regresó al entorno que la marcó en la niñez.
Hija de un reconocido abogado litigante en materia civil y mercantil y de una madre dedicada al hogar, la elección de su carrera parecía responder a una inercia o, como ella misma bromea, a un sutil “lavado de cerebro” familiar. Siendo la más chica de tres hermanos, fue la única que mostró interés y curiosidad por las carpetas, los expedientes y las discusiones jurídicas que su padre llevaba a la mesa. Sin embargo, el camino de Daniela no siguió los códigos tradicionales del litigio patrimonial o corporativo. Descubrió rápidamente, y con cierta frustración, que el mundo de los grandes despachos y los contratos comerciales le resultaba profundamente aburrido y carente de un sentido humano.
Su abuela paterna fue una influencia entrañable. Estaba dedicada a la filantropía y al trabajo social voluntario dentro de los centros penitenciarios, donde enseñaba a las personas privadas de la libertad a realizar artesanías que luego ayudaba a colocar en el mercado para que ellos pudieran enviar sustento a sus familias. Al escuchar las crónicas de la abuela, Daniela normalizó la existencia de las prisiones y, a diferencia del común de la sociedad que observa los penales con morbo o indiferencia, se despojó de los estigmas de siempre. Entendió que detrás de esos muros habitaban seres humanos olvidados por el sistema.
Este aprendizaje cobró vida propia durante sus años universitarios. A través de un programa de compromiso social de la Universidad Anáhuac, Ancira se inscribió como voluntaria para dar asesoría jurídica gratuita en el penal de Barrientos. Como observadora de primera mano de las condiciones de reclusión, particularmente las de las mujeres, algo cambió en ella. Activó un sentido de urgencia que la llevó a cuestionarse la crueldad del ocio forzado: ¿qué hace una persona para mantener la cordura y manejar el tiempo muerto durante una condena larga?
Compraba estambre con sus propios recursos y lo introducía al penal para que las internas tejieran. Lo que inició como un taller improvisado se transformó en La Cana, una organización social que ha revolucionado el concepto de reinserción social en México. Bajo su dirección y la de sus socias, el proyecto inicial escaló hasta convertirse en una red integral que opera en múltiples centros penitenciarios de varios estados. La Cana ya no solo ofrece empleo digno y justamente remunerado a través del tejido, sino que sostiene pilares como salud mental, apoyo psicológico, educación formal, talleres de arte, teatro y cultura, preparando a las mujeres para el complejo día en que recuperen su libertad.
Después, buscó especializarse. El reconocido especialista en derechos humanos Santiago Corcuera la canalizó a la organización Ideas, donde se sumergió en el litigio estratégico internacional. Ahí colaboró en la preparación de casos de gravedad –desaparición forzada, tortura y feminicidio– destinados a ser presentados ante la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Luego cursó la maestría en Derechos Humanos y Democracia en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales; su trayectoria académica le abrió las puertas de las aulas universitarias y se convirtió en profesora de la materia de Género y Justicia en la Universidad Iberoamericana.
Hace un año, en un momento que describe como de vértigo y vulnerabilidad personal, Ancira decidió dar otro golpe de timón y emprender. Fundó su despacho de consultoría y litigio bajo una premisa inédita y audaz en el mercado legal mexicano: operar bajo un enfoque transversal y exclusivo de perspectiva de género. A diferencia de las firmas tradicionales que abren un área de género casi por compromiso corporativo o relaciones públicas, este despacho fue concebido para abordar la justicia desde los ojos de las mujeres y las minorías. Su práctica abarca desde la defensa penal y el derecho familiar, hasta consultorías corporativas enfocadas en el diseño de protocolos para prevenir el acoso y hostigamiento laboral, estrategias de inclusión y auditorías en clínicas de reproducción asistida para detectar y erradicar la violencia obstétrica.
Hubo un tiempo en el que Ancira se asumía como una mujer ambiciosa, devorada por la necesidad del reconocimiento profesional y el ritmo frenético del trabajo sin descanso. Pero la llegada de su hijo cambió su escala de valores. Su definición del éxito ya no está vinculada al prestigio de ser la abogada que acumula metas profesionales; su noción de triunfo es más humana y equilibrada: ahora busca consolidar su despacho para que éste opere de manera eficiente, con un propósito específico: obtener libertad y construir un patrimonio que le permita pasar más horas en familia. El lujo es la posibilidad de cerrar la computadora a media tarde para llevar a su hijo al parque y, si se puede, sumergirse en el océano y contemplar en silencio el tránsito de la fauna marina. Éxito es el privilegio de estar presente en su propia vida.