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Publimetro 08 Jul, 2026 20:14

La colectividad del Mundial

No sé nada de fútbol. Me lo advirtieron a tiempo: quien afirme entender lo que ocurre dentro de una cancha, miente. Lo que sí sé es que en México vivimos un Mundial.

El torneo llegó cargado de espejos. Con cada gesto nos devolvió aquello que somos y que vivimos a diario como sociedad: desde las opiniones politizadas sobre el actuar del gobierno frente a un evento de talla mundial, hasta el compromiso ineludible de resolver, durante al menos cuatro semanas, la logística de ser anfitriones.

Se habló de colores y de maquillaje urbano cuando de fondo seguían pendientes los conflictos de seguridad, de gobernabilidad, las exigencias de las madres buscadoras y las demandas del magisterio. La experiencia mundialista, diseñada por la FIFA como un producto elitista —accesible solo para quien puede pagarlo—, impuso al gobierno el reto de abrir esa experiencia al pueblo.

Hizo lo que pudo. En la antesala del evento era difícil prevenir el fenómeno social que estaba por desatarse en México. En las calles la gente hizo el mundial durante cada partido de la selección nacional.

Esa especie de fenómeno de despresurización colectiva se vivió en ciudades enteras donde se mezclaron el nacionalismo y el orgullo de ser mexicanos.

Vimos también los periplos de políticos que intentaban innovar su comunicación para subirse a la tendencia del momento, en contraste con el sentimiento orgánico de la gente que respondía en su propia conversación y con la repetición de una pregunta convertida en mantra: ¿y si sí?

Al final del día, quienes pudieron pagar el boleto y quienes lo vieron por televisión coincidieron en los motivos para celebrar: pasar de ronda, mantenerse invictos reconocerse en la actitud de un equipo que no dejaba de intentarlo. Nadie quedó fuera.

Por unos instantes dejamos de hablar de clases sociales, de partidos políticos, de izquierdas y derechas, de baches y de salarios insuficientes.

A lo largo de los festejos escuchamos una consigna compartida: quiere volar, quiere volar. Porque sí, México y las y los mexicanos quieren volar, aunque la vida cotidiana suela imponerse sobre cualquier otro espíritu y la supervivencia rara vez permita mirar hacia algo que no sea resolver el día de hoy.

El Mundial nos dio una tregua. Nos dio ese espacio para gritar como colectividad y en el festejo encontramos también diversidad. Diversidad de identidades y de formas de celebrar. Hubo quien festejó con furia, quien lo hizo con risas, quien se disfrazó para decir, sin palabras, somos México. El sueño al final se cumplió: vernos juntos, vernos como colectivo.

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