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Xataka 14 Jul, 2026 16:30

Mientras todos los estadios fueron construidos para destacar, este fue diseñado para pasar desapercibido en Ciudad de México

Mientras todos los estadios fueron construidos para destacar, este fue diseñado para pasar desapercibido en Ciudad de México

Hoy es imposible imaginar la Ciudad de México sin él. Durante más de siete décadas ha sido la casa de los Pumas, escenario de unos Juegos Olímpicos, conciertos multitudinarios y algunos de los partidos más importantes en la historia del futbol mexicano. 

Lo curioso es que el Estadio Olímpico Universitario nunca fue diseñado para llamar la atención. Mientras la mayoría de los grandes estadios buscan imponerse sobre el paisaje y convertirse en un símbolo visible desde kilómetros de distancia, sus arquitectos hicieron exactamente lo contrario. 

Querían que pareciera surgir de la lava del Pedregal de San Ángel y que, visto desde lejos, casi desapareciera entre el terreno volcánico. La idea no era competir con la naturaleza, sino demostrar que la arquitectura también podía convivir con ella.

Un terreno que muchos consideraban un problema

A principios de la década de 1950, cuando la UNAM decidió construir su nuevo campus, el sur de Ciudad de México era una enorme extensión de roca volcánica formada por la erupción del volcán Xitle hacía cerca de dos mil años.

El terreno era irregular, estaba cubierto de lava solidificada y para muchos representaba un obstáculo para construir edificios de gran tamaño. Lo lógico parecía nivelarlo y cubrirlo con concreto.

Los arquitectos Augusto Pérez Palacios, Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez pensaron exactamente lo contrario. Decidieron que ese paisaje no debía desaparecer, sino convertirse en parte del proyecto.

Esa idea fue tan importante que el Estadio Olímpico Universitario terminó siendo la primera gran construcción de Ciudad Universitaria, incluso antes que la Biblioteca Central o la Torre de Rectoría. En cierto modo, el campus comenzó a levantarse alrededor del estadio.

La solución fue construir hacia abajo, no hacia arriba

Mientras otros estadios crecían hacia el cielo, el Olímpico Universitario empezó excavando. Los arquitectos aprovecharon una depresión natural del Pedregal para colocar buena parte del inmueble por debajo del nivel del terreno. 

Estadio Universitario

La roca extraída durante la excavación sirvió para levantar los taludes y las gradas superiores, reduciendo la necesidad de transportar materiales y permitiendo que el estadio se integrara con el relieve natural.

Lo curioso es que esa decisión nunca significó construir un estadio más pequeño. Cuando fue inaugurado el 20 de noviembre de 1952, tenía capacidad para alrededor de 72 mil espectadores, lo que lo convertía en uno de los recintos deportivos más grandes de América Latina.

La paradoja era evidente: mientras su tamaño lo colocaba entre los estadios más importantes del continente, su arquitectura hacía todo lo posible para que no dominara el paisaje.

Construir un estadio "invisible" fue una hazaña de ingeniería

Más de 10 mil obreros trabajaron día y noche para terminar el estadio en tiempo récord. La primera piedra fue colocada el 7 de agosto de 1950 y, apenas ocho meses después, la obra civil estaba terminada, un plazo extraordinariamente corto para un proyecto de semejante tamaño.

Aquella velocidad también reflejaba la importancia nacional del proyecto. El estadio representó una inversión cercana a 28 millones de pesos de la época, una cifra enorme para el México de principios de los años cincuenta.

Lo curioso es que, a diferencia de otros grandes proyectos públicos, nunca buscó convertirse en el edificio más llamativo del país. La apuesta era otra: que pareciera formar parte del propio Pedregal.

Diego Rivera entendió la idea antes que nadie

Cuando Diego Rivera fue invitado a participar en el programa artístico de Ciudad Universitaria, eligió intervenir precisamente en el estadio. No fue casualidad.

Rivera entendió rápidamente que aquel edificio representaba una forma distinta de hacer arquitectura en México, donde el arte, el paisaje y la construcción podían funcionar como una sola pieza.

Estadio 1

Por eso creó el mural La universidad, la familia y el deporte en México, utilizando piedras naturales extraídas del propio Pedregal. Incluso llegó a describir el recinto como un "cráter arquitectonizado", una expresión que resume perfectamente la idea detrás del proyecto: no construir un estadio sobre la lava, sino convertir la lava en parte del estadio.

Una obra donde la naturaleza también fue arquitecta

El paisaje no solo inspiró la forma del estadio; también participó en su construcción. Gran parte de la piedra volcánica utilizada en los taludes y acabados provenía del mismo sitio donde se levantó el inmueble.

El color oscuro del basalto, las texturas de la roca y la vegetación del Pedregal hicieron que la frontera entre naturaleza y arquitectura prácticamente desapareciera.

Más que ocultar el origen volcánico del terreno, los arquitectos decidieron convertirlo en la identidad del estadio.

El estadio terminó cambiando mucho más que el deporte mexicano

Después de inaugurarse en 1952, el Olímpico Universitario empezó a acumular momentos históricos. Fue sede de los Juegos Panamericanos de 1955, escenario principal de los Juegos Olímpicos de México 1968 y el lugar donde Enriqueta Basilio se convirtió en la primera mujer en encender un pebetero olímpico.

Con el paso de los años también se convirtió en la casa de los Pumas, recibió partidos de la Selección Mexicana y pasó a formar parte del Campus Central de Ciudad Universitaria, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2007.

Hoy su importancia ya no se explica únicamente por el deporte. También es una de las obras arquitectónicas más representativas del país.

Olimpico

Una lección de arquitectura que sigue vigente

Más de 60 arquitectos, ingenieros y artistas participaron en la construcción de Ciudad Universitaria con una idea muy clara: demostrar que la arquitectura moderna podía dialogar con el paisaje mexicano sin destruirlo. Esa visión convirtió al campus en uno de los proyectos urbanos más importantes del siglo XX y al estadio en su mejor ejemplo.

Quizá por eso sigue sorprendiendo más de setenta años después. Mientras muchos estadios actuales buscan destacar con fachadas monumentales, pantallas gigantes o cubiertas futuristas, el Olímpico Universitario eligió otro camino y su mayor virtud quizá sea justamente esa: nunca quiso convertirse en el protagonista.

En una época donde muchos recintos deportivos buscan impresionar con diseños espectaculares, el Olímpico Universitario sigue demostrando que una obra también puede destacar por integrarse al paisaje en lugar de imponerse sobre él.

La verdadera obra nunca fue el estadio

Al final, la historia del Estadio Olímpico Universitario habla mucho menos de futbol que de una idea arquitectónica. Mientras la mayoría de los grandes estadios del mundo fueron diseñados para dominar el paisaje, este nació para dialogar con él.

Más de siete décadas después, sigue siendo uno de los recintos deportivos más importantes de México, no solo por los partidos que ha albergado o por la historia que se escribió sobre su cancha, sino porque demostró que una obra monumental también puede respetar el lugar donde se construye.

Quizá esa sea la mayor característica del Olímpico Universitario. Sus arquitectos nunca quisieron que fuera el protagonista. Entendieron que ese lugar ya tenía uno desde hacía casi dos mil años: la lava del Xitle.

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La noticia Mientras todos los estadios fueron construidos para destacar, este fue diseñado para pasar desapercibido en Ciudad de México fue publicada originalmente en Xataka México por Samantha Guerrero .

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