Durante décadas, los astrónomos han considerado que el entorno más cercano al Sol era una de las regiones mejor cartografiadas del universo. Con miles de observaciones acumuladas y misiones espaciales dedicadas exclusivamente a medir posiciones, movimientos y características de las estrellas vecinas, parecía difícil imaginar que todavía permanecieran ocultos objetos tan importantes como las enanas blancas.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society (MNRAS) ha cambiado esa percepción. Investigadores de la Universidad de Warwick, en Reino Unido, y de la Universidad de Colorado Boulder, en Estados Unidos, han conseguido observar directamente cuatro enanas blancas que permanecían ocultas en sistemas binarios situados a menos de 20 pársecs —unos 65 años luz— de la Tierra.
Lejos de tratarse de un simple aumento del catálogo astronómico, el descubrimiento demuestra que incluso nuestro propio “patio trasero” cósmico sigue escondiendo piezas fundamentales para comprender cómo evolucionan las estrellas y cómo está distribuida la población estelar de nuestra galaxia.
Las enanas blancas representan el destino final de la mayoría de las estrellas del universo, incluido el Sol. Cuando una estrella de masa media agota el combustible nuclear que mantiene activas sus reacciones de fusión, expulsa sus capas exteriores y deja tras de sí un núcleo extremadamente denso y caliente, un remanente que recibe el nombre de enana blanca; asimismo, aunque poseen aproximadamente un tamaño similar al de la Tierra, concentran una masa comparable a la del Sol, lo que las convierte en algunos de los objetos más densos del universo.
Con el paso de miles de millones de años se enfrían lentamente hasta convertirse en auténticos fósiles estelares que permiten reconstruir la historia de la evolución de nuestra galaxia.
¿Por qué habían permanecido ocultas?
Lo sorprendente del descubrimiento es que estas cuatro enanas blancas se encontraban extraordinariamente cerca desde el punto de vista astronómico, y la razón por la que nadie las había detectado antes radica en las estrellas que las acompañan. Cada una forma parte de un sistema binario junto a una enana roja, estrellas relativamente pequeñas pero mucho más brillantes que las enanas blancas cuando se observan en luz visible, por lo que la intensa luminosidad de esas compañeras actuaba como un auténtico reflector que ocultaba completamente la débil emisión de las enanas blancas.La doctora Mairi O'Brien, investigadora de la Universidad de Warwick y autora principal del estudio, resume así la importancia del hallazgo: “Las enanas blancas aisladas cercanas suelen ser fáciles de encontrar, pero no pudimos observar estas cuatro estrellas directamente en longitudes de onda visibles porque sus compañeras, las enanas rojas, opacaban su luz. Esto nos recuerda que, incluso en nuestro propio vecindario cósmico, aún podemos encontrar sorpresas si observamos de la manera correcta, en las longitudes de onda adecuadas”.
La clave de este descubrimiento estuvo en observar el universo de otra manera. Los investigadores comenzaron detectando un fenómeno conocido como bamboleo radial, el cual ocurre cuando una estrella parece desplazarse ligeramente hacia delante y hacia atrás, lo que normalmente significa que otro objeto invisible ejerce sobre ella una atracción gravitatoria constante. Ese sutil movimiento permitió sospechar que existía un compañero oculto y, para comprobarlo definitivamente, los científicos recurrieron al espectrógrafo ultravioleta del Telescopio Espacial Hubble.En el espectro ultravioleta sucede exactamente lo contrario que en la luz visible, ya que las enanas blancas destacan con mucha intensidad gracias a sus elevadas temperaturas superficiales. Sin embargo, incluso en ese rango las observaciones resultaban complicadas debido a que las enanas rojas producen frecuentes fulguraciones que generan señales capaces de confundirse con las emitidas por una enana blanca; por ello, el equipo desarrolló técnicas específicas de calibración capaces de eliminar ese “ruido” observacional hasta confirmar definitivamente la existencia de los cuatro remanentes estelares.
Un descubrimiento que confirma las predicciones
Entre todos los sistemas descubiertos destaca especialmente G 203-47, el cual se encuentra apenas a unos 25 años luz de la Tierra, una distancia extremadamente pequeña en términos astronómicos. Pese a ello, los científicos necesitaron 27 años desde que detectaron el primer indicio gravitatorio hasta confirmar oficialmente la presencia de la enana blanca; gracias a este descubrimiento, G 203-47 pasa a convertirse oficialmente en la novena enana blanca más cercana al Sistema Solar.
Pero la sorpresa no termina ahí, ya que la enana roja del sistema tarda más de cien días en completar una rotación sobre sí misma, mientras que da una vuelta alrededor de la enana blanca en apenas 14,9 días. En sistemas tan próximos, la gravedad suele sincronizar ambos movimientos mediante un fenómeno conocido como acoplamiento de marea, el mismo mecanismo que hace que la Luna muestre siempre la misma cara hacia la Tierra; sin embargo, en este caso, esa sincronización no existe.
El investigador David Wilson, de la Universidad de Colorado Boulder, explica el misterio afirmando: “Lo fascinante es que G 203-47 no debería rotar tan lentamente si se hubiera formado de la misma manera que otros sistemas similares”. Y añade: “Esto sugiere que estas binarias han tenido historias evolutivas muy diferentes. Algunas sufrieron interacciones violentas y prolongadas en sus etapas tempranas que las acoplaron gravitacionalmente. Otras, como G 203-47, experimentaron encuentros más suaves y breves que las dejaron en este estado tan inusual”.
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es que los modelos teóricos habían anticipado prácticamente este resultado, ya que las simulaciones indicaban que en un radio de 20 pársecs alrededor del Sol deberían existir entre cuatro y cinco sistemas binarios compuestos por una enana roja y una enana blanca muy cercana. Los investigadores han encontrado exactamente cuatro, una coincidencia que constituye una importante validación de los modelos actuales sobre evolución estelar y distribución de poblaciones estelares en nuestra región de la Vía Láctea.
Pero todavía podrían quedar muchas más
Paradójicamente, el descubrimiento también demuestra que el trabajo apenas ha comenzado, según explica el profesor Pier-Emmanuel Tremblay, de la Universidad de Warwick: “Solo cerca del 30 % de las enanas rojas dentro de los 20 pársecs se han examinado sistemáticamente en busca de compañeras enanas blancas ocultas”. El investigador añade: “Calculamos que podría haber hasta 9 o 10 sistemas binarios adicionales en nuestro entorno estelar local que aún no hemos encontrado. Si dedicamos un esfuerzo más específico a observar las enanas rojas, tal vez encontremos más sorpresas como esta”. @mundiario