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Quadratin 25 Mar, 2026 07:15

La necesidad de una política pública integral de educación digital

Estratega y Consultora

El debate abierto recientemente por el Gobierno de México, a través del secretario de Educación, Mario Delgado, sobre el impacto de las tecnologías digitales en la educación y la salud mental de los estudiantes no solo es oportuno, sino urgente.

Sin embargo, vale la pena decirlo con claridad: la discusión no es únicamente sobre si los alumnos deben o no usar celulares en la escuela. Es, en realidad, sobre cómo estamos formando a una generación que vive, aprende y se relaciona en un entorno digital permanente.

Involucrar a los padres de familia y docentes en la discusión es indispensable. En el 40% de los sistemas educativos del mundo —incluidos Francia, Dinamarca, Brasil y Chile, de acuerdo con la UNESCO— han optado por restringir el uso de dispositivos móviles en las aulas para reducir distracciones y mejorar la concentración. México comienza a transitar ese camino: Querétaro ya ha legislado en la materia, mientras que otras entidades como el Estado de México y Nuevo León analizan medidas similares en sus Congresos locales.

Pero centrar la discusión únicamente en la prohibición corre el riesgo de simplificar un problema que es más complejo. Hoy, niñas, niños y adolescentes no solo usan la tecnología: habitan en ella, porque ahí construyen identidad, vínculos, referentes y formas de entender el mundo.

Por ello, pensar que el desafío se resuelve apagando un dispositivo dentro del salón de clases es ignorar que el entorno digital no tiene puertas ni horarios.

De acuerdo con el INEGI (ENDUTIH), cerca de 23 millones de personas de entre 6 y 17 años utilizan internet en el país. Este dato no es menor porque detrás de él hay millones de historias de aprendizaje, pero también de exposición a riesgos que muchas veces los adultos no dimensionan.

El problema no es solo cuánto tiempo pasan los niños y adolescentes frente a una pantalla, sino qué ocurre ahí y con qué herramientas cuentan para procesarlo. Desde el ciberacoso hasta la presión social en redes sociales, pasando por contenidos que distorsionan la realidad o fomentan conductas de riesgo. El impacto es profundo y, en muchos casos, silencioso.

Al mismo tiempo, sería un error mirar la tecnología únicamente desde el miedo. Las herramientas digitales también abren oportunidades inéditas: acceso a la información, desarrollo de la creatividad, el aprendizaje autónomo y conexión con el mundo. El reto, entonces, no es prohibir, sino enseñar a usar.

Y ahí es donde la conversación debe elevarse.

México requiere avanzar hacia una política pública de educación digital que no se limite a reaccionar, sino que esté enfocada a la formación. Una política que entienda que la alfabetización digital no es solo técnica, sino también emocional, ética y social.

Esto implica acciones concretas, como incorporar de manera sistemática la formación en ciudadanía digital en los planes de estudio; capacitar a docentes no solo en el uso de herramientas tecnológicas, sino en el acompañamiento a sus estudiantes; generar protocolos claros frente al ciberacoso y promover una corresponsabilidad real con plataformas digitales y empresas tecnológicas.

Pero, sobre todo, implica recuperar algo que no puede delegarse: la presencia adulta. Porque, en medio de algoritmos que capturan la atención y contenidos diseñados para no soltarla, niñas y niños siguen necesitando una guía, una conversación y límites. No desde la imposición, sino desde el acompañamiento.

La tecnología avanza a un ritmo que no espera. Hoy la inteligencia artificial ya está transformando la manera en que se accede al conocimiento y se construye el aprendizaje. La pregunta no es si debemos integrarla o no, sino bajo qué criterios y con qué propósito.

En ese contexto, posponer esta discusión tiene consecuencias. Cada día sin una estrategia clara es un día en el que la formación de millones de estudiantes queda, en buena medida, en manos de dinámicas que no necesariamente priorizan su bienestar.

Al final, la discusión no es sobre los celulares, es sobre nuestra capacidad, como sociedad, de acompañar a una generación que crece en un mundo donde lo digital no es una herramienta más, sino parte de la vida misma. Y esa es una responsabilidad que no podemos seguir postergando.

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