
En el verano de 2003, el escritor portugués António Lobo Antunes —fallecido el pasado marzo— impartió un seminario sobre su obra en el Palacio de la Magdalena de la Universidad Menéndez Pelayo, en Santander.
Fue una sorpresa que aceptara. Lobo Antunes, quien para muchos críticos debió haber ganado el Nobel de Literatura en 1998, se sentía culpable cuando no escribía y hablaba de la escritura como una droga dura. “Cuando viajo y me preguntan qué opino de tal o cual cosa, estoy tan preocupado pensando cómo resolver los problemas de escritura que tengo entre manos que no tengo tiempo para consideraciones teóricas”.
Aquel fue un verano precioso en Santander. La ciudad amanecía temprano y se acostaba tarde, y las playas de El Sardinero estaban atestadas todo el tiempo. Pero Lobo Antunes no bajó ni una sola vez, a pesar de que se hospedaba al lado. Todas las mañanas lo veíamos llegar al seminario trasnochado, porque se quedaba escribiendo hasta la madrugada para recuperar las horas que había perdido hablando de sus libros.
El penúltimo día nos mostró la hoja llena de correcciones en la que había trabajado la madrugada anterior. Estaba escribiendo una novela que se le resistía, “pero no voy a dejar que me derrote”. Una convicción paradójica en un escritor que aseguraba no comenzar nunca un libro si no tenía la certeza de que no podría escribirlo. En *Tratado de las pasiones del alma* intentó crear personajes cuyas voces siguieran la partitura de la Tercera Sinfonía de Beethoven; en *El orden natural de las cosas*, la Quinta de Mahler; en La muerte de Carlos Gardel, la Cuarta de Brahms. El subtítulo de No entres tan deprisa en esa noche oscura, una novela de quinientas páginas, es “Un poema”. Fado Alexandrino sintetiza su deseo de escribir “epopeyas líricas”. Esplendor de Portugal habla de la ruina moral de su país sin mencionarla nunca. Los capítulos de *Manual de inquisidores* no tienen ningún punto y seguido y solo un punto y aparte: el que da pie al siguiente capítulo.
Sus novelas se desarrollan como círculos concéntricos: el pasado y el presente ocurren al mismo tiempo que el futuro; las historias se entrelazan; los personajes son espejos que se reflejan unos a otros, y el nervio que guía todo es el lenguaje.
Lobo Antunes las llamaba “un delirio estructurado”.