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Mundiario 30 Jul, 2026 07:17

Persépolis, de Marjane Satrapi: un país bajo la demencia política y religiosa

Ha tenido que morirse la inspiradora de esta película Persépolis (2007), Marjane Satrapi, para que yo la viera; y eso que, desde hace muchos años, sigo el cine de su país. Esta autora iraní ?muchos años exiliada en Francia?, creó el cómic y luego lo llevó a la pantalla con la ayuda de Vincent Paronnaud. Una película es muy buena cuando supera lo imaginado previamente, y esta lo logra. No se trata tan solo de expresar con la herramienta de los dibujos una situación política y religiosa determinadas, de mostrar en imágenes conmovedoras la denuncia de un régimen cruel, sino que acierta a ofrecernos además la biografía de una mujer que pasa por diversos avatares y contradicciones, siempre sometida a las circunstancias sociales, amarrada a su sensación de ser forastera, tanto en su propio país de nacimiento como en Austria, que la acoge con desprecio y reticencia.   

A través de la niña ?y luego adolescente? Marjane ?su nombre y sus circunstancias nos indican un contenido mayoritariamente autobiográfico?, repasamos unos años clave en la historia reciente de Irán, los que empiezan bajo la actitud dictatorial del Sha de Persia, y continúan con el advenimiento de una situación todavía peor, la de la revolución islámica, la instauración de un estado teocrático fuertemente represivo.

La familia de Marjane es contraria al régimen del Sha apoyado por Estados Unidos (los torturadores estaban instruidos por la CIA). Celebra las revueltas, la posterior caída del dictador, con esperanza. Pero pronto se desvanecerá la ilusión. El nuevo régimen, en lugar de mantener en sus cárceles a tres mil presos políticos, lo hará con trescientos mil. A ello se sumará una represión moral que afectará muy gravemente a las mujeres.

Un año después Irak atacará a Irán en el inicio de una guerra que durará ocho años. Una guerra inútil ?subvencionada por occidente? que supondrá la muerte para un millón de personas. Una guerra alentada por las autoridades militares religiosas: “Morir mártir es inyectar sangre en las venas de la sociedad”. En la película, en cierto momento, una madre muestra una llave de plástico con la que pretenden convencer a su hijo de catorce años de la conveniencia de hacerse soldado, para que, muerto en la guerra, pueda usarla y así entrar directamente en el paraíso.

Salvo en breves momentos en los que se vislumbra la libertad, las imágenes se muestran en un blanco y negro luctuoso que abunda en su expresionismo especialmente en los momentos más trágicos, en la descripción del horror de un estado demente y asesino.

Son varios los personajes de la familia de la pequeña Marji que representan una disidente amplitud de miras, una visión ética de la vida, pero tal vez el más fundamental sea el de la abuela, quien, alejada de una mirada estrictamente política, abarca una serie de valores humanos que expone a su nieta con claridad: “En la vida te encontrarás a muchos gilipollas. Si te hacen daño, piensa que es su estupidez lo que les impulsa a hacerlo. Así no responderás a su maldad, porque no hay nada peor en el mundo que la amargura y la venganza. Sé siempre fina e íntegra contigo misma”. Es un amor exigente. Esa mujer no duda en reprobar los extravíos de una nieta que no se nos muestra como un prodigio de probidad, sino como un ser humano débil, al que le queda un poco grande esa titánica lucha que ha de acometer contra tan graves circunstancias.

Los padres de Marji la envían a Viena, para que estudie en un liceo francés. Por un momento, los dominantes claroscuros fúnebres, desaparecen a favor del color. Está en la sala de espera del aeropuerto. Se quita el velo. Enciende un cigarrillo. Es el viaje a la libertad, aunque esta tenga un precio muy alto, el alejamiento de la familia, una sobrevenida y distinta tristeza. Porque en Viena no encontrará una buena acogida. En una pensión, tendrá que pasar de la demencia de los islamistas de su país a la rigidez de unas monjas cristianas. Necesita amistades urgentes, pero con quienes se une no le muestran más que una mentalidad disparatada. Tendrá dos noviazgos fracasados. Se avergonzará de su procedencia.

Vemos a una Marjane, por momentos deprimida, acobardada, pero, en otros, rebelde, osada a la hora de pronunciar arriesgadamente el asco que le producen ciertos comportamientos humanos. Finalmente, regresará a su país, derrotada por las hostiles relaciones con los habitantes de la capital vienesa. Su abuela, tan ética como irreverente, le dirá cuando la vea tan crecida: “Pronto podrás tocarle las pelotas a Dios”. Pero su país tampoco le gusta. No le gustan sus gentes. Se siente extranjera en todas partes. Finalmente, hará su viaje definitivo a Francia.

 

Lo que más me ha sorprendido de la película es la magnífica forma de encarar las escenas, la adecuada manera de utilizar la libertad que posibilitan los dibujos para expresar con hondura, con sutileza, las emociones de los protagonistas; y no tanto a través de la expresión de unos rostros, poco detallados, sino por la proyección de sus sentimientos en el escenario que los envuelven, esa aguda y certera representación del universo mental en el que están inmersos. Aquí, esas infinitas posibilidades de la animación están al servicio de enriquecer el contenido tan diverso de una historia que alcanza cotas que van más allá de las esperables.

El recorrido de la película es doble. Por un lado, la descripción de la nefasta deriva histórica de un país, y también la de un mundo occidental más libre, pero nada ejemplar o idílico. Por otro, la historia del crecimiento existencial de una niña sometida a un ambiente adverso. Así contemplamos los sinsabores de la amistad, los fracasos amorosos, las fiestas clandestinas.

La lobreguez de las imágenes describe ese mundo atenazado por una sombra ominosa. Son magníficas las elipsis que se sitúan en donde se va a entender todo, aquello profundo que ocurre, que sabemos, y de lo que podrían distraernos unas imágenes más explícitas. Persépolis es una película necesaria, que nos habla de los extensos males de este mundo propiciados por una minoría de seres atrapados en sus mentes estrechas, malvadas, egoístas; y que nos alerta del peligro que nos acecha, del triunfo del esclavismo mental, a la vez que no niega que toda sociedad ?incluso las más civilizadas? son manifiestamente mejorables en su vertiente humanitaria. @mundiario

 

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