Durante años, la acuicultura se ha presentado como la gran solución para alimentar al planeta sin esquilmar los mares. La idea parecía sencilla: criar peces en granjas para reducir la presión sobre las poblaciones salvajes y garantizar que el pescado siga siendo accesible para millones de consumidores. Pero detrás de esa promesa existe una realidad mucho más compleja: algunas de las especies más demandadas de cultivo dependen precisamente de los mismos recursos marinos que la industria asegura proteger.
El caso más controvertido es el de especies como el salmón, la dorada, la lubina, la trucha o el camarón. Aunque llegan al mercado bajo la etiqueta de una alternativa más sostenible, muchas de estas especies necesitan piensos elaborados con harina y aceite de pescado, ingredientes obtenidos a partir de peces capturados en el océano. En algunos casos, un salmón de cultivo puede haber consumido durante su crecimiento más de seis veces su propio peso en peces silvestres.
Esta contradicción pone en cuestión uno de los grandes argumentos de la industria acuícola: producir más pescado para capturar menos. Según Daniel Pauly, director del proyecto Sea Around Us de la Universidad de Columbia Británica, el discurso de que la acuicultura está salvando los océanos no refleja completamente el funcionamiento del sector. Para el investigador, la dependencia de la harina de pescado mantiene una presión constante sobre ecosistemas que ya están sometidos a una intensa explotación.
La acuicultura se ha convertido en una industria global de unos 270.000 millones de euros y actualmente representa aproximadamente la mitad del pescado consumido en el mundo. España, además, es el mayor productor de la Unión Europea en volumen, aunque una parte importante de su producción corresponde a especies como mejillones, almejas u ostras, que tienen un impacto ambiental mucho menor porque no requieren grandes cantidades de alimento externo.
Sin embargo, el crecimiento del sector también ha dejado al descubierto una cadena de consecuencias que suele permanecer lejos de los supermercados. Una investigación de dos años realizada por The Outlaw Ocean Project analizó la industria mundial de la harina de pescado y rastreó el recorrido de estos productos desde los barcos pesqueros hasta las plantas de procesamiento, las fábricas de piensos y las piscifactorías.
El coste invisible detrás de un pescado considerado sostenible
El estudio documentó impactos ambientales y sociales asociados a la producción de harina de pescado en diferentes regiones del planeta. En países como Gambia y Mauritania, la organización denunció que especies que antes servían como alimento básico para las comunidades locales son desviadas hacia fábricas destinadas a producir pienso para acuicultura internacional.
La consecuencia es una paradoja difícil de ignorar: mientras en algunos mercados ricos aumenta el consumo de productos de mar considerados de calidad, comunidades pesqueras de países productores pierden una fuente esencial de alimentación y empleo. El pescado que antes llegaba directamente a las mesas locales acaba transformado en alimento para peces criados en granjas situadas a miles de kilómetros.
La investigación también señaló problemas laborales y ambientales en distintas zonas productoras. En India, Perú o países de África occidental se han registrado conflictos relacionados con la contaminación, el deterioro de las condiciones laborales y el impacto de las plantas donde se procesa pescado a gran escala.
En España, esta realidad está conectada con el consumo cotidiano. Buena parte de la harina de pescado utilizada por las piscifactorías españolas procede del extranjero. Las especies más dependientes de estos piensos son precisamente algunas de las más habituales en las pescaderías, como la lubina europea y la dorada.
España, entre el liderazgo acuícola y la dependencia exterior
El modelo español refleja las contradicciones de una industria en expansión. Aunque el país es líder europeo en producción acuícola, también importa grandes cantidades de productos de mar. En 2025, España adquirió del exterior cientos de millones de euros en salmón de cultivo, cuya producción depende en gran medida de ingredientes procedentes de peces capturados en libertad.
La situación afecta también a grandes cadenas de distribución. The Outlaw Ocean Project señaló casos relacionados con camarón criado en Ecuador y vendido por importantes supermercados europeos, cuya alimentación estaba vinculada a harina de pescado procedente de plantas latinoamericanas investigadas por posibles irregularidades laborales y ambientales. Algunas compañías, como Carrefour, anunciaron revisiones de sus cadenas de suministro ante estas denuncias.
Pero no toda la acuicultura tiene el mismo impacto. Los expertos diferencian entre modelos intensivos que dependen de piensos marinos y otros sistemas con menor huella ecológica. Los bivalvos, como mejillones, ostras o almejas, destacan precisamente porque no necesitan alimentación artificial y requieren menos recursos naturales.
El futuro busca peces que no coman otros peces
El gran desafío del sector es romper la dependencia de la harina y el aceite de pescado. La industria investiga alternativas como algas, residuos agrícolas, insectos o proteínas obtenidas mediante microorganismos, pero ninguna opción ha alcanzado todavía la escala y el precio necesarios para sustituir completamente al modelo actual.
La Asociación Internacional de Harina y Aceite de Pescado (IFFO) defiende que la acuicultura sigue siendo uno de los sistemas de producción de proteína animal más eficientes y advierte de que cualquier transición debe tener en cuenta la realidad económica y la demanda mundial de pescado.
El debate, por tanto, no gira únicamente en torno a si la acuicultura es buena o mala para el planeta. La cuestión es qué tipo de acuicultura se quiere impulsar. Mientras algunas explotaciones pueden reducir la presión sobre los océanos, otras trasladan el problema desde el mar hasta una compleja cadena global de proveedores donde los costes ambientales y sociales quedan ocultos.
El consumidor que compra pescado de cultivo busca, en muchos casos, una opción responsable. Pero detrás de una etiqueta que promete sostenibilidad puede existir una historia mucho más amplia: barcos que extraen peces salvajes, fábricas que transforman esos recursos en pienso y comunidades lejanas que asumen las consecuencias. El futuro del pescado dependerá de si la industria consigue alimentar a sus peces sin seguir vaciando el océano. @mundiario