A través de una alegoría de aire dantesco, el texto plantea un encuentro con Miguel Hernández ante la tapia del cementerio de la Almudena. El poeta reflexiona sobre la censura de sus versos; la memoria de Julia Conesa y demás fusilados, y la indestructibilidad de la dignidad histórica.
LAS VOCES QUE NO CALLARON
Anoche tuve un sueño. Soñé con un poeta. Este poeta me preguntaba por un poema suyo que iba a ser grabado un día de invierno en una plancha metálica de un cementerio de Madrid y que recordaría a quienes junto a una tapia murieron "para la libertad".
Me acompañó hasta el cementerio y le mostré la huella lisa e inexistente de una inscripción inexistente. Recuerdo que el poeta se quedó inmóvil y erguido frente a la lámina metálica con una mirada masculinamente seria y, tras unos minutos de silencio que se me antojaron eternos, se desvaneció dejándome estas palabras escritas que transcribo a continuación:
"Volvieron con la sombra en las manos como si el hierro pudiera decapitar la luz. Volvieron para abortarme de la pared de la Almudena; para impedir que apareciera en ella; a secuestrar mis versos en el muro sobre el que antes de caer se apoyaron los caídos, creyendo que la poesía es una materia dócil que se puede retirar con la punta de un escoplo o asaltarla y detenerla en su camino.
También se llevaron la piedra, el soporte frío, la cal escupida por su propio miedo de los nombres de los 3.000 caídos a mi lado; pero ignoran que un poema no pertenece al mezquino Ayuntamiento que lo cuelga ni a la mano mandada que lo raspa.
Mi voz no nació en el granito ni muere bajo la maza municipal. Nació de la tierra endurecida; del sudor del yuntero; del hambre de un niño recién nacido convertida en nana, y del amor que se defiende con uñas en la trinchera.
¿Qué pretendían silenciar al evitar mis versos?
¿Que no se recordara el frío lodazal de España?
¿Aplastar el dolor de las madres? ¿Arrinconar la dignidad histórica e indestructible del arado español? ¿Que no se escuchara el último gemido de los fusilados?
Que sepan los arquitectos del olvido que la memoria no es un letrero que se quita o se pone según sople el viento de los despachos.
Dejad el hueco en el muro.
Dejad la cicatriz tersa y brillante al descubierto.
Esa "herida" de mi "Herido" canta ahora con más fuerza que la inscripción entera secuestrada, porque recuerda a quien pasa que hay hombres que construimos con el verso y hombres que solo saben gobernar con el martillo.
Me han arrancado del mármol aún antes de cincelarlo, es verdad, pero me ha devuelto intacto al aire y al aire, por más que le echen cerrojos no hay consistorio en el mundo que pueda meterlo en la cárcel."
NOTA
El 5 de agosto es el triste aniversario del fusilamiento de las 13 rosas y 43 claveles “Que mi nombre no se borre en la historia”. El Ayuntamiento de Madrid hizo pública el 18 de febrero de 2020 la decisión de llevar a cabo la interrupción de la inscripción en las planchas metálicas ya dispuestas al afecto, que contendría los versos de Miguel Hernández del poema "El herido", unidos a las frases de la última carta de Julia Conesa--una de las trece rosas--, antes de ser fusilada junto a los llamados 43 claveles--jóvenes socialistas--, el 5 de agosto de 1939.
Así, a la retirada previa –ocurrida en noviembre de 2018– de las láminas de granito que llevaban esculpidas los nombres de los 2.934 fusilados por la represión franquista entre 1938 y 1944 se añadía una nueva ignominia. Romper el granito o el mármol en el caso de la lista de los nombres de los fusilados y silenciar las palabras del poeta que cantaba a la libertad aún antes de que brotasen, es un acto de profunda pequeñez humana.
Pretender silenciar la poesía despojando de paso a los muertos y a la memoria de sus versos no borra el legado del poeta; solo deja al descubierto la profunda indigencia cultural y moral de quien ordena al que maneja el cincel. La poesía de Miguel Hernández y el recuerdo de los fusilados (de todos y de cada uno de ellos) no vive en el granito municipal, sino en el silencio de quienes lo recordamos y recordarán y eso es eterno. El alcalde y su séquito municipal no. @mundiario