A las señoras y señores que nos gobiernan, y militantes, comunicadores, expertos y civiles encantados de que sigan firmando en el BOE, les sienta como un tiro que hablemos, que escribamos, que emitamos opiniones críticas sobre lo que hacen, lo que no hacen y lo que dicen que van a hacer y casi nunca acaban de hacerlo, como si hubiesen olvidado que nadie les ha obligado a presentarse para regir los destinos del Estado. Simplemente, han conseguido reunir más votos, han colmado sus legítimas expectativas de ejercer el Poder y afrontan cuatro años, una legislatura, vamos, en el que una gran parte del pueblo soberano les va haciendo evaluaciones: a estos que están ahora, a aquellos que estuvieron antes y a los que puedan volver o repetir cuando el jurado popular dicte sentencia en las próximas urnas.
No todas las españolas y españoles están locos, marcados por el odio en las entrañas ideológicas, vulnerables al fuego cruzado del bulo cibernético, de las militancias de partido, de las sumisiones mediáticas a tantos y de tantos profesionales de la cosa que han declarado la ley seca de la información y se han pasado a los bandos y bandas, progresistas y conservadoras, especializadas en dar gato por liebre, relato por noticia, mentiras por verdades, ¡pobre gente!, utilizando el efectivo, escalofriante y repugnante método patentado por un tal Goebbels de tan infausto recuerdo en la historia. Unos y los otros, han llegado a creerse que no se les ve el plumero; que, de cada 100 compatriotas lectores, radioyentes, televidentes, en todo tipo de medios escritos, radiofónicos o televisivos, hay el suficiente número de tontos% que pueden inclinar la balanza del lado de una o de otra parte del muro que separa las codicias de poder de gobernantes y aspirantes, ¡miradlos!, Pedros, Feijóos, Ayusos, Abascales, Yolandas, Mazones, gente así, que han ido ascendiendo hasta llegar a darle carta de naturaleza y certificado de veracidad a ese Principio de Peter que consiste en trepar y trepar hasta alcanzar su más absoluto grado de incompetencia.
¿Y, por esa gente, nos tiramos los trastos a la cabeza en las encantadoras y añoradas horas perdidas de la caña o el vermut? ¿Por un progresismo de igual da o un conservadurismo de lo mismo da, con tal de poner sus picas en La Moncloa, a imagen y semejanza de las que nuestros antepasados ponían en Flandes, nos hemos dejado arrastrar a estar los unos contra lo otros? Fue mucho lo que el periodismo de raza, de vocación y de devoción al código deontológico aportó, en aquel tiempo que llamábamos de la reforma y transición a la democracia, como para que ahora los juntaletras, juntapalabras (con sus correspondientes excepciones, claro) que se llenan la boca con el lawfare judicial, la presunción de culpabilidad, la difusión del bulo a ambos lados de un frente ideológico en el que se dirime otra guerra, incruenta (eso sí), civil, estén practicando la más aberrante trasgresión al derecho de la ciudadanía a la información: el lawfare en los Medios de Comunicación, o sea, en ese llamado Cuarto Poder que, a mis escas luces, está alcanzando el nivel de deterioro de los otres tres poderes propiamente dichos. @mundiario
¿Te lo vas a perder? Ya puedes adquirir el libro del autor de este artículo, titulado Diario de un expañol, a la venta en Amazon. @mundiediciones