La cineasta brasileña Ana Vaz estrena en el Festival de Locarno, dentro de la sección Concorso Cineasti del Presente, su nuevo largometraje Hanabi (Flor de fuego), un viaje a Japón que parte del desastre nuclear de Fukushima para reflexionar sobre la tierra, la memoria y el colonialismo. «Cuando vuelves a empezar, repites todo», reflexiona la directora, pensando tanto en su Brasil natal como en el escenario que eligió para esta película.
Vaz sostiene que existe una normalización del estado de catástrofe, necesaria para que el sistema se perpetúe. Tras el accidente de Fukushima sintió una conexión profunda con las preocupaciones sobre la tierra, la gente y el colonialismo que atraviesan toda su filmografía. Hanabi entrelaza imágenes asociadas a la sanación, como agricultores, jardines y fuegos artificiales, para transmitir la inquietud que persiste ante el silencio del Japón actual.
El diario que inspiró la película
Vaz llevaba dos años filmando en Japón cuando descubrió la obra de Yoko Hayasuke en una antología de ensayos en francés. Le interesó cómo Hayasuke abordaba el accidente de Fukushima, provocado por el terremoto y el tsunami de T?hoku de 2011, desde una mirada micropolítica que convertía observaciones cotidianas sobre el capitalismo en inquietudes casi metafísicas. ¿Qué consumes? ¿Adónde vas?, pregunta Vaz parafraseando a la autora.
Hanabi, el proyecto más ambicioso de Vaz hasta la fecha, adapta libremente el diario de Hayasuke, en el que la autora narra su lucha por vivir en un país que se resiste a reconocer su irradiación permanente. La película hereda la estructura fragmentada del texto, con entradas dirigidas por Hayasuke a sí misma en segunda persona, montadas de forma no lineal, que permiten conectar con una ansiedad que trasciende la comprensión racional.
El lapsus que reveló su embarazo
La única intervención de Vaz en el guion surgió de un lapsus: al leer en voz alta la frase de Hayasuke «prefiero ser un zombi que una madre», la cineasta respondió sin pensarlo «prefiero ser madre que zombi». En ese momento acababa de descubrir que estaba embarazada, mientras grababa la narración. Fue Chaghig Arzoumanian, la editora de la película, quien insistió en conservar ese instante en el montaje final.
Hanabi es también el primer proyecto en el que Vaz cede buena parte de las decisiones de montaje. Se trata de una cinta volcada en subjetividades marginales que, según la propia directora, se tambalea al borde de la incoherencia. Vaz atribuye gran parte del resultado final al trabajo de Arzoumanian, con quien tardó diez años en completar la película, dos de ellos dedicados exclusivamente al montaje.
La voz en off combina testimonios breves de supervivientes de la lluvia radiactiva con secuencias oníricas, en las que la cámara de 16 milímetros de Vaz recorre praderas contaminadas o se detiene ante un sol incandescente hundiéndose en el mar, imagen que la filósofa Juliana Fausto describió como clave para la reflexión a mitad de la cinta.
Una banda sonora de jazz improvisado, compuesta por Nuno da Luz, acompaña la película con un persistente tictac que evoca los contadores Geiger sobre imágenes vacías del paisaje urbano japonés. Ante la persistencia de los desastres, esta necesidad de una red internacional de solidaridad es sumamente valiosa, concluye Vaz. Hanabi no ha terminado. Ahora podemos ver una versión en el cine, pero todo lo que la rodea sigue vivo.