La evolución de la guerra en Irán se ha convertido en uno de los principales condicionantes para la política monetaria europea. El Banco Central Europeo (BCE) ya ha reaccionado al repunte de los costes energéticos con nuevas subidas de los tipos de interés y ahora afronta un escenario en el que la inflación podría permanecer elevada durante más tiempo del previsto.
Christine Lagarde evitó anticipar cuál será el próximo movimiento del organismo, pero el mensaje lanzado tras la última reunión deja abierta la posibilidad de nuevos incrementos. El mercado, de hecho, ha elevado con fuerza sus apuestas sobre una subida tanto en octubre como en diciembre.
El principal riesgo vuelve a estar en el petróleo y el gas. El BCE calcula que el encarecimiento energético terminará trasladándose progresivamente al resto de la economía, aunque por ahora ese efecto continúa siendo limitado en algunos componentes de la inflación.
En agosto, la inflación de la zona euro alcanzó el 3,3%, frente al 2,9% de julio. La energía fue uno de los principales motores del incremento, mientras que los alimentos mantuvieron una evolución mucho más contenida, con una subida del 1,2%.
El problema para el BCE es que una crisis energética prolongada puede terminar afectando al transporte, la producción industrial y los costes empresariales. Si las compañías trasladan esas mayores cargas a los precios, la inflación podría ganar una segunda vía de propagación y dificultar todavía más el regreso al objetivo del 2%.
Salarios y alimentos, las otras dos piezas
El comportamiento de los alimentos representa, por ahora, uno de los elementos que han evitado una presión inflacionista todavía mayor. Las condiciones agrícolas favorables durante buena parte del año han contribuido a mantener moderados los precios, aunque el BCE advierte de que los fenómenos meteorológicos extremos pueden cambiar este panorama.
Los salarios constituyen el otro gran foco de vigilancia. Lagarde señaló que todavía no se han producido efectos significativos de segunda ronda, pero el organismo teme que el encarecimiento de la energía termine repercutiendo en las negociaciones salariales y en los precios intermedios.
Si esa transmisión se consolida, el BCE tendría menos margen para esperar y podría verse obligado a mantener una política monetaria más restrictiva durante más tiempo.
Un escenario extremo que cambia las reglas
Las previsiones económicas también contemplan escenarios mucho más adversos. En el peor de ellos, el petróleo llegaría a 131,7 dólares por barril en diciembre y el gas alcanzaría los 129,7 euros por megavatio hora.
Con esas condiciones, la inflación energética podría acercarse al 30% en los primeros meses de 2027, mientras que la economía de la zona euro entraría prácticamente en recesión. El PIB se contraería un 0,2% en el último trimestre de 2026 y permanecería estancado durante los primeros meses del año siguiente.
El escenario central es menos dramático, pero tampoco despeja todas las dudas. El BCE prevé que la inflación continúe aumentando hasta comienzos de 2027 y tarde todavía en regresar al 2%. Al mismo tiempo, ha mejorado sus previsiones de crecimiento, hasta el 0,9% para este año y el 1,4% para 2027.
La paradoja es precisamente esa: una economía más resistente puede sostener una inflación más persistente. Por ello, mientras la guerra en Irán siga condicionando los mercados energéticos, el BCE tendrá que decidir entre contener los precios mediante tipos más altos o evitar que una política monetaria demasiado restrictiva termine agravando el impacto económico del conflicto. @mundiario