Emily Watson ha hablado con inusual franqueza sobre un episodio que marcó toda su carrera: crecer dentro de una secta religiosa casi le impide protagonizar Rompiendo las olas, la película que la catapultó a la fama internacional. La intérprete, nominada varias veces al Oscar, al Globo de Oro y al BAFTA, está presente en el Festival de Cine de Sarajevo, donde preside el jurado y recibe el premio honorífico Corazón de Sarajevo.
Durante su intervención en el certamen, la protagonista de Chernobyl habló sobre su experiencia al crecer en la Escuela de Filosofía y Ciencias Económicas, organización londinense que defiende valores conservadores y una ética sexual estrictamente tradicional. Antiguos miembros la han descrito como una secta o un culto, palabra que también utiliza Watson. "Algunas partes fueron muy felices, y otras muy extrañas", recordó. "Nací en una familia cariñosa, pero crecí en una especie de secta religiosa muy estricta. Por eso me costó un tiempo encontrar mi camino".
Rompiendo las olas la salvó
Watson asegura que la actuación le salvó la vida. Comenzó en el teatro con la Royal Shakespeare Company, pero fue Rompiendo las olas, de Lars von Trier, la que la llevó a la fama. En ese drama de 1996, Watson interpretó a Bess McNeill, joven de una comunidad represiva escocesa que se enamora de un petrolero danés interpretado por Stellan Skarsgård.
Cuando la película se estrenó en Cannes en 1996, la educación religiosa de Watson era prácticamente desconocida. Según la actriz, le llevó "toda una vida" asimilar su infancia, pero ahora reconoce los paralelismos entre su vida y el papel que le valió su primera nominación al Óscar. "Cuando les dije a los de la Facultad que iba a hacer una película, me llamaron y me dijeron que no debía hacerlo", explicó. "Ese momento fue una ruptura. Estaba desesperadamente disgustada, pero también sentía que mi corazón alzaba el vuelo. Esa sensación está en la película. Por eso funciona, porque yo era como un cable que se desconecta".
Watson no le contó a Skarsgård sobre su infancia hasta 2016, cuando volvieron a coincidir en Chernobyl. "Literalmente se atragantó con la risa", recordó entre risas.
De la defensa a la apertura
En la última década, Watson se ha sentido más cómoda al hablar de su pasado, algo que atribuye a una mayor comprensión social sobre lo saludable que resulta explorar el daño de la infancia. "A principios de los noventa, esto no era algo común. Me ha llevado toda una vida desentrañarlo", explicó. Esa actitud defensiva también se notó en Cannes, donde solo pensaba en parecer normal.
Sus padres, que aún pertenecían al grupo religioso, la acompañaron al festival. "Fue incómodo porque, por un lado, me apoyaban", comentó. "Mi padre, al salir de la proyección, estaba rojo como el vestido. Pero maduramos y todo salió bien". Watson también habló de las campañas de premios, que ve "mucho más extremas" ahora, y de su deseo de trabajar con más directoras, como hizo con la cineasta Chloé Zhao en Hamnet.
Preguntada por un miembro del público palestino sobre las dificultades de los actores marginados para entrar en la industria, Watson respondió que le cuesta imaginar lo complicado que debe ser, y añadió: "Shakespeare pertenece a Palestina tanto como a cualquier otro lugar".
En cuanto a sus próximos proyectos, Watson participará en la segunda temporada de Dune: La profecía, de HBO Max, protagonizará el drama AMRI, de Mira Nair, y aparecerá en Mars Express, ópera prima de Mackenzie Crook, junto a Toby Jones, basada en la historia real de Colin y Judith Pillinger y su misión de encontrar vida en Marte.